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Summary:

Una última carne asada para despedir el Mundial termina convirtiéndose en una partida de verdad o reto. Brian está convencido de que un simple beso por un reto no debería significar absolutamente nada.

Ese resulta ser el problema.

Notes:

Honestamente este one shot existe porque mi long fic está muy slow burn y tenía la necesidad urgente de escribir un beso entre estos dos :)

Work Text:

Habían pasado exactamente 27 minutos desde la última vez que había visto la hora.

3:57 am

No había pegado ojo en toda la noche y aún no sabía si era por la cantidad absurda de alcohol que consumió esa noche o por… lo otro.

Si alguien le hubiera dicho a Brian que esa noche terminaría besando a un compañero de equipo frente a media plantilla, probablemente se habría reído. Si además le hubieran dicho que el verdadero problema no sería el beso, sino querer repetirlo, habría pedido que dejaran de inventar pendejadas.

***

Doce horas antes…

Cuando el Mundial terminó y cada quien recibió la fecha de su vuelo de regreso, alguien —nadie recordaría después quién— propuso hacer una última carne asada.

Sin entrenamientos al día siguiente.

Sin horarios.

Sin cuerpo técnico vigilándolos.

Solo ellos.

Veintitantos futbolistas que, durante más de un mes, habían compartido hotel, comidas, entrenamientos, nervios y la presión de representar a un país entero. 

Alguien ofreció el jardín de su casa. Otro se encargó de la carne. Dos más prometieron llevar las bocinas. Las cervezas aparecieron por cajas antes incluso de que alguien preguntara cuántas necesitaban.

Y, por primera vez en semanas, nadie tenía que levantarse temprano al día siguiente.

Brian llegó poco después de las siete de la tarde con una bolsa de hielo bajo el brazo y una botella de tequila que alguien le había encargado comprar de camino. Desde la entrada podía escuchar las carcajadas mezclándose con la música, el humo de la parrilla y los gritos de media selección discutiendo sobre quién era incapaz de cocinar una simple arrachera.

—¡Hasta que llegas! —le gritaron apenas cruzó el portón.

Brian apenas alcanzó a saludar antes de que alguien le arrebatara la bolsa del hielo y otro le pusiera una cerveza fría en la mano.

***

Armando nunca se había considerado alguien particularmente sentimental. O, al menos, no de esos que se ponían melancólicos por el simple hecho de cerrar una etapa.

Pero aquella vez era diferente.

Había disputado su primer Mundial. Y no cualquier Mundial: uno en casa, con los estadios llenos, el país entero pendiente de cada partido y la oportunidad de compartir vestidor con futbolistas a los que llevaba años admirando, además de varios compañeros con quienes ya había construido una amistad desde el club.

Mientras observaba el jardín lleno de risas, música y humo de la parrilla, no pudo evitar pensar que, de alguna forma, estaba viviendo aquello con lo que había soñado desde niño.

Había cumplido una de las metas más grandes de su carrera.

Sabía perfectamente que nada de eso había llegado por casualidad. La disciplina, la constancia y las incontables horas de trabajo eran las que lo habían llevado hasta ahí. Por eso casi nunca salía de fiesta. Mucho menos bebía hasta perder la cuenta.

Pero aquella era una ocasión especial. Y, si alguna noche merecía bajar la guardia, era esa.

Puede que, para entonces, ya no estuviera completamente sobrio.

La verdad…ni siquiera recordaba en qué cerveza había dejado de contar.

—¿Qué tanto piensas? —preguntó una voz a su lado, rompiendo el hilo silencioso en el que estaba atrapado.

La Hormiga giró apenas la cabeza, como si el movimiento le costara más de lo normal, como si salir de sus pensamientos implicara un pequeño esfuerzo físico.

Brian acababa de llegar. Llevaba una cerveza en una mano y la botella de tequila que le habían encargado en la otra. El vidrio reflejaba las luces amarillas del patio, y por un segundo, Armando pensó que todo se veía demasiado tranquilo para lo que seguramente terminaría siendo la noche.

—Nada —respondió, encogiéndose de hombros, aunque sabía que la respuesta sonaba hueca incluso para él.

Brian soltó una risa corta, de esas que no buscan ser discretas.

—Mentiroso.

Armando frunció ligeramente el ceño, más por costumbre que por molestia.

—¿Por?

Brian lo observó de reojo, ladeando la cabeza, como si estuviera analizándolo.

—Traes cara de que estás resolviendo el mundo… o de que te estás complicando la vida tú solo.

—Nomás estaba pensando.

“Y pensando demasiado”, añadió en silencio, sintiendo cómo la frase se quedaba atorada en su garganta.

Brian le dio un trago largo a su cerveza antes de recargarse a su lado, apoyando el peso contra la pared. Desde ahí, ambos miraron cómo Israel seguía peleándose con la parrilla, moviendo la carne como si eso fuera a acelerar el proceso.

—Qué raro se siente que ya se acabó, ¿no? —dijo Brian después de unos segundos, con un tono más bajo, menos burlón.

Armando tardó en responder. Sus ojos seguían en la parrilla, pero su mente ya estaba en otro lado.

—Sí… —murmuró finalmente.

Brian giró un poco el cuerpo hacia él.

—Hace un mes estábamos encerrados en el hotel, quejándonos de todo… y ahora quién sabe cuándo volvamos a coincidir todos.

Armando tragó saliva. La idea le había estado rondando desde hacía rato, pero escucharla en voz alta la hacía más real.

—En la siguiente convocatoria —respondió, intentando sonar seguro, aunque ni él mismo estaba convencido.

—Ojalá.

Se quedaron en silencio un instante. El ruido de fondo llenaba el espacio: risas, música lejana, el chisporroteo de la carne. Uno de los compañeros insistía en que la carne seguía cruda, mientras otro ya tenía el plato listo, desesperado por empezar.

Brian negó con la cabeza, divertido.

—Qué bola de desesperados.

—No han comido desde el desayuno.

—Llevan picando papitas como dos horas —replicó Brian, levantando ligeramente la cerveza como si fuera evidencia.

La Hormiga soltó una carcajada, sintiendo cómo la tensión en su pecho se aflojaba un poco.

—También es cierto.

Brian sonrió de lado, observándolo con más atención.

—¿Y tú? ¿Cuántas llevas?

Armando levantó la botella de cerveza, girándola para ver cuánto quedaba. El líquido se movió lentamente.

—…Tres.

Brian abrió los ojos un poco más de lo normal.

—¿Tres?

—¿Qué? —respondió Armando, encogiéndose de hombros, aunque una sonrisa se le escapaba.

—No te creo.

—Te lo juro.

Brian arqueó una ceja, claramente escéptico.

—Con razón ya andas hablando de sentimientos.

La Hormiga soltó una risa breve, negando con la cabeza.

—Cállate.

—¿Ya te pegó? —insistió Brian, acercándose un poco más, como si quisiera confirmar su teoría.

Armando dudó un segundo. Sintió el ligero calor en la cara, la ligereza en el cuerpo.

—Un poquito.

Brian soltó una carcajada.

—No inventes. Si apenas vas empezando.

—Déjame disfrutar mi peda en paz.

Brian levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien… nomás no te me vayas a quedar dormido en el jardín. 

Armando negó con la cabeza, con una seguridad que ni él mismo sabía de dónde salía.

—Eso no va a pasar.

“Ni de chiste”, pensó, sintiendo una chispa de emoción anticipada.

Los dos se rieron, compartiendo ese momento ligero que parecía suspendido fuera del tiempo.

Ninguno de los dos tenía idea de que, un par de horas después, esa conversación sería el recuerdo menos vergonzoso de toda la noche.

***

El tiempo pasó con la facilidad de las noches que uno desearía que nunca terminaran.

La carne desapareció de la parrilla casi tan rápido como las cervezas de la hielera. Entre plato y plato salieron anécdotas del Mundial, imitaciones ridículas de las charlas técnicas, apuestas que nadie recordaba haber hecho y discusiones completamente innecesarias sobre quién había sido el peor DJ durante la concentración.

Las bocinas cambiaron de género musical al menos cinco veces.

Alguien organizó una reta improvisada en el jardín con una pelota de plástico que terminó atorada entre unos arbustos.

Otro insistía, por quinta ocasión, en que todavía tenía espacio para un taco más.

Y, en algún momento imposible de precisar, las cervezas dejaron de ser suficientes.

La botella de tequila apareció sobre la mesa como una consecuencia inevitable.

—Nomás uno para cerrar la noche —dijo alguien.

Nadie le creyó.

Los vasos empezaron a llenarse una y otra vez entre brindis improvisados, bromas cada vez más estúpidas y el tipo de confesiones que solo parecían buena idea después del tercer shot.

Brian todavía conservaba la suficiente lucidez para notar que varios de sus compañeros ya hablaban más fuerte de lo normal.

Ahí fue cuando de jugar beer pong, pasaron a verdad o reto.

Las sillas terminaron formando un círculo improvisado sobre el pasto.

Los veteranos permanecieron donde estaban, observándolos con esa mezcla de diversión y resignación que solo da la experiencia.

—Ya los quiero ver dentro de media hora —rió Memo Ochoa desde el sillón.

—Van a acabar llorando —añadió Raúl Jiménez antes de darle otro trago a su cerveza.

—O besándose —remató Orbelín con una sonrisa burlona.

Las carcajadas no se hicieron esperar.

—Ya, ya, váyanse a dormir, abuelos —respondió Huerta, haciendo un ademán con la mano.

—Nomás no me vomiten el jardín —advirtió Israel desde la parrilla.

—¡Eso va para ti, Alexis! —gritó Piojo Alvarado.

—¡Chinga tu madre, Piojo! —contestó Alexis entre risas.

Mateo dejó caer una silla junto a Armando.

—Si haces el ridículo, voy a grabarlo.

—Si hago el ridículo, tú también.

—Trato.

Brian terminó sentándose justo frente a ellos, todavía con una cerveza en la mano.

—¿Quién empieza? —preguntó Gil Mora.

Huerta tomó una botella vacía y la colocó en el centro.

—Las reglas son fáciles. Verdad o reto. Nada de rajarse.

—Eso dicen todos hasta que empiezan con sus mamadas —murmuró Romo.

Huerta hizo girar la botella. Esta dio un par de vueltas antes de detenerse.

La punta señaló directamente a Alexis y las burlas comenzaron de inmediato.

—¡Verdad o reto! —gritaron varios al mismo tiempo.

Alexis sonrió como si hubiera estado esperando ese momento.

—Reto.

—Ya valiste —rió Mateo.

Huerta fingió pensar unos segundos.

—Sube una historia diciendo que Rangel cocina mejor que cualquier restaurante de Guadalajara.

—No seas mamón.

—Las reglas son las reglas.

Entre reclamos y carcajadas, Alexis terminó grabando el video mientras Raúl levantaba los brazos como si acabara de ganar un premio Michelin.

El siguiente fue Gil Mora. Eligió verdad.

—¿Quién fue tu primer crush famoso?

—¡No vale mentir!

Las respuestas provocaron más risas que vergüenza.

Después vino Piojo Alvarado a quien le tocó imitar durante cinco minutos la forma de hablar de Javier Aguirre.

Ni siquiera logró terminar la primera frase antes de que todos estuvieran doblados de la risa.

Poco a poco, el ambiente fue relajándose todavía más.

Las respuestas se volvieron más honestas y los retos, un poco más absurdos.

Porque gracias al alcohol, estaban seguros de que absolutamente todas sus ideas eran brillantes y ese fue el momento exacto en que dejaron de medir las consecuencias.

La botella volvió a girar.

Dio una vuelta completa antes de perder velocidad poco a poco.

Hasta detenerse frente a Brian.

—¡Brian! —gritó Huerta.

Escuchar su nombre lo sacó de los pensamientos en los que llevaba perdido un buen rato. Levantó la vista y se encontró con media rueda observándolo con sonrisas sospechosas.

—¿Verdad o reto?

—Verdad —respondió sin pensarlo dos veces.

La Hormiga soltó una risa.

—Qué aburrido.

—No pienso darles material para que se burlen de mí un mes entero.

—Cobarde —murmuró Alexis.

Huerta chasqueó los dedos.

—Ya sé.

Sonrió con esa expresión que nunca anunciaba nada bueno.

—¿Hace cuánto fue la última vez que besaste a alguien?

El círculo entero hizo un sonoro:

—¡Uuuuuuh!

Brian resopló.

—¿Neta esa es la pregunta?

—Contesta.

Brian se rascó la nuca, pensando unos segundos.

—…Hace rato.

—¿Hace rato cuánto es “hace rato”? —preguntó Mateo.

—Meses.

—¡Este güey está oxidado! —se burló Piojo.

Las carcajadas estallaron alrededor del círculo.

Brian simplemente levantó su cerveza y les hizo una seña obscena con la mano antes de darle un trago.

—No mamen, estuvimos encerrados en la concentración más de un mes cabrones, ¿cómo esperan que ligue?

—¿Y antes de la concentración qué? —preguntó Alexis de inmediato.

—¡Déjalo, ya se exhibió solito! —rió Huerta.

—No, espérate… eso significa que lleva todavía más tiempo, ¿no? —añadió Mateo, llevándose una mano al pecho como si acabara de descubrir un secreto de Estado.

—Pobrecito —dijo la Hormiga con una sonrisa burlona—. Ya hasta se le olvidó cómo se hace.

—Chinguen a su madre todos.

La botella volvió a girar.

Esta vez tardó un poco más en detenerse.

Hasta que la punta señaló directamente a Armando.

—¡Esa, Hormiga! —gritó Huerta, dando una palmada sobre la mesa.

—Ahora sí te tocó.

Armando levantó la vista apenas, todavía con una sonrisa relajada por el alcohol.

—Verdad o reto.

Antes de que pudiera responder, Brian habló desde el otro lado del círculo.

—Ahora sí pide reto. No seas aburrido.

—¿Yo aburrido? —Armando arqueó una ceja.

—Hace rato te estabas burlando de mí.

—Porque escogiste verdad.

—Pues ahora te toca demostrar que sí aguantas.

Varias voces empezaron a sumarse.

—¡Reto, reto, reto!

Mateo soltó una carcajada.

—Si te rajas, te voy a recordar esto toda la vida.

Armando rodó los ojos, aunque la sonrisa seguía ahí.

—Está bien…

Hizo una pausa dramática, solo para hacerlos esperar.

—Reto.

El círculo entero estalló en gritos.

—¡Eso!

—¡Así se habla!

Huerta juntó las manos y miró alrededor como si estuviera escogiendo el castigo perfecto.

—A ver…

—No se pasen de lanza —advirtió Brian entre risas.

—Uy, ya hasta lo anda defendiendo —se burló Alexis.

—No, nomás digo…

—Déjanos pensar.

Hubo unos segundos de silencio.

Piojo empezó a decir algo, pero Huerta levantó un dedo.

—Ya sé.

La sonrisa que se le dibujó en la cara hizo que varios soltaran un “no mames” incluso antes de escuchar el reto.

Huerta miró a Armando. Después a Brian.

—Besa a Gutiérrez.

Nadie habló.

Ni siquiera los que estaban viendo desde la parrilla.

El silencio duró apenas un segundo.

Pero fue suficiente para que los dos dejaran de sonreír al mismo tiempo.

—Besa a Brian.

El silencio se instaló alrededor del círculo.

Un par de compañeros intercambiaron miradas, esperando que Huerta soltara la carcajada y rematara con un:

“Es broma.”

No pasó.

Huerta seguía con la misma sonrisa de quien acababa de tener la mejor idea de la noche.

Brian soltó una risa nerviosa.

—No mames…

Armando también rio, incrédulo.

—Ya, dilo.

—¿Qué?

—Que es broma.

Huerta negó lentamente con la cabeza.

—¿Qué? ¿O a poco no pueden?

Las risas estallaron de inmediato.

—¡Eso, Huerta!

—¡Reto es reto!

—¡No se me rajen!

—¡Si nomás es un beso!

Mateo se dobló de la risa.

—Andabas muy valiente hace dos minutos.

Brian levantó ambas manos.

—No, espérense…

—¿Qué pasó? —se burló Alexis—. ¿Hace rato no muy gallito?

—Tú fuiste el que le dijo que pidiera reto —remató Piojo, señalándolo con el dedo.

Brian abrió la boca para defenderse… pero no encontró un solo argumento. Soltó un suspiro largo y se pasó una mano por la cara.

—Va… ya.

Las burlas cesaron de golpe.

Todos parecían demasiado atentos para un reto que, en teoría, no significaba absolutamente nada.

Brian miró a Armando.

—Nomás un piquito y ya, ¿no?

Armando soltó una risa nerviosa.

—Pues… sí.

—¿Listos? —preguntó Huerta, conteniendo la risa.

—Cállate.

Las sillas rechinaron contra el pasto cuando ambos se inclinaron apenas hacia el centro del círculo.

Brian pensó que sería fácil.

Solo roce de labios todos se reirían y fin del asunto.

Pero cuando sus labios finalmente se encontraron… ninguno de los dos se movió.

El tiempo pareció detenerse. Fue apenas un contacto suave, cálido. Y, sin saber por qué, ninguno de los dos se apartó de inmediato.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—¡Ya, cabrones! —gritó Alexis entre carcajadas.

Los dos reaccionaron al mismo tiempo.

Se separaron de golpe, casi tropezando con sus propias sillas.

El jardín entero estalló en silbidos, aplausos y gritos.

—¡No mames!

—¡Eso ya no fue un piquito!

Brian sentía que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza ridícula.

Buscó cualquier cosa en la que fijar la vista. Lo que fuera menos los ojos de Armando.

Porque tenía la incómoda sospecha de que, si lo miraba… iba a descubrir que los dos estaban pensando exactamente lo mismo.

—¡Ya, ya! ¡El siguiente! —rió Huerta, todavía con lágrimas en los ojos de tanto reír.

La botella volvió a girar pero Brian ya no escuchaba.

Las voces comenzaron a mezclarse en un murmullo incomprensible. El corazón seguía golpeándole el pecho con una fuerza absurda.

Necesitaba salir de ahí.

—Voy por otra cerveza —murmuró, levantándose de la silla sin esperar respuesta.

Nadie le prestó demasiada atención.

Bueno…

Nadie, excepto Armando.

Lo vio alejarse entre las risas y los gritos, desaparecer por el pasillo que llevaba hacia la cocina.

Intentó volver a concentrarse en el juego.

No pudo.

Huerta acababa de ponerle un reto a Morita. Alexis discutía con Santi sobre si contaba o no como trampa. Mateo le dio un codazo mientras seguía muerto de risa.

—¿Qué traes? Te me apagaste.

Armando parpadeó.

—Nada.

—¿Seguro?

—Sí… ya vengo.

—¿A dónde?

Armando levantó la botella casi vacía.

—Por otra.

Mateo ni siquiera sospechó la mentira.

Solo hizo un gesto con la mano para que se apurara antes de que volviera a tocarle.

Armando caminó despacio hacia la cocina.

No tenía la menor idea de por qué iba detrás de Brian.

Cuando cruzó la puerta corrediza, lo encontró recargado sobre la barra de la cocina.

Tenía una cerveza cerrada entre las manos que ni siquiera había intentado destapar

Brian levantó la vista al escuchar los pasos.
Sus miradas se encontraron por primera vez desde el beso.

Ninguno habló.

Brian fue el primero en bajar la mirada.

Armando tragó saliva.

—Perdón… —dijeron los dos al mismo tiempo.

Los dos levantaron la cabeza, sorprendidos.

—¿Perdón por qué? —preguntó Brian, frunciendo ligeramente el ceño.

Armando soltó una risa nerviosa, pasándose la mano por la nuca.

—No sé… —admitió al fin—. Supongo que por… todo.

Brian lo miró unos segundos más, como intentando descifrar si aquello era una broma o si realmente estaba igual de perdido que él.

—Sí… —murmuró—. Yo también.

El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez no era tan pesado. Era incómodo, sí, pero también había algo distinto… algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.

Brian giró la botella entre sus manos, todavía sin abrirla.

—Fue… raro —dijo finalmente.

Armando soltó una pequeña risa.

—¿Raro?

—Bueno… —Brian alzó una ceja—. ¿No lo fue?

Armando dudó un segundo.

—Sí… —admitió—. Pero no en el mal sentido.

Brian levantó la mirada de golpe.

—¿Ah, no?

Armando sintió cómo el corazón le daba un salto.

—O sea… —se apresuró a corregir—. No digo que haya sido… —hizo un gesto vago con la mano—. Solo que… no fue tan terrible como pensé que sería.

Brian lo observó en silencio.

Luego, sin poder evitarlo, sonrió apenas.

—Qué alivio —dijo con un tono que no dejaba claro si estaba bromeando o no.

Armando también sonrió, aunque más nervioso.

—¿Y tú?

Brian bajó la mirada otra vez, esta vez más despacio.

—No sé… —respondió—. Creo que tampoco fue terrible.

Hubo una pausa.

—De hecho… —añadió, casi en un susurro—. Creo que estuvo… bien.

Armando sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

—¿Bien?

Brian asintió, sin mirarlo.

—Sí.

El silencio volvió, pero ahora era distinto. Más denso. Más cargado.

Desde afuera llegó un grito.

—¡Armando! ¡Te toca, cabrón!

Los dos se sobresaltaron ligeramente.

Brian soltó una pequeña risa.

—Creo que te están buscando.

Armando no se movió.

—Sí…

—¿Vas a volver?

Armando dudó.

Miró hacia la puerta, luego de nuevo a Brian.

—No sé…

Brian apretó la botella entre sus manos.

—Yo tampoco tengo muchas ganas de regresar.

Se miraron otra vez.

—…Fue el alcohol, ¿no? —preguntó Armando, más para convencerse a sí mismo que a Brian, intentando aferrarse a una explicación que le devolviera el control.

Brian no respondió.

Simplemente dio un paso hacia él, y ese pequeño movimiento hizo que el espacio entre ellos se volviera insoportablemente evidente.

Armando sintió que el corazón volvía a acelerarse, golpeándole contra las costillas con una fuerza que no podía ignorar.

—Brian…

—Solo…

Él tampoco supo terminar la frase. Solo quería comprobar algo o quitarse la duda.

Ni él mismo lo sabía, y esa incertidumbre le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica.

Levantó una mano con cautela, como dándole a Armando la oportunidad de echarse para atrás, aunque en el fondo temía que lo hiciera.

No lo hizo.

Fue Armando quien terminó de cerrar la distancia, casi sin darse cuenta de cuándo había decidido hacerlo, guiado más por una necesidad visceral que por un pensamiento claro.

El segundo beso fue completamente distinto al primero.

No había gritos.

No había retos.

No había veinte compañeros esperando el espectáculo.

Solo el ruido lejano de la fiesta y dos respiraciones contenidas que se mezclaban en el espacio mínimo entre ellos.

El contacto fue breve, pero más consciente: el calor de los labios, la ligera presión, el instante en que ambos dudaron si profundizar o apartarse. Armando sintió un nudo en el estómago que se tensó aún más cuando Brian no se retiró de inmediato. Brian, por su parte, notó cómo el pulso le subía hasta los oídos, cómo cada segundo se estiraba demasiado, volviéndose imposible de ignorar.

Duró apenas un instante pero dejó una sensación más persistente, como un eco que no terminaba de apagarse.

Cuando se separaron, los dos se quedaron inmóviles, demasiado conscientes de la cercanía, del calor que aún compartían.

Brian soltó una risa completamente incrédula, aunque le salió más baja de lo normal, como si no quisiera romper del todo ese momento.

—…Creo que eso no ayudó en nada.

Armando negó despacio, todavía demasiado cerca de él, sintiendo cómo le costaba recuperar un ritmo normal de respiración.

—No.

Hizo una pausa, tragando saliva otra vez, intentando ordenar lo que sentía sin lograrlo.

—Lo empeoró.

Brian soltó una risa nerviosa.

—Sí…

El silencio volvió a instalarse entre los dos.

Esta vez ninguno hizo el intento de romperlo.

Armando respiró hondo.

El corazón seguía latiéndole demasiado rápido.

Las manos le temblaban apenas.

Y lo peor de todo… era que no estaba arrepentido.

Ese era el problema porque le había gustado. Le había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Yo… —murmuró, retrocediendo un paso.

Brian levantó la vista.

—¿Estás bien?

Armando asintió por puro reflejo.

Mentía.

—Sí.

Otro silencio.

—Creo que… ya me voy.

Brian frunció el ceño.

—¿Ya?

—Sí… mañana tengo que levantarme temprano.

Era una excusa pésima.

Los dos lo sabían.

Pero Brian no insistió.

Solo asintió despacio.

—Ah… sí.

Armando le sostuvo la mirada un segundo más.

Quiso decir algo pero no salió ninguna palabra. Simplemente dio media vuelta y salió de la cocina.

Brian tardó unos segundos en reaccionar.

Cuando salió detrás de él, Armando ya estaba despidiéndose de todos.

—¿Tan temprano? —preguntó Israel.

—Sí, ya me pegó el sueño.

—¡No seas abuelo! —gritó Huerta.

—Ya estuvo por hoy —respondió Armando con una sonrisa que no terminaba de convencer ni a él mismo.

Mateo lo miró extrañado.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí.

Mintió otra vez.

Recibió un par de abrazos, levantó la mano para despedirse del resto y salió por la puerta principal.

No volteó.

No podía.

***

Ahora…

Brian dejó escapar un suspiro y volvió a girar la cabeza hacia el buró. El reloj seguía avanzando; él no.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a la cocina, al sonido de la botella golpeando la barra, al silencio, al segundo beso y a la forma en que Armando prácticamente había salido huyendo de la casa pocos minutos después.

Giró sobre la cama por enésima vez.

Brian dejó escapar una risa cansada. Tal vez sí había sido el alcohol, tal vez al día siguiente los dos despertarían avergonzados y decidirían fingir que nunca había pasado; era lo más lógico, lo más sencillo, lo más sensato.

Mañana tenía que levantarse temprano para tomar el vuelo de regreso a Guadalajara, y lo último que necesitaba era desvelarse por culpa de un compañero de equipo, uno al que, hasta esa noche, jamás había visto de otra manera.

Dormirse parecía una misión imposible, y tenía el presentimiento de que reencontrarse con Armando en Verde Valle iba a ser todavía peor.

*** 

Verde Valle olía exactamente igual que siempre.

Y ese silencio previo a la llegada del equipo.

Brian cruzó el estacionamiento con la mochila al hombro, convencido de que llegar temprano era una buena idea. El aire fresco le rozaba la cara, pero no lograba despejarle la sensación pesada que llevaba en el pecho desde hacía días.

Empujó la puerta de las instalaciones y apenas dio un par de pasos cuando lo vio.

Armando.

El nombre le golpeó la mente antes incluso de procesar la imagen completa. Sintió cómo el estómago se le contraía de golpe, como si hubiera bajado de una montaña rusa sin previo aviso.

Estaba sentado en una de las bancas del pasillo, inclinado sobre el celular. Vestía la ropa de entrenamiento de Chivas y tenía una botella de agua entre las piernas.

Como si nada hubiera pasado.

Como si dos días antes no hubieran compartido dos besos que ninguno de los dos sabía explicar.

Brian se quedó inmóvil apenas un segundo, cargado de recuerdos demasiado recientes: el calor de la piel de Armando, la cercanía, la confusión que todavía no lograba acomodar en ningún lugar lógico.

Justo el suficiente para que Armando levantara la vista.

Sus ojos se encontraron.

Y en ese instante, Brian sintió un pequeño choque eléctrico recorrerle el cuerpo. Le sudaron las palmas. El corazón empezó a latirle más rápido.

El saludo que tantas veces había salido por costumbre se quedó atorado en la garganta de ambos.

—…

—…

Brian abrió la boca, pero no salió nada. Tenía mil cosas que decir y ninguna que pareciera correcta.

Armando fue el primero en reaccionar.

—¿Qué onda?

Brian sintió cómo su propia voz tenía que abrirse paso entre la tensión.

—¿Qué onda? —respondió, intentando que sonara igual de despreocupada.

No lo consiguió. Lo notó en el ligero quiebre, en lo forzado del tono. Y supo que Armando también lo había notado.

Brian señaló el garrafón de agua al fondo del pasillo, más por necesidad de hacer algo con el cuerpo que por verdadera intención.

—Voy por agua.

En cuanto lo dijo, sintió una punzada de vergüenza.

—Ah… sí.

Brian dio media vuelta y caminó en dirección contraria, sintiéndose ridículo apenas tres pasos después.

“¿Voy por agua?”

En serio.

De todas las cosas que podía haber dicho…

Sintió calor en la cara, una mezcla de nervios y frustración consigo mismo. Se pasó la lengua por los labios, secos, intentando recuperar algo de control.

Escuchó una risa baja detrás de él.

Volteó apenas lo suficiente para ver a Armando negando con la cabeza, claramente avergonzado de sí mismo.

Y algo en esa imagen —esa misma incomodidad reflejada, esa torpeza compartida— aflojó un poco la presión en el pecho de Brian.

Por primera vez desde la carne asada…Brian sonrió.

No era una sonrisa amplia, pero sí genuina. Sintió cómo la tensión se desplazaba, transformándose en algo distinto, menos asfixiante.

***

El entrenamiento terminó exactamente igual que cualquier otro.

Hubo reclamos por un par de entradas demasiado fuertes, risas durante los ejercicios de definición y una discusión completamente innecesaria sobre quién había hecho trampa en el rondo. Luis Romo

Brian participó en todo, se rió y contestó un par de bromas.

Incluso hizo como que se molestaba cuando Piojo le escondió una espinillera.

Por fuera, cualquiera habría jurado que todo había vuelto a la normalidad.

Por dentro era otra historia.

Cada vez que levantaba la vista durante el entrenamiento terminaba encontrándose con Armando, apenas un segundo, lo suficiente para confirmar que el otro también desviaba la mirada demasiado rápido.

Era ridículo.

Compartían vestidor, entrenaban juntos prácticamente todos los días y, de pronto, decir un simple “pásamela” parecía requerir un esfuerzo sobrehumano.

Cuando el cuerpo técnico dio por terminada la práctica, el grupo comenzó a dispersarse. Algunos fueron directo a las regaderas, otros se quedaron unos minutos más en la cancha y varios empezaron a organizar quién iba a comer con quién antes de regresar a casa.

***

Armando fue de los primeros en terminar de cambiarse. Guardó la ropa de entrenamiento en la mochila, se echó la toalla al hombro y salió del vestidor con la intención firme de irse directo a casa: subirse al coche, llegar a su departamento, dormir una siesta y dejar, de una buena vez, de darle vueltas a algo que había pasado hacía dos días.

Repasó el plan mientras atravesaba el pasillo, y funcionó… hasta que pasó frente a la salida. Sus pasos se hicieron más lentos. Podía irse; nada lo obligaba a quedarse. Entonces, ¿por qué seguía ahí?

Resopló con fastidio, más consigo mismo que con cualquier otra cosa. Apoyó la mochila sobre la jardinera y se dejó caer con un suspiro.

—Cinco minutos… —murmuró para sí—. Solo cinco.

Sacó el celular por pura inercia, abrió una conversación, la cerró, entró a redes sociales y deslizó el dedo por la pantalla sin registrar una sola publicación. Bloqueó el teléfono y lo volvió a desbloquear treinta segundos después. Negó con la cabeza. Era ridículo.

Llevaba dos días intentando recuperar el control de una situación que se había salido de sus manos desde el momento en que aceptó aquel reto. No, desde el momento en que decidió volver a besarlo en la cocina, porque el primero podía explicarlo: el alcohol, la presión del grupo, las burlas. El segundo… el segundo había sido completamente decisión suya, y ese era el verdadero problema.

No le preocupaba haber besado a Brian; le preocupaba no haber querido detenerse. Cerró los ojos un instante. Durante el vuelo de regreso se había prometido que, en cuanto volvieran a entrenar, todo regresaría a la normalidad: lo saludaría como siempre, harían bromas como siempre, entrenarían como siempre y, con un poco de suerte, aquello terminaría convirtiéndose en una anécdota vergonzosa de la que jamás volverían a hablar.

No había funcionado. Cada vez que Brian aparecía en su campo de visión, el recuerdo volvía con una claridad absurda, y cada vez que sus miradas se cruzaban, sentía la misma incomodidad… y la misma necesidad de acercarse.

Soltó una risa baja, incrédula.

Le bastaba con levantarse y caminar diez metros hasta el coche. Era así de sencillo. Sin embargo, seguía sentado, como si una parte de él estuviera esperando algo… o, peor todavía, a alguien.

***

Brian tardó más de la cuenta en salir.

Guardó sus cosas despacio, como si acomodar una playera por tercera vez fuera realmente importante.

Cuando finalmente cruzó la puerta de las instalaciones rumbo al estacionamiento, lo vio.

Armando estaba sentado sobre la jardinera que bordeaba el pasillo principal.

Tenía el celular entre las manos, pero la pantalla llevaba varios minutos apagada.

No estaba haciendo nada, solo estaba ahí.

Brian disminuyó el paso, sintiendo cómo el concreto aún guardaba el calor del día bajo sus suelas.

Podía seguir caminando, subirse al coche e irse para olvidarse de todo.

En cambio, terminó deteniéndose frente a él.

—¿Qué haces?

Armando levantó la vista.

—Nada.

La respuesta los hizo reír a los dos casi al mismo tiempo.

Brian negó con la cabeza.

—Sigues siendo malísimo para mentir.

—Tú también.

El silencio volvió, pero esta vez era más extraño que incómodo, como si ambos esperaran que el otro dijera lo que ninguno se atrevía.

Brian dejó caer la mochila al suelo; el golpe sordo resonó en el espacio casi vacío.

—He estado pensando mucho.

Armando soltó una risa corta.

—No eres el único.

Brian respiró hondo, sintiendo el aire tibio llenar sus pulmones.

—No creo que haya sido el alcohol.

Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.

Armando bajó la vista hacia sus propias manos.

Durante dos días completos se había repetido que sí.

Que solo había sido el tequila y cualquiera podía confundirse en una situación así.

Pero seguía recordando el segundo beso con una claridad desesperante. Seguía preguntándose cómo era posible extrañar algo que solo había ocurrido una vez.

Respiró profundamente antes de levantar la cabeza.

—Yo tampoco.

Brian sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones.

No esperaba esa respuesta. O quizá sí.

Dio un paso al frente.

Lo hizo despacio, dejando espacio suficiente para que Armando retrocediera si quería.

No lo hizo.

Brian levantó una mano con cierta inseguridad y rozó apenas la muñeca de Armando; su piel estaba tibia, ligeramente húmeda por el calor, y el contacto le recorrió el brazo como una descarga suave.

Armando entrelazó los dedos con los suyos, apretando apenas, como si necesitara confirmar que era real.

Fue un gesto pequeño, pero bastó para borrar la última duda que les quedaba.

Brian sonrió apenas.

—Seguimos siendo unos idiotas.

—Muchísimo.

La distancia entre los dos desapareció por pura inercia. Brian pudo sentir el calor del cuerpo de Armando antes incluso de que sus labios se encontraran, el roce leve de su camiseta contra la suya, el sonido lejano de un coche pasando por la calle y el murmullo del viento colándose entre ellos.

Cuando finalmente se besaron, el contacto fue suave pero firme, los labios de Armando cálidos y ligeramente secos al principio, ajustándose con cuidado, como si ambos midieran cada movimiento. Brian percibió el leve sabor salado del sudor mezclado con algo más familiar, algo que ya reconocía, mientras sus manos se tensaban apenas entrelazadas. El mundo alrededor pareció comprimirse en ese punto exacto: el latido acelerado en sus oídos, el roce de sus respiraciones entrecortadas, el sonido casi imperceptible de sus labios encontrándose una y otra vez.

Esta vez no hubo nervios ni necesidad de comprobar nada.

Solo dos compañeros de equipo que, en un acto de completa irresponsabilidad emocional, decidieron besarse otra vez.

Fue un beso lento.

Consciente.

Cuando se separaron, ninguno dio un paso atrás.

Brian apoyó la frente contra la de Armando; el contacto fue firme, cálido, y por un segundo todo el ruido alrededor pareció apagarse.

Soltó una risa baja.

—Creo que ya valimos.

Armando cerró los ojos un instante.

La lógica le decía que aquello era una pésima idea.

Que compartían vestidor.

Que entrenaban juntos todos los días.

Que aquello solo podía complicarles la vida.

Su corazón, sin embargo, parecía tener una opinión completamente distinta.

—Sí… —murmuró, sin dejar de sonreír—. Ya valimos.