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El sol de la tarde ilumina y colorea la pradera con cálidos tonos de naranja. La capa de Qifrey ondea contra el viento, su mano sujeta a su sombrero puntiagudo para que no pueda escaparse por el aire. Las niñas corrían en dirección al atelier, sus manos cargadas de las sábanas y canastas que usaron para su picnic bajo la sombra de los árboles.
Qifrey detiene su paso para admirar la vista. Está por atardecer, el cielo bañado en una mezcla de anaranjados, rosados y rojos que se intensifican con cada segundo que pasa con la vista fija en las nubes. El día perfecto de primavera ya llega a su fin. Si tan solo estuvieras aquí, piensa, habría sido perfecto.
Olruggio no pudo asistir, un cliente solicitó una reunión a última hora y por lo bueno que era el trato no podía darse el lujo de rechazarla, se vio obligado a viajar en su día especial, para la tristeza de su esposo. De todas formas, intentaba no dejar que eso le bajara los ánimos, Oru solía estar lleno de trabajo todos los días, que estuviera en el atelier no aseguraba que participe en los picnics que preparaba con sus estudiantes, seguramente se hubiese quedado la tarde entera en su taller.
Su pensamiento lo hizo sonreír tan solo un poco, Olruggio solía poner el bienestar de otros por sobre el suyo, se rompía la espalda trabajando en sus artilugios para que Qifrey pudiera enseñar a las niñas sin mayores preocupaciones, después de todo el atelier no se mantiene solo con magia. Jamás admitiría que la razón por la que pasaba tantas noches en vela es para mantener la mejor calidad de vida que podía ofrecerle a sus alumnas, saber esto lo hizo sonreír un poco más.
Pero pensar en él lo hizo sentir frío, aun cuando estaba parado directamente bajo el sol. Mientras observa a las niñas corriendo una detrás de otra por la pradera, su mano hurga inconscientemente entre el cinturón que porta todas sus herramientas importantes, ahí, encuentra el frío del metal que estaba buscando. Lo saca de su bolsa y lo aprieta en su puño, luego lo acaricia con los dedos hasta que sus pensamientos le ganan y desliza el delicado anillo sobre su dedo anular. Inmediatamente se relaja, el peso del anillo familiar entre sus dedos, el frío que cada vez se hacía más sutil contra su piel. Entonces vuelve a su paso, se acerca a las niñas para ver lo que están haciendo. El sol aún brilla sobre sus cabezas, quizás dejarlas divertirse una hora más no les haría daño.
Las niñas gritan su nombre, haciendo señas para que se acerque a jugar con ellas, por la noche estarán cansadas de su día de clases afuera y el delicioso picnic que había planeado para este día, pero por el momento aún conservan las energías necesarias para insistirle a su maestro que corra con ellas por la pradera. Se deja llevar por la alegría de las niñas y se les une, le hace recordar esos días de su infancia que escapaba del Gran Auditorio, agobiado por el encierro, y como Ulruggio siempre sabía donde encontrarlo.
Antes de que el sol se esconda por completo entre las montañas, los cinco ya están en el atelier, haciendo planes para la cena. Qifrey le da a cada una de ellas instrucciones precisas para poder cocinar en conjunto, siempre intentaba incluirlas a todas cuando se trataba de la cena, aunque en muchas ocasiones prefería darles un tiempo de relajación luego de sus lecciones. Al tiempo que la sopa ya se encontraba hirviendo a fuego lento, la puerta de entrada se abre de golpe y la figura de Olruggio se asoma por el pasillo, su pesada capa cubriendo gran parte de su cuerpo. La sonrisa en su rostro es instantánea, al verlo, el recién llegado tiene la misma reacción.
—Bienvenido a casa, querido amigo —Olruggio suelta un gran suspiro. Sus aprendices lo saludan desde la cocina.
—Esa reunión tomó mucho más de lo esperado —a paso tranquilo, se acerca para ver lo que estaban cocinando—. Así que ese es el olor que está haciendo sonar mi estómago —parado justo detrás de Qifrey, discretamente desliza la mano por su cintura y la aprieta por solo un momento para luego volver a lo que están haciendo las niñas. Ese pequeño roce es suficiente para hacer que el corazón de Qifrey se ponga ansioso, ni siquiera había podido besarlo en todo el día.
—Maestro Olruggio —la tímida voz de Coco llama la atención de ambos— ¿Cree que podría ayudarme con algo?
—¿Ah? ¿Acaso no tienes a tu maestro para eso? —Coco infla los mofletes.
—Es que tiene algo que ver con su especialidad —lo último fue casi un susurro.
—Coco, Oru debe estar cansado ¿Por qué no lo dejamos descansar un poco? —está a punto de resignarse cuando Olruggio responde.
—Está bien, me queda algo de energía para un par de círculos mágicos —Coco da las gracias y corre hacia su habitación. Por supuesto que no iba a decir que no luego de que le dijera eso sobre su especialidad.
Olruggio se acerca a uno de los asientos disponibles en la mesa, no pasa mucho tiempo antes de que Coco vuelva de nuevo a la cocina con sus hojas de práctica y su pluma, no desperdicia tiempo en hacerle todas las preguntas que tiene sobre su hechizo algo fallido.
En lo que revuelve la sopa de la cena, no puede evitar concentrarse en los consejos que Olruggio le da a Coco para mejorar su magia. Sabía perfectamente las palabras que decirle para que pueda entender a la perfección, su dedo se desliza sobre el papel con delicadeza mientras señala los símbolos y líneas que debía mejorar. Su barbilla descansa sobre su puño, ojos entrecerrados bañados en sueño fijos en el papel, a su lado, Coco asiente con la cabeza, la cara marcada de concentración. Qifrey sonríe, feliz de que se lleven bien. De la nada, escucha un grito ahogado.
—¡Maestro Qifrey! —la voz de Tetia lo hace saltar, su rostro resplandece al tiempo que uno de sus dedos señala con entusiasmo la mano izquierda de su maestro— ¿Es eso un anillo de compromiso?
El silencio momentáneo fue interrumpido por los pasos de sus aprendices acercándose a él, ni siquiera Coco se mantuvo sentada. La sorpresa lo hizo titubear.
—¿Eh-h? No, no —Pero no fue capaz de pensar en una mentira lo suficientemente rápido, los ojos de las niñas brillan admirando el delicado anillo dorado y ya sabe que no podrá evitar las preguntas.
—Parece de compromiso —añadió Richeh. Agott acerca su rostro para comprobarlo.
—Supongo que si está en ese dedo, podría ser de compromiso —En medio de su pánico muy bien camuflado, Qifrey busca a Oru con la mirada, su rostro impasible y controlado sigue descansando sobre su mano, aunque es capaz de reconocer la diversión en sus ojos.
—Maestro… —La fascinación de Coco no le permitió formular más palabras. La cabeza de Qifrey da vueltas, ahora sí que está en problemas, debió haber guardado el anillo luego de entrar al atelier. Abre su boca para hablar, pero la voz de Olruggio es más rápida que la suya.
—Ese anillo es creación mía —las niñas giran sus cabezas al unísono— Qifrey me está ayudando a probarlo antes de ponerlo a la venta. Para ser un anillo de compromiso, necesitaría una piedra preciosa de decoración, ¿no? —prácticamente puede escuchar cómo la emoción de las chicas se les escapa en un suspiro, ellas esperaban una revelación romántica, probablemente algo sacado de un cuento de hadas.
—¿Qué hace el anillo, maestro Olruggio? —La pregunta de Agott lo toma desprevenido, por supuesto que ella estaría interesada en saber los detalles. Qifrey esconde una pequeña risa al ver la expresión de Oru, podía ver como el sudor amenazaba por caer de su frente.
—Eh, bueno… Es un modulador térmico, detecta la temperatura del cuerpo y emite calor si esta es muy baja, la magia está escondida en el interior. Será un éxito en pueblos cerca de las montañas o para cualquiera en invierno, Qif está usando un prototipo.
Los ojos curiosos de sus aprendices volvieron al anillo, reemplazando su curiosidad por el chisme a una por la técnica necesaria para crear tal objeto mágico. Coco es la primera en volver a hablar.
—Entonces, ¿Podemos ver los círculos mágicos? —Olruggio salta un poco de su asiento.
—¡Claro que no! Es un prototipo, ¿no escuchaste? —Levanta su cuerpo apoyando ambas manos sobre la mesa y a paso tranquilo se acerca— Jamás dejaría que las aprendices de Qifrey estudien un objeto mío que aún no sé si funciona, una vez esté feliz con los resultados, serán libres de analizarlo todo lo que quieran— Se miran entre ellas y sonrien, esa era la respuesta que las iba a dejar más satisfechas—. Ahora vuelvan a lo que estaban haciendo, la cena no se va a preparar sola.
La concentración de sus alumnas volvió a la cocina y rápidamente la conversación sobre el anillo queda en el olvido. Qifrey articula una palabra sin sonido, gracias, en respuesta, su marido lleva la mano a su hombro y lo aprieta con dulzura.
Con la mesa servida y la deliciosa comida que prepararon, se sientan todos juntos y dan las gracias. La comida desaparece en tiempo record.
Las chicas siguen hablando y riendo entre ellas, pero Qifrey prefiere mirar al otro lado de la mesa donde se encuentra su esposo, aparentemente inserto en la conversación que está teniendo lugar frente a ellos. Se ve cansado como siempre, quizás un poco más tomando en cuenta su largo día de trabajo tratando con clientes exigentes, el cabello yace levemente desordenado sobre su frente y el flequillo, más largo que de costumbre, esconde aquellos ojos de un azul profundo, adornados por el tenue violeta de sus ojeras. En la mesa, sus dedos danzan en un golpeteo rítmico.
Está impaciente.
sus ojos vuelven al rostro de Olruggio y se encuentra siendo observado atentamente. Le sostiene la mirada y luego de unos segundos, los labios de su amigo se curvan en una ligera sonrisa.
Coco estira los brazos por sobre la cabeza y bosteza. Qifrey se levanta de su asiento, platos sucios en mano.
—Bueno, ya es hora de que vayan a dormir, ¿no creen? —El bostezo logra contagiar a Richeh y luego a Tetia, Agott usa todo su poder en no bostezar— Pero primero deben ayudarme a limpiar, luego de eso quedan libres —se escucha una afirmación general en la sala al mismo tiempo que las niñas levantan el resto cosas de la mesa.
Olruggio se estira también, tratando de liberar algo de tensión en sus hombros y espalda. Se deja relajar un poco, pero solo pasan un par de segundos antes de darse cuenta que no podía seguir observando cómo se toman todo el tiempo del mundo fregando los platos.
—Voy a buscar algo al taller, ya vuelvo.
Se aleja solo por unos momentos y al volver deja en manos de Agott un puñado de anillos mágicos, los que utiliza para limpiar cuando tiene demasiada pereza y los mismos que usa Qifrey para no tener que mojarse las manos.
—Hoy voy a hacer una excepción, les prestaré mis anillos, ya que están tan interesadas en el tema.
Las chicas y Qifrey le agradecen. Cuando vuelve a sentarse en la mesa, ya está todo listo para que las aprendices vayan a la cama. Se dan las buenas noches y desaparecen por el pasillo. Después de asegurarse de haber escuchado la puerta de sus habitaciones cerrándose detrás de ellas, observa detenidamente la espalda de Qifrey, la definición de sus músculos visible por sobre la tela oscura. Al darse la vuelta, este se acerca con dos copas.
—¡Ja! y yo que quería que fuera una sorpresa —Olruggio guía la mano por debajo de su capa y saca una botella de vino de un color intenso que deja al medio de la mesa.
—No puedes sorprenderme, querido amigo, te conozco demasiado bien.
Con ambas copas servidas, brindan y beben en un silencio cómplice, el trago de Olruggio significativamente más largo que el de Qifrey. Su ojo se fija en la mano que sostiene su copa, los dedos manchados de tinta solían recordarle sobre esos días de su juventud cuando pasaba horas estudiando magia cuando deberían estar durmiendo. Su mente divaga un momento.
—Veo que comienza a agradarte Coco —Olruggio finalmente baja su copa.
—¿Ah? ¿Por qué no lo haría?
—Bueno, parecías bastante molesto cuando la conociste unos días atrás —su acompañante frunce el ceño al recordar esa tarde.
—Por supuesto que estaba molesto, pero ella no tiene nada que ver con ello —su voz adquiere un tono severo, Qifrey se arrepiente de haber sacado el tema—. No deberías tomar ese tipo de decisiones a mis espaldas, solo haces mi trabajo más difícil, creí que los años y tus responsabilidades te harían pensar más antes de actuar de manera tan impulsiva —Se achica en su asiento.
—Lo siento —dice como por enésima vez desde la primera vez que tuvieron esta conversación. Olgurrio resopla algo entre dientes.
—Además, sabes perfectamente que jamás te diría que no —Sus ojos se vuelven a encontrar, la sonrisita de Qifrey tranquiliza a los dos. Olruggio recuerda algo—. Así que, decías que no puedo sorprenderte —Llama su atención— Pero creo que tengo algo que podría funcionar.
Del mismo lugar donde había sacado el vino, Oru busca en su libro de hechizos hasta llegar a una página en particular, allí deshace el círculo mágico y una luz ilumina su alrededor, luego, un bouquet de flores apareció entre sus brazos, pétalos flotando con el viento. Los ojos de Qifrey se iluminan también.
—Oru… —recibe las flores con una delicadeza increíble, una sombra rosada sube por su rostro, Olruggio siente que por un instante, esa sonrisa logra iluminar la habitación más que su propia magia.
—¿Acerté? —Qifrey abraza las flores.
—Oh, eres tan dulce, no tenías por qué.
—Jamás sería capaz de dejarte sin flores en nuestro aniversario —La imagen de su amigo de la infancia sosteniendo las flores con tanto cariño, sin embargo, logra ponerlo algo triste—. Lamento no haber estado aquí por nuestro día —Qifrey sacude la cabeza.
—No hay nada por lo que disculparse, tenías trabajo que hacer —dice al mismo tiempo que se levanta a dejar las flores en el jarrón de cristal que lleva varios meses sin cargar nada. Las flores, al hacer contacto con el agua y el círculo mágico tallado en el fondo del cristal, recuperan su vitalidad en pocos segundo, volviendo a verse como si nunca las hubieran cortado de la tierra. Con la tarea hecha, se devuelve hacia Olruggio, quien no le quita los ojos de encima—. Además, la noche es joven —Su amigo le devuelve una sonrisa y toma otro largo trago de su copa, al sentarse, Qifrey lo imita. Sabe que Olruggio entiende a lo que se refiere más que nadie, a fin de cuentas, él es quien apresuró a las niñas para que fueran a sus cuartos—. Que considerado de tu parte que le prestaras tus anillos mágicos a las niñas, sé que prefieres que no toquen tus cosas —levanta la copa para beber otro trago, sin romper su contacto visual. Las mejillas de su amado se sonrojan muy levemente.
—Eso fue solo porque estaban claramente exhaustas, quería que se fueran rápido a la cama para que pudieran descansar —En respuesta, Qifrey no dice nada, solo se escucha un alargado hmmm proveniente de su garganta. Oru se mueve en su asiento—. Además, pensé que si les daba otro tipo de anillo, dejarían de estar sobre ti llenándote de preguntas —Qifrey aparta la mirada al recordar el momento, su pareja ríe.
—Gracias por eso, olvidé guardar el anillo antes de entrar a casa.
—No hay de qué, no podía dejarte solo luego de esa mirada de desesperación que me lanzaste —mueve su copa en círculos, haciendo que el vino en su interior de vueltas— Ugh, ahora voy a tener que crear el prototipo de anillo que le dije a las chicas —Con solo pensarlo se estresa—, es una idea que tengo hace tiempo, pero no quería comenzar a trabajar —Otro largo trago de vino, la copa vacía siendo rellenada casi de inmediato por su acompañante. Mientras vertía el líquido, busca su mirada— ¿Por que lo llevabas puesto, de todos modos?
—¿Acaso no puedo usar nuestras argollas? —Intenta sonar ofendido solo para molestarlo, la mueca de Olruggio prueba que lo ha conseguido.
—No dije eso —Su mandíbula descansaba ahora sobre la palma de su mano—. Se me hace curioso, en especial cuando recuerdo que tú eres quien insistió tanto en que no lleváramos nuestras argollas visibles.
—Es por un buen motivo, el Gran Auditorio jamás permitiría que un mago esté casado con su Ojo Avizor —Oru asiente, es algo que ambos saben muy bien— Jamás dejaré que nos quiten nuestro atelier, tendré más cuidado la próxima vez.
—No has respondido mi pregunta —la mirada de Qifrey se queda fija en el anillo.
—Tan solo… te extrañé, Oru —el hombre frente a él comienza a moverse en su dirección— El anillo me hace sentirte cerca, incluso si es por tan solo un momento —al volver a levantar la mirada, Olruggio ya no está al frente de él, sino sentado a su lado, lo suficientemente cerca para sentir el calor que emana de su cuerpo. Qifrey apoya la cabeza sobre su hombro.
—Ahora estoy aquí, ¿no? —su mano busca la suya y entrelazan los dedos por sobre la mesa, Olruggio acaricia delicadamente el anillo que lleva en su dedo anular— Cuéntame sobre tu día, amor mío.
Su conversación fue avivada por la botella de vino que dura menos de lo esperado, hablan y ríen con especial cuidado de no levantar tanto la voz. Luego de que no quede ni una gota más de alcohol, hay un silencio prolongado. Mientras que por debajo de la mesa Qifrey lleva varios minutos deslizando su pie por la pierna de Olruggio de arriba hacia abajo, él hace lo posible por mantener sus pensamientos puros, lo cual dura igual de poco que el silencio entre los dos.
—¿Crees que ya están durmiendo? —El susurro de Oru hace que le de un escalofrío.
—¿Por qué la pregunta? —Trata de hacerse el tonto, pero Olruggio ya ha tenido suficiente con su espera.
Los dedos de Olruggio sostienen su mentón con delicadeza para que se gire a mirarlo, en lo que se dedica a admirar su rostro, Qifrey junta sus labios en un suave beso.
Ha estado pensando en sus labios todo el día, desconcentrado en sus lecciones por pensar en el calor de su marido, en como su barba se hace cosquillas en el rostro, y ahora finalmente lo tiene para sí, besándolo con los ojos cerrados y los labios medio abiertos en una invitación para intensificar su beso. Sus manos se mueven hacia su rostro, los dedos acariciando sus mejillas.
Olruggio mueve su peso hacia adelante, manos a cada lado del cuerpo de Qifrey para equilibrarse, se ha pasado un poco con el vino, como siempre. Su boca tiene un fuerte sabor a alcohol que solo lo hacía querer saborearlo más. Guiado por el vino en su sangre, da una pequeña mordida a su labio inferior que lo toma por desprevenido, el sonido que sale de los labios de su amado hace su cabeza dar vueltas. Los besos se desvían de su boca a su barbilla y luego a su cuello, dedos ahora tratando de quitar la tela que impedía su paso.
Cuando lo logra, se da unos segundos para admirar las marcas que había dejado en su cuello la semana anterior. Los chupetones que aún no desaparecen por completo decoran el delicado cuello de Qifrey con diferentes tonos de rojo y rosado, todas las marcas han sido precisamente calculadas para que fuera posible esconderlas con su ropa, aquella era una ciencia que Olruggio dominaba a la perfección, quizás más aún que su magia. Con esas reglas en mente, comienza dando pequeños besos que prontamente se convierten en lamidas y luego en mordiscos delicados que hacen temblar a su acompañante. Se detiene un momento en su garganta, un poco más abajo de su manzana de adán, y succiona la piel con la intención de dejarle más marcas a su amado.
—Oru… —Qifrey ya está teniendo problemas para mantener su respiración estable, una de sus manos viaja hacia el oscuro cabello de Olruggio, dando el más pequeño de los tirones— Olruggio…
—Ya sé, ya sé —los labios se separan de su cuello para hablar, mira hacia arriba para encontrarse con el rostro sonrojado de su esposo y sonríe—. No podemos continuar con esto en la cocina —Qifrey asiente— ¿Mi taller, entonces?
—Preguntas como si tuviéramos otras opciones.
—Siempre hay opciones si eres lo suficientemente creativo —él sí que lo era, ha fantaseado con cogerse a Qifrey en todo rincón de su atelier, si su esposo no fuese tan insistente en mantener su relación discreta, no tendría problema con continuar sobre la mesa, el sillón, las encimeras de la cocina o incluso el piso, pero jamás podría cambiar la comodidad de su marido por el placer suyo.
—Tú taller, entonces —hay una sonrisa en su labios mientras lo dice, se acerca a darle un último beso en los labios antes de levantarse y tomar su mano. Olruggio lo guía a paso rápido hacia su taller.
Cerrando la puerta detrás de ellos, Olruggio se asegura de ponerle llave y luego busca entre sus cajones por el hechizo de silenciamiento que solía ocupar para estos momentos. Sus aposentos están en la parte más alejada del atelier, por lo que sería imposible que las niñas llegaran a escuchar algo, sin embargo, es otra de las precauciones que suelen tomar, más para la paz mental de Qifrey que nada más. Está seguro de que después de tanto tiempo sin tener la oportunidad de hacer esto, van a hacer mucho ruido.
Al momento que se activa el hechizo en la puerta, siente las manos de Qifrey rodeando su cintura.
—Hmmm —su esposo examina el círculo con atención, por supuesto que ya había captado los arreglos que hizo—. El círculo, las líneas y la runa son más grandes esta vez. Veo que has decidido hacer el hechizo más potente de lo usual —La voz de Qifrey acaricia la piel cerca de su oído, aquella forma tan suave de hablar hace que un calor se adueñe de su estómago, bajando peligrosamente rápido.
—¿Y? ¿Algún problema? —las manos en su cintura apretaron más fuerte, la barbilla de Qifrey ahora dándole pequeños besos en la base del cuello. Sintió una risita contra su piel.
—Mi querido Oru, ¿es esto una invitación de algún tipo? —Olruggio arquea su espalda en respuesta, haciendo que al más alto se le escape un suspiro.
—No sé, tú dime.
Su trasero vuelve a presionar contra su entrepierna, provocándolo. Qifrey lo agarra más fuerte, labios atacando la piel de su cuello, solo por unos instantes deja que siga moviendo sus caderas antes de darle la vuelta para poder apreciar su rostro, Oru se lanza a sus labios nuevamente.
Está hambriento, la desesperación se nota en sus besos, la forma en la que su lengua se presiona contra la suya y como intenta apretar su cuerpo aún más cerca a pesar de no ser físicamente posible. Qifrey ríe entre besos, como amaba tenerlo así.
Olruggio separa sus cuerpos con una firme mano al pecho, la respiración algo entrecortada.
—La cama, ahora —Qifrey lo escucha, pero decide volver a sus labios, esta vez más lento, intentando que Oru se resigne a seguir su ritmo. Se escucha un gruñido de su esposo y Qifrey vuelve a reír en su boca.
—Tan impaciente —uno de sus dedos sube hacia sus labios y acaricia con delicadeza el inferior, ahora hinchado y colorado— ¿Me extrañaste también? —Oru intenta evitar responder y juntar sus labios nuevamente, pero Qifrey lo detiene en su sitio, esperando una respuesta. Él aparta la vista, odia cuando Qifrey le hace eso, hacerlo hablar cuando ya sabe perfectamente la respuesta.
—Supongo que sí te extrañé —como recompensa por usar sus palabras, Qifrey baja hasta su cuello, dejando besos mojados por todo su camino.
Él no podía darse el lujo de marcar todo el cuello de Oru como él hacía con el suyo, esa camisa holgada no deja espacio para esconder lo que quería hacerle, de todas formas, no puede controlarse cuando deja su cuello expuesto de ese modo. Las manos de Olruggio viajan a sus hombros para bajar los tirantes de su túnica, luego busca desesperadamente por su espalda baja el borde del cuello de tortuga que usaba siempre. Desliza la tela por sobre su estómago, dándose el tiempo de acariciar con sus pulgares cada centímetro de piel que deja al descubierto, quería quitarle ese estúpido pedazo de ropa, pero por más que tirara de la tela, Qifrey no se soltaba de su cuello.
—Qifrey, por el amor de Dios…
—La cama, ya sé —pero aún así, no parecía apresurado en hacerle caso. Oru se cansa de ir a su ritmo.
Sus manos ascienden hasta su cabello blanco, dedos moviéndose delicadamente por la base de su cabeza. Agarra un mechón de cabello y da un tirón firme. Con un gimoteo, Qifrey finalmente deja su cuello en paz y Olruggio sabe que ya ganó. Se mueve con rapidez, la mano que había jalado su cabello ahora toma su muñeca y los guía por las escaleras, impaciente por poder llegar a la maldita cama.
Qifrey es empujado a las sábanas de Olruggio, quien no pierde el tiempo en posicionarse sobre él, ambas rodillas a cada lado de sus caderas para presionar hacia abajo, sacándole un gemido a los dos al sentir lo duro que están. Al ver como Oru sigue concentrado en generar fricción entre ellos, Qifrey se deshace él mismo de la ropa que su amado había dejado a la mitad, con algo de dificultad, hace lo mismo con la camisa de Oru. Su pecho queda al descubierto, su piel y pectorales cubiertos de vellos oscuros, dejando aquél caminito a la felicidad que tanto amaba. Su cuerpo ya no era tan delgado como cuando eran adolescentes, culpa de sus malos hábitos y la tendencia que tenían de comer y beber de madrugada; a veces se quejaba de eso, molesto con Qifrey y su capacidad de no subir de peso como él, pero siendo completamente honesto, Qifrey lo prefería mucho más así. Más arriba, de su cuello colgaba una cadena y ahí, al centro de su pecho, el anillo de matrimonio que habían intercambiado tantos años atrás. Con aquella vista, el calor de su cuerpo incrementa exponencialmente.
—¿Disfrutando la vista? —Hay un tono de diversión en su voz, es entonces cuando se da cuenta de que no le ha despegado la mirada desde que le quitó la camisa. Su respuesta vino en forma de un empujón de sus caderas hacia arriba, sin disimular el gemido que salía de su boca.
—Cómo no hacerlo cuando eres tan hermoso —El rubor sube a las mejillas de su marido, era increíble cómo podía hacer tantas cosas obscenas sin preocuparse, pero luego eran ese tipo de comentarios los que lo hacían sonrojar. Qifrey continúa con sus movimientos, tratando de marcar un ritmo dentro de los frenéticos roces de Olruggio—. Estás tan desesperado por atención hoy, ¿Acaso no quedaste satisfecho la última vez? —Sacude la cabeza en respuesta.
—La última vez, ni siquiera tuvimos sexo —su voz salió entrecortada, la respiración pesada— ¿Qué te hace creer que eso me dejaría satisfecho?
Tenía razón, tampoco es como que Qifrey hubiera quedado completamente satisfecho cuando el único día que tenían tiempo para tener intimidad fue interrumpido por una “emergencia” de sus aprendices que resultó ser mucho menor de lo que pensaba. Eso había sido hace una semana atrás, de ahí las bonitas marcas que decoraban su cuello. Ahora que lo piensa, ¿hace cuánto que no hacen el amor como corresponde? siempre estaban siendo interrumpidos por algo, dejando su sesión de amor a medias y una frustración en Olruggio que ahora se hace muy aparente. Decide entonces, que la noche de hoy va a ser dedicada puramente al placer de su esposo, era lo mínimo que podía hacer por él luego de tener que dejarlo a medias tantas veces.
—Oru —levanta su peso sobre sus codos para poder acercarse a su rostro, tratando de buscar sus ojos—. ¿Puedo chupártela?
Olruggio ríe con sutileza, sellando sus labios en un rápido beso.
—Pensé que nunca preguntarías.
Con solo un rápido movimiento, Qifrey lo agarra de la cintura y mueve su peso para cambiar de posición, Olruggio ahora de espaldas sobre la cama, quien suelta un chillido por el repentino cambio de posición. Desde arriba, Qifrey sigue apreciando cada parte del cuerpo de su esposo. A pesar de la vergüenza que siente Olruggio al ser observado como una presa, sostiene la mirada.
La palma de su mano sube por entre las faldas de Olruggio hasta alcanzar la dura erección que se mantiene escondida bajo la ropa, el leve movimiento de sus dedos yendo de arriba a abajo son suficientes para hacer que se retuerza un poco. Tenía ganas de torturarlo un poco más, hacer que le ruegue por su tacto, pero al ver el rostro sonrojado y expectante bajo suyo, el corazón no le dejó, ¿Cómo hacerlo esperar más cuando se estaba retorciendo de placer con tan solo un par de roces suyos?
Sus manos buscan el cinturón y con la habilidad de alguien que ha hecho esto muchas veces antes, se deshace rápidamente de todo lo que queda de su ropa. No lo hizo esperar más, sin romper el contacto visual, desliza su lengua desde la base hasta la punta de su pene y lo toma en su boca.
—Mierda, Qif… —lo que fuera que iba a decir queda a medias, su voz se convierte en un suspiro. Desde su entrepierna, Qifrey no le quita los ojos de encima, cabeza moviéndose de arriba a abajo— Deja de m-mirarme así —al ver que no le hace caso, Olruggio mueve las caderas hacia arriba, provocando una pequeña arcada que lo hace cerrar los ojos. Ríe un poco al ver cómo Qifrey frunce el ceño en desaprobación.
Qifrey lleva una de sus manos hacia sus caderas y lo empuja contra la sábana, manteniéndolo ahí. Sus labios abandonan el trabajo que estaba haciendo, Olruggio siente un escalofrío una vez vuelve a sentir el aire frío donde antes estaba la cálida y mojada boca de su marido. Hay algo oscuro en sus ojos, Oru traga saliva. Ah, quizás no debería haber hecho eso.
Qifrey reúne toda la saliva que había en su boca y se la escupe en la erección. Olruggio siente como si un choque eléctrico electricidad bajara por su columna, haciéndolo temblar.
—O-oye —su otra mano lo agarra desde la base y comienza de nuevo con los movimientos.
—¿Hay algún problema? —Eso sí que era nuevo, Qifrey no es usualmente el que hace esa clase de cosas, solía mantener su elegancia incluso durante el sexo. El cambio de actitud no le molestaba en absoluto.
—Para nada.
Con eso, Qifrey vuelve a bajar hasta volver a lamer la punta, dando círculos antes de metérsela en la boca.
La cabeza de Olruggio vuelve a dar vueltas, no sabe si es por el alcohol que habían bebido o por lo que Qifrey le está haciendo. Sus dedos se enredan entre los rizos blancos, tratando desesperadamente de mantenerse agarrado a algo. El calor que siente acumulado en su estómago baja, los movimientos de la boca y manos de su esposo llevándolo al límite. No podía venirse así, tenía otros planes.
Vuelve a jalar el cabello de su esposo, lo suficiente para separar su boca con un ruidoso “pop”.
—Espera —las palabras salen entrecortadas en lo que intenta recuperar el aliento—, espera, espera —Cierra los ojos con fuerza, necesita pensar en otra cosa para parar el avance de su orgasmo. Su mente salta entre el trabajo de hoy, las peticiones de sus clientes, sus tareas pendientes… Hasta que lo logra.
Cuando vuelve a abrir los ojos, ve a Qifrey sonriendo con su dulzura habitual, la cabeza descansando en uno de sus muslos y sus dedos haciendo círculos en la piel del mismo.
—¿Todo bien? —Oru asiente.
—Quítate esos pantalones.
En lo que Qifrey sigue sus órdenes, da vueltas en la cama y alcanza la mesita de noche, en uno de los cajones se encuentra con un pequeño frasco de lubricante que toma en su mano. Su esposo vuelve a su lado e intenta hacer que se recueste en la cama, pero Oru no hace caso. En su lugar, vuelve a empujar a Qifrey sobre la cama, escalando sobre su regazo para asumir la posición en la que estaban inicialmente. Abre el frasco y deja caer una buena cantidad del líquido en sus dedos.
—No tienes idea de lo mucho que he esperado por esto —arquea su espalda y lleva la mano hacia atrás, buscando su propia entrada, puede ver como Qifrey se muerde el labio— Pasé todo el día escuchando peticiones y detalles sobre el trabajo, pero no podía concentrarme para nada —su dedo se desliza con algo de dificultad, pero el dolor solo lo hace gimotear—, ¿y sabes en qué era lo único que podía pensar? —comienza a mover su dedo lentamente, la respiración acelerándose— En tenerte así en mi cama, completamente desnudo bajo mío —puede sentir como la erección que Qifrey palpita junto a la suya, sus manos le agarran la cintura con fuerza—. En el sabor de tu boca, en lo bonito que te ves con todos esos chupetones en el cuello —el segundo dedo entra con más facilidad y le saca un suspiro—, en cómo tu rostro se retuerce del placer mientras me coges tan bien.
Qifrey levanta el torso para poder atacar sus labios, devorando todos los sonidos que salen de su boca.
—Oru… —Qifrey susurra sobre sus labios— Me estás volviendo loco.
—Solo por hoy, ¿puedo ser egoísta? ¿Me dejarías hacerte lo que he estado fantaseando todo el día? —Las manos de Qifrey suben para acariciar sus mejillas, vuelve a besarlo lenta pero profundamente, utilizando la poca compostura que le quedaba después de escuchar todo eso.
—Por tí, amor mío, lo que sea.
—Entonces acuéstate, y no me toques hasta que te diga.
La espalda de su esposo vuelve al colchón y los dos dedos que estaban dentro de él se convierten en tres. Sabe perfectamente que si le deja el trabajo a Qifrey de prepararlo, va tomarse un tiempo dolorosamente largo en hacerlo, además, le gusta la cara que pone cuando gime su nombre sin ser capaz de hacer nada al respecto. Abre y cierra los dedos dentro de sí mismo, los mueve en círculos intentando apresurar el proceso para poder recibir por completo a su marido.
Qifrey no sabe qué hacer con sus manos, agarra las sábanas con fuerza en un intento de seguir las órdenes de Olruggio pero la necesidad de tocar su piel son gigantescas. Intenta dar una estocada, buscando el contacto entre ambos miembros, pero la mano libre de Oru se posa en su estómago bajo y lo mantiene quieto, de la misma forma que él lo había sujetado momentos antes. El sonido que sale de su boca parece un lloriqueo, debe morderse el labio para poder concentrarse en no moverse, pero los gemidos de Olruggio que cada vez se hacen más ruidosos hacen complicado el mantenerse quieto. Cuando siente que las piernas de su esposo comienzan a temblar, ya no puede aguantarse más.
—Oru, por favor —suelta en un suspiro—. Déjame metértela.
La forma en la que lo pide es suficiente para convencerlo. Quita sus dedos con delicadeza y asiente.
Las manos de Qifrey se mueven intranquilas buscando entre las sábanas el frasco con lubricante, al hacerlo, lo destapa y se echa una generosa cantidad en la mano que luego esparce sobre su muy dura erección. Vuelve a enderezar su torso para tomar con la mano seca el trasero de Olruggio y levantarlo un poco para facilitar su acceso.
—Dime si es demasiado —Oru trata de tragar el gemido que tiene en la garganta cuando siente el miembro hacerse paso dentro suyo, pero no logra acallar sus gimoteos.
Olruggio envuelve los brazos alrededor de su cuello, los dedos recorriendo de la base de su nuca hasta volver a enredarse entre sus rizos. Qifrey le besa toda la cara al mismo tiempo que lo abre lentamente, preocupado de no hacerle daño a su preciado esposo. Intenta besarle los labios, pero Oru no puede seguirle el ritmo cuando está con la respiración tan acelerada.
Qifrey se detiene antes de meterla entera, queriendo darle la oportunidad de adaptarse, pero Olruggio fuerza sus caderas hacia abajo, ignorando el dolor punzante que había aprendido a disfrutar. El ruido que sale de su boca asusta un poco a su esposo.
—¡Oru! ¿Estás bien? —las manos de Qifrey acarician su espalda de arriba a abajo— ¿En qué estás pensando? No quiero hacerte daño.
—¿Tengo cara de qué me estás haciendo daño? —Su flequillo está pegado a su frente por la transpiración, sus cejas están fruncidas, de sus ojos amenaza por salir una lágrima y el rubor de su rostro no ha bajado ni un poco, de sus labios entreabiertos salen respiraciones entrecortadas que chocan contra la suya.
—Eh, un poco.
—Un poco.
—Bueno, quizás no… —con eso, Olruggio comienza a mover sus caderas.
El ritmo es lento en un principio, trata de no avanzar tan rápido para no preocupar de más a su esposo. Qifrey finalmente está gimiendo, tiene la costumbre de intentar no hacer ruido, aún cuando tomaban todas las precauciones para que ningún sonido saliera de su taller, pero al sentir lo apretado que estaba Olruggio, no puede aguantar más. Tampoco puede quitarle las manos de encima, su tacto recorre su espalda, hombros, estómago, cintura y su trasero, no queda satisfecho, entierra su rostro entre su cuello y hombro, aspirando profundo para poder sentir el olor de su amado, le deja besos mojados en todo lugar que toquen sus labios.
Las sensaciones ya no lo dejan pensar bien, cada vez que sus caderas chocan con las de su marido, Olruggio siente una ola de placer que lo invade de cabeza a los pies. Qifrey está balbuceando su nombre, apenas es capaz de formular más que sonidos que no sean suspiros y gimoteos. Las manos de Oru se posan en sus hombros y suavemente lo empuja para que vuelva a recostarse, busca las manos que seguían acariciando su cuerpo y las toma entre las suyas para besarle los nudillos, allí donde estaba su anillo de matrimonio, sin parar sus movimientos en ningún momento.
—Ah, Oru —Qifrey logra formular algunas palabras, el pecho moviéndose de arriba a abajo con rapidez—, te amo tanto —Olruggio lo calla con un beso que apenas puede considerarse uno, ninguno de los dos podía seguir el ritmo, el placer que los consume demasiado potente como para pensar con claridad.
Las manos de Qifrey terminan sobre su cabeza, Olruggio le sujeta las muñecas para evitar sus movimientos, entonces acelera su ritmo. El rostro debajo suyo se retuerce del placer.
—Eres tan perfecto —Oru aprecia su rostro—. Mmhg, me haces sentir tan bien —quería continuar hablando, ver cómo sus ojos cambiaban cuando escuchaba las cosas obscenas que iba a decir, pero no pudo, de la nada fue muy consciente de lo cerca que estaba al orgasmo.
Baja la velocidad de sus movimientos otra vez, le tiemblan las rodillas, cierra los ojos con fuerza y su mente intenta volver al trabajo, el hechizo que debía completar, los materiales que debería reponer…
Qifrey le da una estocada que hace que su agarre en las muñecas se suelte solo un poco, lo suficiente para liberarse y volver a tocar su piel. Sus uñas se entierran en la carne de su cintura, otra fuerte estocada hace que Olruggio se retuerza de placer, entonces entiende que está tocando ese punto tan sensible que lo hacía ver estrellas. Oru intenta decir algo, pero no es capaz de formular palabras, el calor y excitación es tanta que de sus ojos se le escapan un par de lágrimas, se sujeta al pecho del hombre que lo estaba haciendo sentir tan bien, tratando de mantenerse sobre él.
Los dedos de Qifrey limpian sus mejillas mojadas mientras baja su intensidad.
—Querido—
—No pares —Oru lo interrumpe, su idea anterior de intentar durar más desechada por completo, no era capaz de controlarse si Qifrey seguía golpeando ese punto una y otra y otra vez—, por favor, no pares.
¿Cómo podía negarse cuando se veía tan adorable pidiéndolo? Qifrey lo sostiene en posición y apoya las plantas de sus pies sobre la cama. Los siguientes movimientos que hace son rápidos y duros, los gemidos de Olruggio cada vez más agudos, su respiración entrecortada y los ojos cerrados.
—Oru, mírame —Olruggio niega con la cabeza, sabía perfectamente que si lo miraba a los ojos se iba a venir casi instantáneamente, Qifrey lo agarra con aún más fuerza, sus dulces gemidos lo volvían loco—. Por favor, Oru.
Olruggio abre los ojos. Qifrey está sonrojado hasta las orejas, su preciosos labios entreabiertos dejando salir sus suspiros agitados. Hace contacto visual, la excitación en los ojos de su marido es lo que termina llevándolo al límite.
Su cuerpo se tensa y parece perder la fuerza en los brazos, sus frentes chocan y su pecho cae contra el del otro, hace el mayor esfuerzo posible para mantener el contacto visual mientras llega al orgasmo, olas de calor invaden su cuerpo al mismo tiempo que se corre en el estómago de Qifrey. Su cuerpo tiembla.
—Aguanta un poco más —Qifrey no había bajado la velocidad, Olruggio esconde su rostro en su cuello y muerde la piel ya sensible de su esposo.
Los espasmos de Olruggio, la manera en lo que lo está apretando y las mordidas que deja en su cuello son lo que lo hacen correrse muy dentro de él, sus brazos rodean el torso de su esposo quien aún no deja de temblar. Trata de tranquilizar su respiración.
—¿Estás bien? ¿Fue demasiado? —Qifrey acaricia su cabello oscuro, Olruggio aún no logra respirar con normalidad, aún sintiendo como el éxtasis se disipaba de su cuerpo. Le toma tiempo formular una oración coherente.
—Fue perfecto —su voz se escucha cansada, no tiene la fuerza ni para mirar a su marido. Este se apiada y lo ayuda a recostarse a su lado, sus movimientos son suaves, consciente de lo delicado que su esposo queda luego del sexo, aunque Olruggio jamás sería capaz de admitirlo.
Sostuvo su rostro entre sus manos y le acaricia las mejillas, Olruggio abre sus ojos a medias, notablemente cansado. Qifrey le sonríe y se acerca para darle un suave beso en los labios.
—Yo también te amo —le susurra Olruggio, finalmente respondiendo a las palabras que había pronunciado antes. Qifrey suelta una pequeña risa.
—Te tomaste tu tiempo en responder, ya estaba pensando que no me amabas —Olruggio frunce las cejas, sus dedos agarran una de sus mejillas y le da un tirón que hace reir a su pareja.
—No te atrevas ni a pensarlo —sus dedos se deslizan hasta su barbilla—. Te he amado desde que somos niños y seguiré amándote hasta que me muera —el rubor vuelve al rostro de Qifrey. Lo sabía, siempre lo ha sabido, pero su marido no era el tipo de personas que expresaran lo que sentían con sus palabras.
—Sí, lo sé.
Volvieron a sellar sus labios en un beso, no uno hambriento como los primeros de la noche, sino uno lleno del amor e inocencia que han cultivado en los últimos veinte años juntos. Los brazos de Qifrey rodean el cuerpo del otro y lo atraen hacia él, Olruggio se acurruca entre sus pectorales y prácticamente se derrite con su tacto.
—Eh, ¿Oru?
—¿Mmmm?
—No te duermas todavía —Olruggio solo hace un gruñido de desaprobación—… aún estoy dentro tuyo.
—No me importa —El pecho de Qifrey se mueve junto con su risa.
—Y estamos cubiertos de nuestros fluidos.
—¿Ahora te da asco?
—Simplemente me gustaría dormir sin tener que despertar todo pegajoso —algo que suena como una risa se ahoga entre su pecho.
—Ughh, está bien —pero Olruggio no se mueve—... Solo cinco minutos más.
Qifrey presiona un beso en el cabello de Olruggio.
—Cinco minutos, un baño y a dormir —Oru asiente, el rostro aún enterrado en sus pectorales—. Te amo, mi querido Oru.
—Yo también te amo Qif.
Se acurrucaron el uno con el otro, el taller ahora completamente en silencio aparte de la respiración de la pareja. En la oscuridad, sus corazones latieron a la vez.
