Chapter Text
----Draco—-
Ministerio de Magia, 2004
Maldita sea, llegaba tarde. Otra vez. Comencé a correr por el interminable y laberíntico lugar que era el Ministerio de Magia, esquivando a brujas y magos que parecían disfrutar obstruyendo mi camino. ¿Era necesario caminar tan lento? Trataba de alcanzar el maldito elevador, pero entonces una bruja con aire despistado y un caldero en la mano decidió volcar su contenido viscoso y morado directamente sobre mí.
—¡Oh, lo siento, jovencito! —exclamó con una voz chillona.
Le dediqué una mirada que podría haber marchitado un rosal y resoplé con desprecio. No tenía tiempo para esto. Seguí corriendo, con el pegajoso líquido goteando de mi túnica y un sudor molesto comenzando a correr por mi cuello. Asqueroso.
El elevador estaba a la vista, pero justo cuando creí que la suerte me sonreía, las puertas comenzaron a cerrarse.
—¡No, mierda! —gruñí, acelerando el paso.
Y entonces, como si los dioses decidieran burlarse de mí, una mano inconfundiblemente desaliñada detuvo la puerta en el último segundo. Potter. Por supuesto, tenía que ser él.
—¿Apurado, Draco? —preguntó con esa estúpida sonrisa en su cara, recorriéndome de arriba a abajo con una mirada llena de burla. El muy cabrón ni siquiera se molestó en disimularlo.
—Cállate, cara rajada —espeté, intentando recuperar el aliento y, de paso, mi dignidad. Caminé con la frente en alto hacia el elevador, fingiendo que no notaba las miradas de los demás magos.
El espacio estaba tan lleno que apenas podía moverme. Para mi horror, Potter siguió mirándome como si hubiera algo entretenido en mi desaliñado estado.
—Tienes una pequeña mancha ahí —dijo, señalando con su dedo ridículamente grande hacia mi túnica.
—No me apuntes con tu sucio dedo de salchicha —le espeté, sacando mi varita para lanzar un encantamiento de limpieza. Aunque el líquido desapareció, sentí que mi orgullo seguía goteando.
Potter soltó una carcajada. .
—Demasiadas películas para ti, Malfoy —comentó, extendiéndome un vaso de café como si eso compensara su descaro.
Lo acepté, más porque necesitaba la cafeína que por gratitud. Le di un sorbo y maldije internamente cuando el líquido me quemó la garganta. Aun así, valió la pena.
—En mi defensa, fue una gran película —dije finalmente, saliendo del elevador y entrando al Departamento de Misterios.
Harry asintió, aún riendo. Esa maldita risa. Me recordaría burlarme de su peinado más tarde... si es que lograba superar la humillación de este día.
Caminamos apresuradamente hasta la sala del tiempo, donde nuestro jefe, un hombre pequeño y redondo, nos esperaba con una expresión que parecía entre rabia y desesperación. Su rostro estaba rojo como un tomate, y sus ojos parecían a punto de saltar de las órbitas.
—¡Oh, gracias por honrarnos con su presencia después de los putos treinta minutos que nos hicieron esperar! —vociferó, su tono lleno de sarcasmo—. Ahora muevan sus traseros y empiecen, inútiles.
Harry, que nunca sabía cuándo callarse, se inclinó hacia mí y susurró al oído:
—Para ser alguien de su tamaño, sí que tiene mucho odio acumulado.
—¡Potter! —gritó nuestro jefe, tan alto como se lo permitía su pequeño cuerpo. Potter me agarró del codo y me empujó hacia la entrada antes de que el hombre explotara.
—Creo que te escuchó —le dije burlón mientras caminábamos hacia la Sala del Tiempo, disfrutando de su incomodidad.
—¿Tú crees? —respondió, rodando los ojos, aunque una ligera sonrisa tiraba de las comisuras de sus labios.
Finalmente, llegamos a la Sala del Tiempo, un lugar que siempre lograba impresionarme, aunque me negara a admitirlo. Era un espacio amplio, con paredes decoradas por intrincadas runas que brillaban en un suave dorado. El techo, abovedado y altísimo, estaba cubierto de relojes suspendidos que giraban a diferentes velocidades. Algunos se movían hacia adelante, mientras que otros retrocedían o permanecían congelados, como si el flujo del tiempo estuviera contenido y manipulado en ese lugar. En el centro de la sala, una esfera de cristal flotaba, pulsando con un resplandor azul.
—Al fin terminaremos con esto hoy. —Harry rompió el silencio, colocando las herramientas mágicas que necesitábamos—. ¿Quién hubiera dicho que sería tan complicado eliminar la puta magia residual de los giratiempos? Solo esta habitación más, y habremos acabado.
Nos colocamos en nuestras posiciones, comenzando a dibujar las runas necesarias para el trabajo.
—Draco, si pudieras regresar en el tiempo, ¿cambiarías algo?
Me quedé quieto, reflexionando. Cambiar algo... ¿qué habría cambiado? Finalmente, levanté la vista y respondí.
—Aunque no lo creas, creo que no.
Harry me miró como si acabara de decirle que los elfos domésticos debían ser ministros de magia.
—¿Qué? Es verdad. Bueno, tal vez me habría dirigido al hipogrifo con más cuidado. —Toqué mi brazo, recordando la cicatriz que aún tenía—. Esa marca no es precisamente bonita. Además, dejando fuera el sexto año, mi estancia en el colegio fue bastante agradable. Sobre todo porque disfrutaba joderte la existencia.
Harry bufó, pero no interrumpió, así que seguí.
—Y aunque estuvimos en bandos diferentes, Voldemort tenía sus puntos buenos. Simplemente enloqueció al final. Y bueno, el resultado es este. —Hice un gesto amplio, señalando la sala a nuestro alrededor.
Me miró con el ceño fruncido, esperando más explicaciones.
—Vamos, Potty, piénsalo. El Ministerio es un maldito nido de ratas corruptas. Si no, ¿cómo te explicas que mi padre saliera limpio después de todo lo que hizo? Y nosotros, los privilegiados, seguimos aquí. Voldemort estaba loco, sí, pero al principio... tenía una idea clara: limpiar este desastre. Lástima que su cordura se perdió cuando destruiste los Horrocrux.
—¿Tienes que estar bromeando? Era un maldito genocida —dijo, apretando los dientes.
—No vamos a empezar esta discusión de nuevo. Tú tienes asuntos personales, claro. Mató a tus padres, quería acabar con tus amigos. Lo entiendo. Pero, si alguien llega y te dice que está destinado a destruirte, ¿no harías lo posible por terminar con él primero? Él buscaba un cambio real. Míranos ahora: la Gran Bretaña mágica está en decadencia. Tú mismo lo dijiste. Por eso dejaste a los Aurores y prefiriste convertirte en un Inefable, para no ensuciarte las manos o ¿Me equivoco?
Harry frunció el ceño, pero no respondió. Aproveché el momento para apretar más la daga.
—Solo mira a Granger. Lucha incansablemente por los derechos de los elfos y los hombres lobo, pero no termina de entender que los elfos nos necesitan para sobrevivir. Es parte de su naturaleza mágica. —Hice una pausa, lanzándole una mirada significativa—. Y los hombres lobo... bueno, la mayoría son peligrosos. Su sangre está contaminada, es un hecho. Pero ahí está ella, cegada por su obsesión con la equidad y la justicia, incapaz de ver el panorama general.
—¡Amenazó a tu madre si no matabas al director! —dijo, visiblemente irritado.
—Dumbledore era un viejo senil y manipulador. —Dibujé una runa en el suelo mientras hablaba, asegurándome de que el trazo fuera perfecto—. La única razón por la que no lo intenté seriamente fue porque sabía que, si perdíamos, no habría salvación para mí. Instinto de supervivencia, Potty. Te lo recomiendo.
Terminé de dibujar la última runa y lo miré, disfrutando de la forma en que apretaba los dientes. Siempre era tan fácil irritarlo.
—Aunque, para que estés más conforme, evitaría la muerte de mi padrino. Solo eso.
—Entonces, si tanto querías que Voldemort ganara, ¿por qué no me entregaste ese día? —preguntó, su voz tensa.
Rodé los ojos, cansado de repetir la misma historia.
—¿De verdad seguiremos con la misma discusión después de tantos años? Ya te lo dije. Se estaba desquiciando. Ya no estaba cuerdo. Además, eras mi compañero, Harry. No te quería muerto. Te conozco desde que éramos niños.
—¿Entonces si hubiera estado cuerdo, me hubieras entregado? —Su voz teñida de algo más que irritación. Dolor, quizás.
Suspiré, deteniéndome un momento antes de responder. No podía evitar la punzada de incomodidad que me provocaba esa mirada.
—Harry, si el Señor Oscuro hubiera estado cuerdo, probablemente habría llegado a un entendimiento contigo. No habría querido matarte; te habría usado para sus planes como hacía con todos. Pero cálmate, todo eso ya pasó. Nosotros estamos "bien". —Hice un gesto con las manos, tratando de restar importancia al tema—. ¿Tú cambiarías algo?
Se quedó callado, el silencio entre nosotros volviéndose pesado. Finalmente, vi cómo su rostro empezaba a enrojecer.
—Sí. Muchas cosas, de hecho. —Su voz sonó tensa, pero luego dejó escapar un suspiro —. Pero supongo que lo que dices es verdad. Ahora estamos bien. Tengo una familia con Andrómeda y Teddy, y pude... pude conocer la verdadera cara de Ginny.
Lo volteé a ver con una sonrisa burlona, sin poder resistirme.
—Sí, carajo, ya sé. Me lo advertiste mucho antes de que pasara. —Hizo una pausa, mirándome con frustración—. Que era una zorra cazafortunas. Te encanta recordármelo.
—No lo hago por diversión... bueno, tal vez un poco. —Saqué un chocolate de mi bolsillo y se lo ofrecí—. Toma, ya no te deprimas. Es un buen chocolate, no como las porquerías que compras en Honeydukes.
Tomó el chocolate y lo examinó, aparentemente distraído. Luego levantó la vista, su expresión cambiando a algo... nervioso. No era común verlo así.
—Draco, ¿te puedo invitar a cenar? Tengo algo que decirte.
Fruncí el ceño, notando el temblor en su voz.
—¿Qué hiciste ahora? —pregunté, sintiendo mi ojo temblar involuntariamente.
—¿Qué? ¡No hice nada! Solo... solo... —Vaciló, apretando los labios con frustración antes de soltar un suspiro exasperado—. Te lo diré en la cena, ¿está bien?
—Está bien, está bien. —Le pasé otro chocolate, rodando los ojos—. Pero necesitas relajarte. Te saldrán arrugas. Ahora ven, terminemos con esto de una vez.
Nos posicionamos en nuestras respectivas runas, cada uno en extremos opuestos de la sala. El aire en la habitación parecía cargado. Comenzamos a realizar los hechizos de depuración, sincronizados en movimientos y palabras. Las runas empezaron a brillar intensamente, pulsando con una energía que hacía que el suelo vibrara bajo mis pies.
De repente, una de las runas emitió un sonido agudo, como el crujido de un vidrio al romperse. Antes de que pudiera reaccionar, las runas comenzaron a vibrar con una intensidad descontrolada. El aire se llenó de un zumbido ensordecedor y un destello cegador de luz inundó la sala.
—¡Draco, algo está mal! —gritó Harry, su voz apenas audible sobre el caos que se desató a nuestro alrededor.
La esfera en el centro de la sala explotó en un estallido de energía, lanzando fragmentos de cristal y un torbellino de magia residual que giraba sin control. Sentí cómo mi cuerpo se estremecía, como si una fuerza invisible me estuviera jalando desde adentro. Intenté moverme, pero era inútil. Mis pies parecían pegados al suelo mientras una sensación helada recorría mi espalda.
—¡Draco! —el grito de Harry resonó en mis oídos, pero ya era demasiado tarde.
El último destello de luz me envolvió por completo, y la sala desapareció ante mis ojos. Todo lo que pude escuchar antes de que el mundo se desvaneciera fue el tono desesperado de Harry gritando mi nombre
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Sentía que la maldita cabeza me iba a estallar. Todo mi cuerpo parecía estar sumido en un dolor sordo y molesto. Intenté abrir los ojos, pero la luz me golpeó como una maldición Cruciatus. Mi visión era borrosa, y el intenso dolor en mi cabeza empeoraba con cada segundo. Mientras trataba de orientarme, sentí que unos brazos fuertes me envolvían, apretándome con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—¡Hermano, al fin despiertas! —dijo una voz, llena de emoción y alivio. Su tono temblaba, como si estuviera al borde de las lágrimas—. Demonios, estaba tan preocupado...
El extraño me volvió a abrazar, y mi cuerpo reaccionó instintivamente para apartarlo. Mi mente estaba hecha un caos, pero logré enfocarme en él: era un joven que no debía tener más de diecisiete años. Su cabello rubio platinado era inconfundible, tan característico de los Malfoy, aunque él era más alto que yo y tenía unos ojos sorprendentemente azules, no grises. Algo en su porte y expresión me recordó mucho a mi abuelo, Abraxas... pero eso era imposible. Y entonces lo escuché llamarme algo que hizo que mi corazón diera un vuelco.
—Hermano.
¿Hermano? Lo empujé con más fuerza, apartándome de él. Mi cabeza daba vueltas y mi garganta se sentía seca, como si no hubiera bebido agua en días.
—¿Quién eres tú? —le pregunté, con una voz que ni siquiera reconocí como la mía. Sonaba más aguda, más... joven. La incomodidad me recorrió de pies a cabeza.
Su rostro cambió por completo. La felicidad desbordante desapareció y dio paso a algo oscuro y confuso. Su mirada se ensombreció, como si acabara de recibir una noticia devastadora. Pero lo que más me inquietó fue que, al escuchar mi propia voz, me di cuenta de que algo estaba terriblemente mal.
—¡Papá! —gritó el joven antes de que pudiera seguir interrogándolo.
En cuestión de segundos, un hombre apareció en la habitación, casi corriendo. Su rostro mostraba preocupación genuina, y parecía que no había dormido en semanas. Mi corazón se detuvo por un instante al observarlo: se parecía demasiado a mi padre, aunque con facciones más jóvenes y menos tensas.
En cuanto me vio, su expresión cambió a una mezcla de alivio y emoción. Sin decir una palabra, se acercó y me abrazó, igual que había hecho el joven.
—Meryn, estábamos tan preocupados por ti, hijo... —su voz temblaba ligeramente—. No iba a poder soportar perderte también a ti.
¿Meryn? ¿Hijo? ¿Qué demonios estaba pasando aquí? Me aparté con brusquedad, mis ojos recorriendo la habitación como si buscara una respuesta en las paredes. Todo era... familiar. Estaba en la Mansión Malfoy, eso era evidente, pero todo se veía más... anticuado. Los muebles, las cortinas, incluso el aire parecía más pesado. Algo estaba definitivamente mal.
—¿Quiénes son ustedes? —volví a preguntar, mi voz cargada de sospecha y temor. Me llevé las manos a la garganta; me dolía como el infierno hablar.
El hombre, que había mencionado algo sobre "no soportar perderme", extendió un vaso de agua hacia mí con cuidado. Lo tomé, aunque mis ojos no se apartaron de los suyos. Bebí un trago con dificultad, sintiendo cómo el líquido calmaba un poco la sequedad de mi garganta.
—¿Hijo... no nos recuerdas? —preguntó con un tono de preocupación genuina. Antes de que pudiera responder, miró al joven—. ¡Abraxas, llama al medimago inmediatamente!
Mi cuerpo se tensó. ¿Abraxas? Ese era el nombre de mi abuelo, pero este joven no podía ser él. No, esto no podía estar pasando. Antes de que pudiera procesar la información, el joven—Abraxas—salió corriendo, dejándonos solos.
—Soy tu padre, hijo. Brutus Malfoy. —El hombre me miró con intensidad, tratando de reconectarse conmigo—. Y el que acaba de salir es tu hermano, Abraxas. Tú eres Draco Hyperion Malfoy.
¿hermano? ¿Brutus? Mi mente rechazaba todo lo que acababa de escuchar.
—¿En qué año estamos? —pregunté finalmente, mi voz temblando mientras el pánico comenzaba a invadirme.
Brutus me tomó la mano, un gesto que parecía destinado a calmarme, pero que logró exactamente lo contrario.
—Estamos en julio de 1943. Acabas de cumplir 15 años.
Mis ojos se abrieron de golpe. No. No, No, No. Mi respiración se aceleró mientras trataba de procesar esas palabras. El aire se sentía pesado, como si estuviera siendo aplastado por una fuerza invisible. Sin decir nada más, me levanté de golpe, tambaleándome mientras intentaba llegar al baño. El mundo a mi alrededor giraba y, antes de que pudiera dar tres pasos, mis piernas cedieron.
—¡Hijo, tranquilo! Aún estás muy débil. Has estado semanas inconsciente. —Brutus se apresuró a ayudarme, sujetándome con firmeza pero con cuidado.
Sin oponer resistencia, dejé que me guiara hasta el baño. Tan pronto como llegamos, me encerré, cerrando la puerta tras de mí con un golpe seco. Mis manos temblaban mientras me aferraba al lavabo, tratando de estabilizarme.
Miré mi reflejo en el espejo, y mi corazón se hundió en mi pecho. Ese no era yo. No podía ser yo. Mi rostro era más joven, más redondeado. Mi cabello, aunque igual de rubio, caía de forma diferente y más suave.
Me incliné sobre el lavabo, cerrando los ojos con fuerza. Todo esto tenía que ser un sueño, una maldita pesadilla. Pero el frío del mármol bajo mis manos me decía lo contrario.
Pero qué mierda... Traté de hacer memoria, buscando desesperadamente algún indicio que explicara lo que estaba sucediendo. Lo último que recordaba era estar con Harry en la Sala del Tiempo. Había una explosión, un destello cegador... y después, nada.
—¡Mierda, mierda, mierda! —susurré entre dientes, sintiendo cómo mi pecho se apretaba con una opresión insoportable. Me dejé caer al suelo, apoyando la espalda contra la fría pared del baño. Enterré la cabeza entre mis rodillas, tratando de controlar el temblor en mis manos. Tengo que tranquilizarme. Soy un maldito Inefable, esto no puede superarme.
Respiré hondo, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba procesar lo que había escuchado. 1943. Habían dicho que el hombre que parecía mi padre era en realidad mi bisabuelo, Brutus Malfoy, y que el joven era Abraxas, mi abuelo. Por supuesto que los reconocía; los había visto incontables veces en los retratos colgados en la Mansión Malfoy. Pero entonces, algo más oscuro se abrió paso en mi mente, como un balde de agua helada.
El árbol genealógico. El hermano de mi abuelo había muerto a los 14 años junto con mi bisabuela. Mis manos se tensaron, aferrando mis pantalones con fuerza. Mi respiración se volvió errática mientras la aterradora verdad se revelaba: el tiempo, para no colapsar, me había puesto en el cuerpo de mi maldito pariente muerto.
Antes de que pudiera ahondar más en mi desesperación, la puerta se abrió bruscamente. Brutus, sin pedir permiso, me tomó del suelo como si fuera un muñeco de trapo y me cargó de regreso a la cama. Mi cuerpo estaba tan entumecido que no puse resistencia. Ni siquiera podía procesar lo jodido que estaba todo esto.
Otro hombre, un extraño, estaba ya en la habitación. Me observó y levantando su varita mientras murmuraba hechizos de diagnóstico.. Mi mera existencia en este tiempo ya había jodido la línea temporal. Aunque no me involucrara en ningún suceso, aunque intentara no tocar nada, todo ya se había ido en el traste. Y aunque hubiera un método para volver, ya no sería mi tiempo.
El pensamiento golpeó como un martillo en mi pecho. Nunca volveré a ver a mis padres mis amigos. Nunca volveré a ver a mi madre.
Me enterré bajo las cobijas, ocultando mi rostro del mundo. No quería escuchar al medimago, no quería pensar en nada más. Sin embargo, las palabras del hombre llegaron a mis oídos, resonando como un eco lejano.
—Su hijo se encuentra bien, señor Malfoy. De hecho, parece que su núcleo se está recuperando maravillosamente. Tal vez este año sí podrá asistir al colegio.
¿Colegio? Mi mente se tambaleó con el peso de esa palabra. ¿También tengo que cursar el puto Hogwarts otra vez? Mi cabeza comenzó a dar vueltas nuevamente, pero hubo algo más en sus palabras que me detuvo. ¿tal vez este año?
Cerré los ojos con fuerza, tratando de apartar esa posibilidad de mi mente. Ese sería un problema para el Draco del mañana. El Draco de hoy se iba a hundir en la miseria de haber perdido todo lo que conocía. Mierda quería regresar.
Ni siquiera pude despedirme de mi madre.
El pensamiento atravesó mi mente como un cuchillo afilado. Una punzada helada se clavó en mi pecho, expandiéndose hasta que el dolor se volvió insoportable. Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas, calientes y descontroladas. Había perdido a mi madre.Nunca volvería a ver su rostro, nunca volvería a escuchar su voz. Ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme de ella.
—Tranquilo, hermano. Todo mejorará, te lo prometo —susurró Abraxas. No lo había notado acercarse, pero su voz, llena de una calidez inesperada, me sacó de mis pensamientos. Antes de que pudiera reaccionar, me rodeó con sus brazos, sosteniéndome con una fuerza que parecía intentar mantenerme unido.
—No me despedí de ella... —murmuré con la voz rota, las palabras apenas saliendo de mis labios. Sentía como si mi garganta estuviera cerrándose.
Abraxas me apretó más fuerte, como si sus brazos pudieran protegerme del dolor que estaba destrozándome por dentro. No tuve fuerzas para resistirme. Me aferré a él, hundiendo mi rostro en su hombro mientras las lágrimas caían sin control. Todo lo que había contenido hasta ahora se desbordó. Solté un llanto desgarrador, uno que parecía venir desde lo más profundo de mi alma.
—No me despedí de ella... —repetí entre sollozos, mi cuerpo temblando mientras me aferraba a mi supuesto hermano.
Abraxas no dijo nada más. Simplemente me sostuvo, permitiéndome desmoronarme por completo. Su mano acariciaba mi cabello con cuidado.
Carajo...Quería volver...No debería de estar aquí!.. pero sabia que eso no era posible...
