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Pecado turgente

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Por fin nos habíamos quedado solos los dos en la casa. El único rastro de los invitados, las copas de vino vacías sobre la mesa.
Con una sonrisa coqueta, ella me miró de arriba abajo, y se llevó su copa de champán a los labios, sin apartar ni un segundo su intensa mirada de mí.
No pude evitar tragar grueso al notar sus esbeltas piernas cruzarse, dejando a la tela de su vestido subir hasta la parte alta de su muslo, permitiendo a mi imaginación volar.
Estaba jugando conmigo, yo lo sabía. Pero no iba a dejar que ganara.
Le sostuve la mirada y yo mismo me llevé la copa a mi boca. En realidad, ella no había bebido. Sólo rozaba con sus carnosos labios carmín el cristal, dejando manchas rojas a su paso, y en ese instante deseé que fuera mi cuello aquella copa. Pero eso no era suficiente para ella. Con picardía, sacó la lengua, y comenzó a recorrer, lamiendo lentamente, el filo de la copa. Notaba como el calor iba llegando a mi cuerpo. Me estaba provocando, pero a ese juego podían jugar dos. Sentado sobre la silla enfrente del sofá en el que ella estaba, abrí las piernas y me recosté sobre el respaldo desanudándome la corbata, y comencé a desabrocharme los primeros botones de la camisa. Noté que ella dejaba la copa sobre la mesa, y sonreí de medio lado.

—Creo que voy a necesitar ayuda con el resto de los botones…

Ella me atravesó con la mirada, y se relamió con lujuria sus labios pintados de rojo. Ese rojo que deseaba ver tatuado alrededor de mi miembro, que empezaba a endurecerse ante tal pensamiento. Se levantó, y se acercó a mi sinuosamente, moviendo sus caderas en un vaivén indecente que vaticinaba una noche de pasión. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se sentó a horcajadas sobre mí, y comenzó a desabrochar mi camisa mientras se mordía el labio. Ella no pudo evitar un gemido al dejar totalmente mi pecho hercúleo expuesto a ella, a sus caricias, que iban desde mis pezones, pasando por mi varonil vello y mis marcados abdominales hasta llegar a la cinturilla de mi pantalón.

—¿Te gusta lo que ves, gatita?

Ella, como respuesta, dejó escapar un ronroneo, y comenzó a frotar su centro contra mi entrepierna ya completamente dura. No pude evitar acercar mis manos a los tirantes de su vestido, deslizándolos hasta dejarla expuesta de cintura para arriba. Sus turgentes pechos se alzaban orgullosos ante mí, desafiándome, tentándome a caer en su pecado. Sumergí mi cara entre ellos, mientras mis manos bajaban hasta su firme trasero. Un sollozo de placer salió de su boca, al notar mi lengua jugar con sus pezones erectos de excitación. Su piel era suave como el terciopelo de la alfombra del salón de los últimos zares. Ella dejo caer la cabeza hacia atrás de puro goce, mientras con sus manos acercaba sus propios pechos a mi rostro.

—No puedo aguantar más, quiero que me hagas tuya, dios griego.

—Como desees, gatita.

Ella se levantó de mis piernas, y dejó caer el vestido a sus pies, quedando sólo en tacones, pues no llevaba ropa interior debajo. Deleité mi mirada, paseando mis ojos por su escultural cuerpo. Parecía la mismísima Venus saliendo de la espuma. Mi Venus particular. Ella me miró con deseo, y con un movimiento de cabeza me instó a deshacerme de mis propias prendas. Y eso hice. Sin dejar de mirarla, me quité la ropa lentamente, haciéndola desesperar. Noté como sus ojos se abrían con sorpresa al dejar al descubierto mi enhiesto miembro, que se erigía arrogante víctima de la tentación. Porque ante mí tenía un súcubo que me iba a hacer caer en el más profundo de los pecados. Sonreí ante su sorprendida mirada. Ella titubeó.

—Es…enorme. — Era un hombre bien dotado, no podía negarlo. Y entendía que pudiera parecer un poco intimidatoria mi virilidad, con el glande brillando por el líquido preseminal.

—No te preocupes, te prepararé para ello.

Esta vez fui yo quién se acercó a ella, y bajé mi mano a su feminidad. Acaricié en movimiento circular su centro de placer, y sus manos se afianzaron temblorosas a mis fuertes hombros, buscando un lugar al que asirse. Aproveché para introducir un dedo en su interior, y la escuché jadear contra mi oreja, y sentí una corriente de excitación al notar su humedad.

—Vaya, estás empapada…

La escuché susurrar algo ente los jadeos, “más, otro más”. Introducí un segundo dedo en su vagina, y los jadeos se acompañaron de gemidos al ritmo de mis dedos expertos. Era como música de Tchaikovsky para mis oídos.

—Dime furcia. —pidió.

—Furcia. —dije.

—Ahora, dime ramera. —rogó.

—Ramera. —Contesté. La escuché sollozar de placer.

—Creo que ya estoy lista para ti.

Se alejó de mí, y se tumbó sobre el sofá, con las piernas abiertas y dejando su entrada dispuesta para mí. Fui hacia ella y me puse sobre su cuerpo, deleitándome con la imagen de sus labios pecaminosos entreabiertos y sus generosos pechos checoslovacos. No pude contenerme más y la penetré de una embestida. Su sexo prieto acogió mi miembro de una forma deliciosa, y no pude evitar comenzar un frenético ritmo, al compás del bamboleo de sus renacentistas senos. Se separó de mis labios, lanzando un grito de placer.

—¡Ahh! ¡Soy tuya Arturo!

De repente, todo se hizo negro.

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Pérez-Reverte abrió los ojos y miró a su ventana: aún era de noche. Pero eso no importaba. Se levantó de un brinco de la cama con su erección aún palpitante, y se fue corriendo hasta su escritorio, donde su máquina de escribir Olivetti del 1937 descansaba.
Tenía la escena perfecta para su próximo libro.