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Re: Symphony of Frost and Shades.

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La incipiente noche apestaba a hombre y a muerte.

Aproximadamente doce leguas al nornoreste del Bosque de Elior, donde el frío entumece hasta las esperanzas del más temerario aventurero desprevenido. La luna, en un plenilunio descomunal, se alzaba por ahora más orientada al este que al oeste, las estrellas tintineantes se mostraban en el cielo nocturno, ajenas a los deseos de los mortales, haciendo un recordatorio de la irrelevancia de los seres quejumbrosos que habitan este mundo.

En sintonía con las estrellas, las ascuas de una fogata moribunda cabrilleaban mientras se aferraban a la vida, al lado de esta, una figura ataviada con harapos descoloridos trataba de obtener un calor adicional al escaso que le brindaban sus prendas, careciendo de yesca, pedernal e incendaja, este ser estaba forzado a aceptar la irremediable perdida de su pequeña fuente de calidez. Tiritaba, era capaz de tolerar la frigidez con mayor eficacia que los humanos comunes, sin embargo, la sensación de entumecimiento le llegaría pronto y eso podría llevarla a la muerte.

La figura, meditabunda y encogida, miró hacia la luna para vislumbrar su luz de plata característica. Le recordó lo que se supone era su objetivo.

―Tengo que llegar.

La voz era un poco ronca, pues su gaznate estaba seco y su lengua adormecida, seguir somnolienta aquí no le traería bien alguno, solo una muerte segura entre los árboles fallecidos y la nieve granulada. Si seguía al ritmo idóneo, podía lograr su destino en poco menos de tres días.

―Tengo que avanzar, él también debería llegar ahí pronto. Ambos deben reunirse, son esenciales para el plan.

«¿Qué plan? ―ni siquiera sé que es, me han ocultado todo.»

Se puso de pie y apagó la pira levemente humeante cubriéndola con nieve para que no quedase evidencia de su existencia, su aliento se condensaba en pequeñas pero visibles nubes de vapor que desaparecían y aparecían al ritmo de su respiración.

Iniciando con pasos tambaleantes, la chica, una elfa de cabello rubio hirsuto y desaliñado, tenía ya más de veinticinco leguas recorridas desde la base de la Montaña Sagrada Kanai, cerca de la ciudad de Eternya la “Ciudad de los Espíritus” en el Santo Reino de Gusteko. Hasta donde ella sabía, las localizaciones más al noroeste de la septentrional nación.
Había estado huyendo de perseguidores fieros e inclementes como la incesante nieve que sitia el hiperbóreo país y, por un motivo desconocido, también cubría la mayor parte de la extensión del bosque que la acoge actualmente, totalmente perpetuo, un páramo helado donde se decía que solo habitaban monstruos y personas adustas. De ser alguien del pasado, tendría conocimiento sobre el suceso que culminó en ello, pero no, esta era otra persona, otra alma.

Debía recordar quien era; manteniendo perenne su obligación: «Linda, rima con monda, también con lironda. Calla, escucha y obedece. Ese es tu deber, sencillo ¿no?»
No obstante, a este individuo de zarrapastroso aspecto le perseguían los fantasmas de un pasado que se supone no vivió, sus palabras quizás tergiversadas la acosaban y, si bien trataba desesperadamente de sellarlo todo, siempre se le filtraban algunas resonaciones, un pequeño poema inconcluso que podía tanto envilecerla como ennoblecerla:

 

Ensombrecido será el divisivo camino,
aciago podría verse su fugaz destino,
renegarán y protestarán ante su sino con desatino,
más los heraldos presagiaron con antelación su renuencia,
para poder responder con séptima intransigencia,
la luna y las estrellas partirán con reticencia,
encaminados por ahínco en busca de suplir falencias.

 

Aún hoy en día cavilaba sobre los menesteres que señalaba la composición proveniente de allende. No tenía por qué importarle, claro está, «Linda, rima con ofrenda.» recordó mientras mantenía su movimiento rectilíneo uniforme un poco acelerado.

Los espíritus la rechazaban apenas ella profería o se les acercaba, por si su origen no fuese ya un motivo de repudio colectivo, los elfos, sobre todo los semielfos, eran proscritos tácitos allá donde estuviesen, incluso agraviadores por sus meras presencias e, inclusive en la contemporaneidad, era bien sabido que algunos gustaban de darles caza, no en lugares concurridos, por supuesto. Este era el caso de varios Barones impíos del Santo Reino, se teorizaba que incluso la propia Santa Iglesia se involucraba en estas ignominiosas persecuciones que teñían de más sangre las glaciales tierras que tenían el descaro de ser llamadas sagradas por sus líderes. Hasta donde sabía, en el resto de los países la situación no era lo que se pudiese llamar “mejor”, mucho menos fausta. «Eso cambiará, todo el mundo se purgará ―se lo habían prometido― pero las palabras, incluso las mías, se las lleva el viento, tienes que hacer tu parte para lograr el motivo de nuestra existencia.»

Ella había nacido en una aldea recóndita hace no mucho tiempo teniendo en cuenta la longevidad connatural de su raza, o eso perduraba como su actual antecedente, dicha población; si es que así se pudiera llamar a un grupo tan exiguo, fue virulentamente masacrada a manos de mercenarios en el territorio de Igor Kenash. Su madre, cuyo rostro se había difuminado hacía ya un considerable tiempo, estaba encinta cuando le abrieron el vientre en canal y calcinaron su cuerpo, a su hermano o hermana jamás llegó a conocerlo, aquella masa sanguinolenta que brotó junto a las entrañas de su mamá parecía más un intestino hinchado que un bebé. Su padre fue uno de los primeros en perecer mientras trataba de parlamentar dócilmente, si bien no estaba del todo muerto pese al empalamiento, ella recordaba haberlo visto retorcer sus extremidades incluso horas después de sufrir su ominoso castigo, la gran estaca atravesaba su cuerpo de manera vertical.

―El mundo nos odia, no tenemos que hacer lo mismo con ellos ―solía profesar su madre.

Eso decía, pero lo único que salió de su boca cuando fueron a por su vida y la de sus allegados fue sangre; color bermejo semioscuro y fuertemente saturada. Linda recuerda haber llorado debajo del suelo de su cabaña, si fueron horas o días, eso no le quedaba tan claro, pero llegó a un punto en el que los ojos le escocían lo suficiente como para que se quedase dormida. ¿Qué clase de monstruo asesina a embarazadas y niños? Nadie que merezca vivir y desperdigar su semilla.

―El reino merece arder. ―Terminó siendo su conclusión. Nada ha cambiado desde entonces. «Calla, escucha y obedece.» La ira le serviría como guía― Toda esta humanidad.
«Incluso llamarlos humanos es ser cordial, no lo merecen.»

De niña, Linda se había quedado prendada por un zagal rubicundo residente de una aldea circunvecina que los ocultaba, un jovencito pastor amable y encantador, dicho mozo, convirtiéndose en adulto, fue el responsable de exponer el escondite del ínfimo grupo elfo al enterarse de la recompensa que ofrecía el Barón Igor por cualquier información que aportase a erradicar la “plaga de los demonios”. Dicha aldea humana fue quizás la única ancla de cariño que Linda mantenía para con los hombres, empero, aquella entrañes se extinguió junto a su familia.

Dentro del Santo Reino, la corrupción constituye un fenómeno insidioso, amplio, variado y generalizado que comprende actividades tanto públicas como privadas, si bien todas bajo la atenta mirada de la Santa Iglesia y su doctrina. No se trata únicamente del tosco saqueo del patrimonio del vulgo, comprende también la oferta y el recibimiento de sobornos, los tratos en manera de prerrogativas, la malversación incluso de la información; un sinfín de situaciones escandalosas que nunca salían a luz para el populacho. Es por eso por lo que Gusteko era el paradigma en cuanto a corruptelas, cohechos, alevosía y prevaricato se refiere, dada la coyuntura de la nación, era poco común de una persona de baja estofa no aprovechara las recompensas que ofrecían los más pudientes para tratar de adquirir privilegios en un nación con una brecha entre clases tan marcada. Ella había desistido en la creencia de la existencia de algún humano honrado y con probidad.

No pasó mucho tiempo cuando volvió a iniciarse una suave nevada, los copos se hacinaban en el suelo para volver más profusa la manta que alfombraba de blanco la tierra finada, sin duda complicando el proceder y aconteciendo una advertencia de un próximo temporal tortuoso.

Mientras seguía a paso firme por el bosque que se asemejaba más a un yermo congelado, percibió el repiqueteo de unas ramas, tal y como ocurre cuando estas se pisan con descuido. Inmediatamente se escuchó un silbido y el impacto cortante de metal contra madera, a pesar de la luna llena, el crepúsculo hacía el panorama casi tan negro como el tizón, Linda pudo otear el crestón aun vibrante de una saeta gracias a sus extraordinaria vista agudizada, dando un repentino giró por la tundra, la elfa redirigió su atención hacia el noreste y comenzó su huida con suma celeridad.

Era su plan por si la atrapaban, guiarlos en pro de un camino incorrecto, por si todo volvía a salir mal de nuevo, como hace poco más de un siglo «y fue en este mismo bosque.»
Los ruidos de sus acosadores fueron casi instantáneos, rezongando entre ellos y profiriendo indicaciones; resulta evidente que eran mercenarios por su aparente falta de jerarquía y escasa paciencia. Linda pudo estimar que eran alrededor de quince gracias a los bramidos que emitían, y también logró reconocer que se cernían tanto por sus flancos como por su espalda. Las saetas, las flechas y las maldiciones la sitiaban incesantemente mientras ella no daba indicios de frenar, incluso la atacaron con un dardo de hierro masivo de dos codos de largo que fue directo a incrustarse en un árbol de diez palmos y provocó que la nieve de sus ramas se esparciese para arracimarse a la de la ventisca en el suelo. «No puede ser que incluso hayan traído un escorpión ―reparó con incredulidad, ya que el artilugio de guerra era conocido para enfrentarse solo a dragones alados.»

―¡Ur Goa! ―exclamó. Prosiguiendo una lluvia de fuego capaz de calcinar todo lo aledaño a ella.

De entre las llamas, un osado sujeto protegido con una armadura de hierro saltó vertiginosamente en su dirección mientras empuñaba un hacha de guerra con sus dos manos, había perdido el yelmo y su cara medio chamuscada lo reflejaba. No tardó en pasar de gritar maldiciones a sisear de dolor cuando Linda le clavó un puñal en el cuello y lo esquivó con suma facilidad, dejándolo tendido mientras se ahogaba en su propia sangre.

―Maldita puta ―escupió otro hombre al atacarla con una lanza de casi tres codos y una punta filosa que brillaba reflejando el fuego de las miríadas hogueras de alrededor― ¡Muere de una vez, zorra!

«¿Acaso ya me conocías?» Estuvo tentada a preguntar, pero guardó silencio y, en su lugar, hendió su puñal en el ojo del austero soldado por el visor del bacinete azabache, cogiendo su lanza para tener una nueva arma con la que defenderse, la cual clavó en otro soldado atravesando su pancera con un movimiento oscilante parecido a una voltereta, el hedor a excremento, vísceras y sangre llenó un instante el aire gélido, pero ahora tenía una espada, si bien un poco desgastada. Con los tres cuerpos inertes a sus pies, ella estaba lista para hacer frente a todo lo que se le pusiera delante. No obstante, quizás no estaba preparada para la saeta que se le clavó debajo de la clavícula izquierda hasta la piel, atravesándole el omoplato y el musculo subescapular. Ella emitió un alarido de dolor como respuesta, tullida del brazo izquierdo, cogió y lanzó el hacha que se encontraba cerca al cuerpo del primer fallecido hacia donde podía estar su atacante.

―¡Ya es suficiente! ―vociferó alguien desde detrás de las llamas, los asaltos cesaron en ese santiamén―. Quisiera dialogar con fines diplomáticos, señorita.

Linda, solapada acérrima, dio la vuelta y siguió con su rapiña de escapar hacia al lado contrario de su objetivo real, el dolor en la zona del hombro era atroz y no pudo recorrer ni siete pasos cuando frente a ella se interpuso una silueta esbelta sin más protección que un peto plomizo y con un talabarte que mantenía a su espada enfundada.

―Dije que quisiera charlar, de prioridad te necesitamos con vida y, siendo honesto, mandar al matadero a mis… soldados no deja mi orgullo en buen estado, señorita.

―Esos no son soldados, señor. ―Corrigió Linda― Ninguno está adecuadamente protegido y ni hablar de sus condiciones como luchadores ¿Desertores del escuadrón de caza carmesí quizás? ―propuso―. Estoy en desventaja numérica, lo sé bien, estoy herida y a eso debo sumarle que vuestro poder supera con creces al mío, así que ahorremos esto y máteme de una vez, si mi crimen es ser una elfa…

―Usted sabe muy bien que su crimen no es solo ese, ―interfirió el joven guerrero― deme la información que posee y puede que la Santa Madre de Gusteko la juzgue justamente y la Santa Iglesia pueda brindarle un indulto para que busque enmendar el oprobio que recae sobre vuestra alma.

«Santa Madre de Gusteko.» Una muestra evidente de disparidad y veneración.

―¿Acaso estoy ante un Caballero Acólito? ―propuso Linda enarcando su ceja.

―… Ya veo ¿de verdad soy tan poco sutil? ―repuso el caballero mientras se llevaba la mano derecha a la frente como signo de resignación y negaba con la cabeza―. La verdad nunca se me ha dado muy bien las palabras, mi labia es escaza y mi sagacidad nula, soy de los que prefiere ir directamente a la acción.

―Entonces ¿Por qué os han envidado? Si el fin es conseguir información.

―Para todo hay un motivo, por desgracia no puedo revelar eso, ni siquiera a un cadáver ―el mancebo esbozó algo parecido a una sonrisa―. En realidad la punta de la saeta está envenenada, perdón por estar ofreciendo cosas imposibles de realizar.

La antiquísima orden de los Caballeros Acólitos representaba el brazo militar de la San Iglesia y, según se rumoreaba, sus miembros estaban a la par de los Generales Divinos en el Imperio Vollachia en cuanto a poderío, inclusive eran acreedores de una bendición otorgada por el mismísimo Rey Santo. Linda podía lidiar con decenas de guerreros curtidos, pero este sujeto de juvenil apariencia y altanero comportamiento estaba fuera de sus capacidades.

―¿En qué piensas, elfa?

―¡Al Goa!

―Idiota ―condenó el caballero mientras desenfundaba su espada negruzca para recibir el ataque de Linda.

En simultáneo con la bola descomunal de fuego que conjuraba Linda, una luz cegadora y cándida comenzó a mostrarse imbuyendo el mandoble negro como la tinta del Caballero Acólito «así que contratado con un espíritu. ―Asimiló.» Pese a ello, tenía posibilidades de hacerle frente con el maná que había reunido.

Entonces…

La explosión subsiguiente no llegó a suceder, Linda cayó de rodillas mientras sus iris verdes esmeralda se dilataban y sus escleróticas se encontraban inyectados en sangre en ambos ojos, de su vientre sobresalía un dardo de madera de un codo de longitud, lo cual de cierta forma impedía que la exangüe drenase su vida por su abdomen de manera más rápida.

―Pero mira lo que te han hecho esos descerebrados ―lamentó el joven―, créeme que yo, Makarista Perkin, hubiera optado por darte una muerte más digna y no un humillante ataque por la espalda, demonios, mi superior me reprenderá. Si te sirve de consuelo, morir por el veneno de la saeta hubiera resultado más tedioso y doloroso que esto…

El caballero parloteaba, farfullaba, balbuceaba, pero Linda ya estaba con el rostro contra la nieve teñida de rojo y convulsionando mientras trataba de expulsar coágulos carmesí por su boca. De cierta forma, esta muerte no fue tan garrafal como la anterior, había logrado desviar a los agraviadores y evitar que se enteraran más sobre “La Orden”, La Luna y las estrellas podrían tener un tiempo para adaptarse sin heraldos de la muerte que los sitiaran. Lo único negativo es que su cuerpo estaba aterido incluso antes de que expulsara su último aliento, la pungencia quedó como una sensación lejana y ajena.

De verdad, hacía mucho frío.