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El primer día de nieve

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—La ferocidad de la borrasca que está golpeando duramente al centro de la Península no había sido prevista por los meteorólogos, se espera que a lo largo del día la nieve continue cayendo, la UME se desplegó ayer para prestar atención a los coches que actualmente continúan atrapados en la M-40…
Unos pasos rápidos cortan a la periodista que continúa hablando en la tele, Julia entra corriendo en pijama y descalza en la cocina.
—NIEVEEEEEE, NIEVEEEE.— nos grita entusiasmada.
—Buenos días para ti también Julia.
—Buenos días, Tito Gaspar— le da tiempo a responder antes de que mi madre la interrumpa.
—¡JULIA! ¡cómo se te ocurre bajar así de deprisa por la escalera y encima sin zapatos que te vas a resfriar con lo frío que está el suelo! anda, vamos arriba.
Julia mira a su madre como esperando que le quite importancia a la regañina de su abuela, pero Edith levanta las cejas y mi sobrina deja que mi madre la suba a su cuarto, suelto una risita y continuo bebiéndome mi café que hoy está muchísimo más caliente de lo normal para combatir el frío que parece acechar detrás de la ventana.
Al poco rato se vuelve a oír la voz de Julia en la cocina.
—¿Nos vamos ya? ¿Nos vamos ya? ¿Nos vamos ya? ¿Nos vamos ya? ¿Nos vamos ya? ¿Nos vamos ya?
—Primero tienes que desayunar.— contesta mi hermana dirigiéndome una mirada de soslayo mientras yo le sonrío divertido.
Julia se sienta de rodillas en una silla al lado de su madre y engulle las galletas de dos en dos dándole sorbos al ColaCao sin dejar de rebotar en su asiento, mantiene vista en la exterior donde sigue nevando y alterna brevemente la mirada para mirarnos a su madre y a mí, yo me levanto tranquilamente del asiento, frego la taza, la dejo escurriendo y me dirijo hacia mi habitación para coger el abrigo y los guantes que me han regalado los Reyes. Cuando bajo Julia acaba de terminar dejando la taza con un sonoro golpe en la mesa, aún con un bigote de chocolate en la cara se baja de un salto de la silla y comienza a ponerse los guantes de mala manera mientras me empuja impaciente con una mano y con la otra tironea de la manga de su madre que sin dejarse llevar por el entusiasmo de su hija la abriga con tres capas más y le cala un gorro de lana casi hasta los ojos antes de abrirle la puerta.
—¿No crees que te pasas un poco con el tercer polar? Que la chiquilla parece un repollo, no puede ni bajar los brazos.
—Si te parece mucho vas y se lo dices a mamá, pero yo a esa bronca no me voy a arriesgar.— responde mientras abre la puerta.
Julia baja los escalones de la entrada despacito y se gira para mirarnos de manera apremiante, cuando llegamos a su altura nos coge a cada uno de una mano, va comentando absolutamente todo lo que ve con la emoción de quién ve una nevada por primera vez, de vez en cuando pega un salto encogiendo los pies para que la hagamos de columpio y poder caer en un montón de nieve especialmente grande.
Al llegar al parque la dejamos libre y sale disparada como un rayo para empezar a hacer bolas, mientras Edith está distraída mirando el paisaje me agacho disimuladamente y le tiro una bola que le da en el lateral de la cara.
—¡¡¡Gaspar!!!
—¡¿Yo?! ¡¿Me acusas?! ¡¿A mí?! Pero si yo nunca haría eso.- finjo llevándome una mano al pecho muy ofendido.
—Te vas a entrar hermano, has empezado una guerra que no podrás ganar.— en ese momento me da con una bola de nieve, pero ya me estoy agachando de nuevo para contraatacar, al poco rato Julia viene corriendo hacia nosotros y se une a la pelea.
—Sobrina, ayuda a tu Tito Gaspar que tu madre se está metiendo conmigo.
—De eso nada hija, vente conmigo que vamos a ganar al tío hoy.
—No, yo sola.— nos contesta mientras nos intenta tirar una bola a cada uno con una mano.
La batalla termina cuando mi hermana consigue abalanzarse sobre mí y tirarme de espaldas a la nieve, Julia se tira encima de ella soltando carcajadas.
—Vale, vale, me rindo vosotras ganáis.— me ayudan a levantarme y me sacuden la nieve de la espalda, me duele el pecho de tanto reír, hacía mucho desde la última vez.
El camino de vuelta a casa Edith y yo vamos casi resoplando mientras Julia parece tener la misma energía que cuando salimos, va dando saltitos por delante de nosotros mientras hace dibujos con el dedo en la capa de nieve de los coches.
Nuestra madre nos recibe a la hora de comer con una pequeña colleja porque “no se puede venir casi a mesa puesta y encima así de mojados, tener hijos para esto”.
Después de la comida me voy a la biblioteca y me siento con el nuevo libro de poesía en uno de los sillones orejeros, la calma me dura poco cuando Julia entra en la habitación como un vendaval.
—Tito.
Hago como que no me he dado cuenta y paso otra hoja.
—Tito.
No contesto.
De repente Julia comienza a treparme al regazo e intenta meter la cara entre el libro y yo.
—Tito, tito, tito tito.
—Ah, hola Julia, no te había oído.
—Eso es porque eres viejo.
—¡Oye!
—No lo digo yo, lo ha dicho la tita Fernanda.
Doy un resoplido guardándome esa información para vengarme más tarde.
—Mamá me ha dicho que no quiere ir a la nieve más y que te lo diga a ti. ¿Vamos? ¿vamos? ¿vamos?
—Mmmmh no sé, no sé.
—Porfa, porfa, porfa, porfaaaaaaaa.
—Ains, vaaale.— respondo fingiendo cansancio como si no me hubiese convencido a la primera.
Repetimos el proceso de esta vez dejo a Julia mayor capacidad de movimiento dejándola que se ponga menos de 8 capas de ropa, antes de salir me acuerdo de algo.
—Espera un segundo que ahora bajo.
—Joe tito deprisaaa.
Subo las escaleras con zancadas largas y llego hasta el desván, no tengo que rebuscar mucho hasta encontrar el viejo trineo tirado en una esquina.
Julia me mira con impaciencia cuando bajo las escaleras e intenta rodearme para mirar detrás de mi espalda.
—Sssssh, fuera te lo enseño, vamos.— susurro mientras le doy un empujoncito con una mano hacia la salida.
Ya fuera saco el trineo de detrás de la espalda, Julia lo mira con adoración.
—Uaaaaaa, que chuloooo.
—Es de cuando era pequeño, ya verás te va a encantar.
—¿De cuándo eras pequeño? ¿Lo usabais para moveros por la nieve porque no existían los coches?
—Tienes que dejar de escuchar a tu tía Fernanda, no soy tan viejo.
Mis palabras parecen caer en saco roto porque Julia no me está prestando ni un poquito de atención mientras corretea de un lado para el otro de la calle, veo mi oportunidad cuando pasa debajo de un arbolito al borde de la acera, me quedo un poco más atrás, y le doy una patada al tronco, logro apartarme justo cuando la nieve le cae a Julia encima.
—Joe, titooooo.
No puedo evitar reírme al verla sacudirse la nieve con torpeza, sale corriendo detrás de mí e intenta hacer lo que he hecho yo agitando el tronco de otro árbol con las manitas cuando paso debajo, lo que solo hace que me ría más fuerte.
—No se vale, eso es trampas, tú eres más grande.
El mosqueo se le pasa cuando llegamos a la cima de una pequeña pendiente del parque y la pongo delante en el trineo.
—Las primeras veces nos tiramos juntos, ¿vale?
—Sí, sí, sí.— los ojos le brillan con emoción.
Sentado tras ella abrazándola con un brazo me doy impulso con el otro y nos dejamos caer a toda velocidad por la pendiente, Julia grita de pura felicidad levantando los brazos. Nos tiramos juntos unas cinco veces antes de que se de cuenta de que si se tira sola puede ir todavía más rápido y me echa de “su” trineo.
Me la quedo observando desde abajo como se tira y vuelve a subir en bucle mientras no puede parar de reír y de gritar, lleva más de treinta viajes cuando algo cambia, al llegar abajo se deja caer de espaldas aún riendo y veo como la estela de nieve que ha dejado el trineo se comienza a condensar en el aire como si el viento moviese los copos de manera caprichosa, entonces aparecen dos liebres muy pequeñas en el aire, olfatean y miran a su alrededor durante una milésima de segundo antes de empezar a correr dando vueltas a Julia, ella me mira con la sonrisa más amplia que puede y comienza a aplaudir y a reír más fuerte mientras intenta tocar a sus primeras Sombras.