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Dos monedas.

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El pequeño miraba como la luz de la ventana reflejaba sobre la moneda de cobre. Bueno, en realidad, intentaba que reflejara en ella, pero estaba tan desgastada y carcomida que apenas traspasaba la gruesa capa de óxido verduzco que la rodeaba. Trató de rascarla con la uña, pero solo consiguió mancharse los dedos con el resto. Soltó un largo suspiro.

Aquello había sido patético por su parte. Un simple simulacro y no había sido capaz de concentrarse y no dejar que los nervios y los miedos le dominaran. Después de la última caída había mirado hacia su madre, buscando la decepción en sus ojos, pero fue peor darse cuenta de que ni siquiera le estaba mirando. Su atención estaba centrada en su mellizo, que saltaba a través de los atacantes como una gacela. 

Ni siquiera había podido levantarse del suelo después de eso, notando como la angustia se le acumulaba en la garganta. La risa de su hermano, al terminar su misión, había durado lo que tardó en darse cuenta de que él estaba en el suelo, corriendo a socorrerle. Su madre no le había dejado hacerlo. Le había parado con el brazo y había dado unos cuantos pasos hacia él:

- Si te caes, levántate, Sendor. - había puesto uno de sus dedos en su frente. - O estas muerto.

Empujó un poco hacia atrás, frenándole cuando empezaba a incorporarse. Había notado como las lágrimas acudían a sus ojos, pero había hecho lo posible con contenerlas, con cierto éxito. Tras el entrenamiento fallido, su madre había repartido dos monedas a ambos niños: una de cobre para Sendor, una de oro para Zahnar. 

Sendor había salido de la habitación antes de poder escuchar la revisión de su madre, y nadie le había parado. Allí estaba, revisando la moneda, con la vergüenza y la rabia acumulada en sus mejillas.

No había escuchado la puerta cuando oyó la madera de la litera crujir bajo los pies de su hermano, cuya cabeza apareció por un lateral de la cama, como un animalillo curioso.

- ¡Sen! - exclamó - ¡He comprado bombas de trufa!

Sendor giró en la litera, mirando directamente a la pared, apretando el cobre con fuerza entre sus manos. Zahnar terminó de subir con un pequeño salto, sentándose al otro de la cama y devorando uno de los pequeños dulces con ansia. Cuando iba por el tercero fue consciente de que Sendor no estaba prestándole atención.

- ¿Sen? Me los voy a acabar si no vienes.

- Cómetelos. - murmuró. - Los has ganado tú.

Zahnar dejó flotando uno de los pequeños bocados a la altura de su lengua y frunció el ceño. Le dio una pequeña patadita a uno de sus pies. Sendor no reaccionó. Zahnar agarró su cola con fuerza, que colgaba relajada por un lado de la cama, y tiró de ella, haciendo que su hermano reaccionara con un grito de sorpresa.

- ¡Zan! ¡Que me dejes! - exclamó incorporándose

- ¿Qué te pasa a tí? - dijo agitando la bolsa frente a su cara - ¿Sabes lo caros que son?

- Claro que lo sé. - farfulló. - Pero no los he ganado. Yo no puedo comprarlos. 

Seguía apretando el cobre con fuerza en su mano. Zahnar lo notó.

- Ai, no, Sen. - suspiró. - Sólo es un simulacro fallido.

- Uno tras otro, querrás decir.

Sendor cogió la almohada con un gesto rápido y hundió la cabeza en ella con un grito ahogado. Zahnar metió otro bollito en su boca, masticándolo escandalosamente y esperando a que su mellizo terminara de dejar escapar el grito. El otro asomó uno de sus ojos entre los pliegues del cojín cuando terminó su desahogo.

- ¿Eshtas meghor? - preguntó Zahnar con la boca llena.

- No, no lo estoy. - dijo frunciendo el ceño. - Ya has oído a mamá, me voy a morir por torpe.

- Ño gof dice en segnio. - tragó. - Es una exagerada, ¿Quién se va a atrever a tocarnos?

- Mucha gente, Zan. - contestó Sendor sin creer la despreocupación de su hermano. - En eso consiste, en aprender a sobrevivir contra quienes quieren hacernos daño.

- Pero no pasa nada, Sendor, para eso nos entrenamos, ¿No?

Sendor lo miró un segundo, incrédulo. Zahnar le devolvió la mirada, confuso.

- Zahnar, eso es precisamente lo que inten-

- ¿Vas a comer ya? - dijo tendiendo la bolsa.

El tiefling volvió a enterrar la cabeza en la almohada con sus sonoro suspiro de frustración, totalmente incapacitado ante la absoluta desconexión con la realidad de Zahnar. 

- Déjalo, Zan, simplemente. - suspiró. - Tú eres un oro y yo un cobre.

- Eso no es del todo cierto.

La cabeza de su madre había aparecido inesperadamente asomando por encima del límite de la litera. Sendor dio un respingo, notando el calor dominando sus mejillas, mientras Zahnar simplemente ofreció la bolsa de dulces a su madre, que aceptó uno con naturalidad.

- Mamá. - saludó Sendor.

- Si te hubieras quedado a mi explicación, Sendor, te hubieras ahorrado este drama. -suspiró.

El tiefling apretaba el cobre con fuerza en una de sus manos y su madre, al notarlo, le hizo un gesto. Sendor se la dio, reticente.

- ¿Te ha sobrado dinero, Zahnar? - preguntó.

El pequeño asintió, dándole dos monedas de plata que la mujer recogió. Jugó con las tres entre sus dedos, haciéndolas bailar. Cogió una de las monedas de Zahnar y la enseñó:

- ¿Qué es esto? - preguntó a los niños.

Ambos intercambiaron una mirada interrogante, buscando la trampa en las palabras de su madre. Al final, fue Sendor quien decidió arriesgarse:

- Una plata. - contestó con naturalidad.

- ¿Y qué más?

- ¡Dinero! - exclamó Zahnar.

La mujer soltó una pequeña risa velada por lo bajo.

- Sí, la verdad. - sonrió. - ¿Qué era esto antes de ser una plata, Zan?

Giró la cabeza como un cachorro confuso. Sendor creía saber la respuesta, pero le dio espacio para ver si su hermano llegaba a la misma conclusión. Parecía bastante perdido en la línea de pensamiento que parecía valorar. Su madre, con las cejas levantadas, dio un pequeño golpe a la bolsa de dulces y Zahnar, sin pensárselo, dio un nuevo bocado.

- Un oro. - dijo Sendor, inquieto. - Zahnar lo cambió por su compra y las vueltas. 

Su madre le sonrió.

- Sí. - asintió. - Diez platas. - dijo moviendo la moneda entre sus dedos. - Son un oro. - movió la de Sendor para colocarla la primera. - Diez cobres. - sonrió. - Son una plata.

- ¡¿Diez platas son un oro?! - exclamó Zahnar, y Sendor dejó escapar una risa. 

La mujer dejó que Sendor terminara de reírse para colocar el cobre de vuelta en su pequeña mano.

- Diez cobres, Sendor, son una plata. - repitió. - Cada error que cometes es un paso más cerca de llegar a un éxito. Cada cobre que consigas, cada momento bajo de tu vida, te acerca más hacia el crecimiento, hacia el aprendizaje, hacia la victoria. Pero sólo si te levantas, si no te rindes. - cerró los dedos del niño alrededor de la moneda. - Conserva tus cobres y conviértelos en oro.

Luego, se giró hacia Zahnar, quitando suavemente la bolsa de dulces de sus manos y poniendo una de las monedas de plata en ella.

- Un oro, Zahnar, son diez platas. - le dijo. - Las victorias son fugaces, debes valorar bien tus éxitos, no perderte en ellos y conservarlos con cuidado. Si te dejas embriagar por tus éxitos, es muy fácil que tropieces perdido en la confianza. Es muy fácil perderse en los oros y que el egoísmo los convierta en cobre. 

Zahnar asintió frenéticamente y Sendor sospechó que no había entendido la metáfora. Él, sin embargo, miró su cobre, descubriendo un brillo inesperado en él. 

- Entonces es mejor ser plata. - dijo Sendor. - No te pierdes en el éxito pero acumulas bien las lecciones de los fallos.

Fue una reflexión más para si mismo, que se había escapado en el aire. Su madre sonrió, poniéndose de puntillas para darle un suave beso en la frente. Sendor se la tapó con el flequillo, avergonzado.

- Es una buena reflexión.

Zahnar, emocionado, recuperó la plata restante de la mano de su madre y se la tendió a su hermano, apretándola fuerte sobre su mano.

- ¡Seamos plata juntos, Sen! - exclamó.

- ¿Has entendido lo que significa, Zahnar? - preguntó su madre.

El niño asintió, emocionado, y Sendor levantó una ceja, escéptico. Zahnar miró a Sendor con una enorme sonrisa, mostrando la plata de su mano y acercándola hacia su hermano con insistencia. Sendor sonrió con timidez y, acercando su moneda a la otra, las hizo sonar con un musical tintineo.

 

 

Sendor observaba la desgastada moneda de plata que colgaba de su cuello en el reflejo del espejo. De manera casi inconsciente, la acarició con el dedo, con una mano manchada hasta pasada la muñeca. Un suspiro se escapó de sus labios sin que pudiera evitarlo. 

Alguien llamó a la puerta apresuradamente. Zenya traía a Lyrris de la mano, quien trataba de contener unos hipidos descontrolados entre lágrimas. 

- La ha pillado la rubí. - dijo Zenya. - Robando. 

- Te dije que no estaba preparada. - acusó Sendor.

Zenya se encogió de hombros y su jefe le hizo un gesto con la mano para que se marchara. Lyrris no parecía querer quedarse a solas con el hombre, pero trató que no se le notara mientras retenía la mano de Zenya un poco más, sin éxito. La puerta se cerró tras ella.

- ¿Qué ha pasado? - preguntó Sendor.

- Creía que podía hacerlo... - dijo ella con feos ruidos nasales. - Pero me asusté, me caí y me descubrieron. Empezaron a gritar y...

- Te dije que no lo hicieras. - dijo Sendor. - Que aún no es el momento. Que no tienes por qué hacerlo si no quieres.

El labio de Lyrris tembló ligeramente. Apretaba con fuerza una de sus manos contra su pecho. Sendor se acercó.

- ¿Qué tienes ahí? - preguntó.

Lyrris le miró un momento, alterada. Luego, viéndose sin escapatoria, abrió la mano mostrando una simple moneda de cobre.

- Fue lo único que pude conseguir. - confesó. - Una miseria.

Sendor observó la moneda. La recogió con cuidado de la mano de la chica y se agachó frente a ella, jugando con el cobre entre sus dedos y enseñándoselo a la altura de sus ojos. 

- ¿Qué es esto? - preguntó. Y no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara por sus labios al hacerlo.