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Los errores de los padres...

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El filo de la daga captura brillos aleatorios, rojos y naranjas como la llama de la vela que alumbra la habitación. Gira, esgrimida por manos expertas, y parece tener un cierto sonido. Es la cuchilla cortando el aire, es ese zumbido metálico que solo se escucha en la más absoluta quietud.

Zahnar necesita pensar, por eso se ha encerrado con los contenidos de esa caja por la que estaba obsesionado. Pero ahora se siente como un gato al que la curiosidad ha matado y la satisfacción no ha traído de vuelta. ¿Él un Saltorias? Esa parte de la historia de Triffa va a quedar enterrada, al menos de momento.

La perla del mango parece inusualmente resplandeciente en la semioscuridad de la sala, tiene un brillo que no es natural. Y, por un momento, él siente algo. Es como una risa cantarina en el fondo de su mente, una presencia, unos pasos descalzos correteando en la calle.

Niega, acariciando con el pulgar el símbolo de La Llave Negra que hay tallado en el arma. Ese no es su lugar, no es su papel en esta historia. No es su historia.

Alza la daga, viéndose reflejado, viendo la mancha que ya le cubre parte de la cara.

Su historia, de hecho, va a dejar de existir pronto…


Sendor no es un hombre que se mueva mucho por las calles, al menos no por las principales. Prefiere actuar desde el anonimato, que no le vean, que no sepan quién es La Mano que gira La Llave. Pero en aquella mansión en el Barrio de las Espinas, la que no es exactamente suya, se permite asomarse a veces a la ventana.

El cristal está oscurecido con una sustancia especial que trajeron desde Traulia, usada para teñir el vidrio hasta que se vuelve opaco por un lado, pero claro por el otro. El tiefling no tiene interés en saber para qué lo usan en la otra isla, seguro que para nada bueno. Pero a él le ha resultado útil para poder observar el mundo sin que este le devuelva la mirada.

El sol se está poniendo, arrancando brillos rojizos al cielo y a las nubes. Pero aún hay luz, aún puede ver la calle. Y la puede ver a ella.

La estatua de Uhua Saltorias se alza imponente frente al sol del ocaso, con toda la gloria que tuvo en su día la líder de la revolución. Su semblante pétreo congelado para toda la eternidad en un gesto confiado, inspirador. Es algo más que una persona, es un símbolo, como bien había expresado en su carta el difunto Paladín Perla.

Los Saltorias, la familia más importante de toda la isla, una historia marcada por la sangre de la revolución. Pero no solo la de una heroína, la primera en encontrar a la diosa Perla; también la de todos aquellos que perdieron su vida, todos los que tuvieron que hacer sacrificios. La de Liena.

Sendor se mira la mano, la que no está afectada por su maldición, su piel roja encaja ligeramente más en el atardecer, cuando todo se tiñe de colores cálidos, de naranjas y ocres. En momentos como ese no parece estar tan fuera de lugar, no parece tanto una mancha en el entorno, una figura añadida después a un cuadro y que no encaja con su paleta de color.

Por sus venas corre la sangre de Liena Saltorias. La Borrada, así es como la llamó Reshur en su carta. Y él solo cierra el puño, notando la tensión en sus músculos. Es mucha información nueva, aún no sabe qué hará con ella. Aún no sabe cómo hace que se sienta.

Ojos sin iris ni pupila, completamente negros, se dirigen de nuevo a la estatua. Los últimos rayos de luz se esconden por el horizonte, pronto caerá la noche, pero aún es visible. Y aunque no lo admitiría nunca, Sendor dedica un breve pensamiento a cuestionar qué opinaría ella de toda la situación.


Dedos delicados recorren la empuñadura de la vieja espada de Sihen Saltorias o, bueno, lo que queda de la misma, actualmente convertida en una llave. No puede borrarlo de su mente ahora que lo ha visto, ahora que sabe la verdad oculta desde hace casi doscientos años.

Joder, si es que Zenya tenía razón, es una puta llave. No puede evitar pensar con una risa nerviosa le chique.

Su manicura perfecta tiene un brillo similar al del material del que está hecha la vieja reliquia familiar, puede que una decisión inconsciente al elegir el pigmento que usar la última vez que se aplicó la pintura. Pero, al contrario que otras veces, Gabilar no lleva más adornos en sus manos ni en el resto de su cuerpo.

No le gusta llamar la atención en el lugar al que está yendo. Ya hace girarse a la gente por la calle de normal, como para darles más motivos. Así que, con un suspiro largo, inquietantemente parecido a los de Sendor ahora que lo piensa, entra en el Barrio de las Espinas.

Conoce el camino, lo ha recorrido incontables veces, aunque pocas en los últimos años. Una parte de elle quiere perderse, quiere no encontrar la casa que busca. Pero también sabe que no serviría de nada, que solo conseguiría que alguien le parase para preguntarle cosas, para hablar de lo maravillosa que es su familia, para alagarle. Y elle no quiere eso. No lo quiere de normal y, especialmente, no lo quiere ahora.

Pese a coger el camino más corto le paran un par de personas, es difícil pasar desapercibide cuando literalmente brillas, pero al menos tenía que intentarlo. Consigue seguir su camino tras un par de sonrisas falsas y palabras dulces que esconden indiferencia. A esa gente no les importa elle, les importa su apellido. El mismo que está a punto de echar por tierra.

O al menos eso es lo que siente que va a hacer cuando llega frente a la casa. Cuando se alzan ante elle las puertas nacaradas de la residencia de los Saltorias. Aprieta la reliquia, la empuñadura de la espada, la llave… y se prepara para la charla que va a tener con Amuletta.


La joven se asoma un poco más, siempre al borde, pero habilidosa como para no caer. Ha vivido toda su vida así, es lo que suele pasar cuando eres la hija de un criminal y no has heredado precisamente su constitución. Sabe que, comparada con su padre, es pequeña, delgada y no tiene la fuerza para afrontar un combate cuerpo a cuerpo.

Por eso Lyrris ha aprendido otras cosas. Puede que no sea capaz de ganar una pelea, pero sí puede huir más rápido que nadie, puede trepar y llegar a sitios a los que solo los pájaros se atreven a ir. No tiene la forma física para intimidar, pero sí la perfecta para esconderse en lugares y escuchar lo que dice la gente. La pequeña tiefling ha aprendido a hacer de sus debilidades sus puntos fuertes. Por eso el mundo no se ha hecho con ella, ella se ha hecho con él.

Es esa actitud de superación, de no rendirse nunca, lo que la llevó hace unos años a buscar junto a su padre los misterios que escondía cierta caja. Y son las palabras de este las que la han mantenido en silencio durante tres años.

Pero ahora la verdad ha salido a la luz, por eso Lyrris está encaramada a uno de los edificios del Barrio de las Espinas, observando a cierte aasimar caminar con rumbo fijo, pero duda en sus pasos. Gabilar le cae bien, parece maje y Varyan le ha dicho que es buena persona. Además, es su prime, más o menos.

No puede evitar fijarse en cómo elle parece intentar ocultarse, con esa capucha que hace que se vea más sospechose que otra cosa. Ella niega con la cabeza, tal vez debería hacerle una visita y explicarle cómo pasar desapercibide, puede ser un buen momento familiar. Casi se puede imaginar colándose en su casa.

Hey, prime, se te da mal esconderte, deja que te explique. Algo así le podría decir.

Pero, la verdad, es que elle no tiene todo a su favor para hacerlo, con ese brillo que parece desprender siempre. Ciertamente eso dificulta ocultarse, sobre todo de noche. Pero seguro que puede hacer algo al respeto.

Ella suspira fijándose un poco más, recordando las palabras que escuchó hace tres años, las que se han vuelto a oír cuando la Capitana Perla ha leído la carta. Una línea de sangre bendita y una maldita. Y no puede evitar mirar a su prime, su brillo angelical; y luego a sí misma, la piel roja de una tiefling.


Dobla la carta, sintiendo el peso de toda la historia de la isla sobre sus espaldas, sintiendo la culpa de haberle mentido a su Capitana. La cara con la que le mira el hombre que tiene delante no ayuda especialmente a aligerar la tensión. Con el negro subiendo por los laterales de su cara, Reshur no puede evitar mirar a Zahnar con preocupación.

Pero han tomado su decisión. Triffa va a seguir conociendo solo una línea de la familia Saltorias. Sus linajes, uno bendecido por Perla, el otro manchado por Ónice, van a seguir siendo dos. El viejo paladín suspira al dejar la hoja entre el resto de las cosas antes de cerrar la caja.

No puede evitar pensar en el pasado, en Uhua, en si ella llegó a saber lo que pasó con sus descendientes. Piensa en Sihen y en Liena, en la decisión que tomaron, en cómo ha afectado a tanta gente, en si se pararon a pensar en ello, en sus sucesores.

Piensa en su decisión, en el qué pasará. Sabe que no le queda mucho tiempo, que la llave que cuelga ahora mismo de su cuello pronto estará en el de su hije. Y mira a Zahnar, sabiendo que no es el único.

No, no son quienes para tomar la decisión de contar esta historia. A fin de cuentas, ninguno de los dos va a estar mucho tiempo como para ver y lidiar con las consecuencias. No sería lo correcto soltar esa verdad y no quedarse a arreglar las cosas. Por eso espera que, en un futuro, alguien que sí tenga tiempo y esté dispuesto a asumir las consecuencias encuentre la caja, desvele el secreto.

Gabilar Saltorias, hije. Piensa acariciando la tapa, la que ahora cerrada esconde una inscripción. Espero que me perdones si encuentras esto algún día, por no haber sido yo quien te lo dijese. A veces los errores de los padres trascienden en sus hijes; y aunque no sean errores de elles, les toca lidiar con sus consecuencias. Perdóname por seguir el ciclo, por perpetuar lo que hicieron nuestros antepasados y por dejarte a ti las repercusiones.