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Carpetober 2021

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El aire en la habitación se hacía pesado, denso, como si llevase estancado horas y se pudiese pasar la mano para apartarlo. Algo así como un calor desagradable, del que hace que la ropa se pegue a la piel, llenaba la estancia. Similar al aliento de alguien febril parecía acarrear esa humedad y sensación de que algo no iba bien. Las dos figuras que había presentes no se movían, una porque no podía, la otra porque no se atrevía.

Una mano, lenta y cautelosa, se había acercado, tomando la de su hermano, como tantas veces había hecho de pequeño. Ojos oscuros se habían cruzado; miedo en los de uno, aceptación en los del otro. Y unas lágrimas que no había esperado dejar salir habían empezado a formarse en los ojos de uno de ellos. Una mano roja había apretado la negra que sujetaba, intentando no hacer demasiada fuerza, pero necesitándolo como nunca.

"No vas a llorar, ¿verdad, Sen?"

Su voz no sonaba ya casi como suya propia, no tenía su habitual picardía, su deje alegre. Solo había cansancio, resignación y una tristeza muy mal disimulada para intentar calmar los ánimos. El humano a quién pertenecía ese apenas hilo de voz yacía en una cama, su hermano a su lado, acompañándole en sus últimas horas.

"No..." Respondió el tiefling, pasándose una mano por los ojos. Sentía la cara ardiendo y no sabía si su pecho se había parado o iba acelerado. Pero, de pronto, una llama se encendió en su corazón, el fuego que iba a consumir a aquellos responsables de esto. El miedo dio paso al odio, a la venganza. Iba a hundirlo todo, a la alcaldesa, a sus contactos, a quién cojones estuviera detrás de todo.

No frunció el ceño, pues encontraba una extraña paz en todo ello. Miró fijamente a su hermano, apretando de nuevo su mano. "Voy a seguir dónde lo has dejado, Zahnar. Te juro que lo conseguiré."

Y había determinación fría en su voz. Sendor no iba a parar, tenía una misión.

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Era una tarde tranquila en el Sakuramachi. Las clases habían acabado y la mayor parte del alumnado había vuelto a casa. Solo se escuchaban algunos gritos en el pabellón deportivo, por parte de los equipos que estaban entrenando, así como charlas apagadas en las aulas de los clubs. Excepto… excepto en el club de DoL.

“¡Mira, mira! ¡Anzu! ¡Que tengo los ojos verdes!” Akane Kaiba, presidenta del consejo estudiantil y conocida estrella del DoD, acababa de gritar tan fuerte que la podrían oír hasta desde su casa.

La aludida se giró, dejando de lado por un momento la conversación que mantenía con su pareja. “¡Kane! ¡Deja de apuntarte a la cara con la linterna del móvil!” Caminó hacia ella, quitándole el teléfono con una mano y dándole un ligero golpe en la cabeza con la otra. “¡Que te vas a quedar ciega y te tendrán que poner gafas como a tu hermana!”

“¡Eh!” Protestó la mayor de las Kaiba ante el capón. “¡La TRAICIÓN!” Se dejó caer sobre la silla, echándose una mano a la frente. “No quieres reconocer que tengo los ojos verdes, me pegas… Hayami, ¿no serás tú la mala del grupo?”

Anzu rodó los ojos, una sonrisa fácil en su boca traicionando su falsa molestia. “Uy sí, soy malísima. Por eso no dejo que te abrases la retina. Espera y verás, mi siguiente plan es hacer llorar a Miki.”

“¡No!” Siguió la otra, incorporándose y mirándola con los ojos como platos, siguiéndole el juego.

“Sí.” Levantó la cabeza, intentando no reír.

“Eso es peor que patear mil perritos, ¿lo sabes?”

Su risa la traicionó, llevando a Anzu a doblarse involuntariamente a la vez que carcajadas salían de su pecho con naturalidad. Puede que no fuese la persona más cercana del mundo, pero ni ella misma se veía capaz de hacerle daño a ninguna de ellas voluntariamente.

“A la próxima…” Dijo entre risas. “Te dejaré quemarte la retina.”

Akane rio también. “Lo que tu digas, tengo los ojos verdes.”

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Dalharil tenía claras muchas cosas en su vida, pese a lo que algunos pudieran cuestionar. Tenía claro su propósito. Aunque algo que no acababa de identificar como dudas asomaba en su corazón, su mano no temblaba al arrebatar una vida. No aún. Tenía clara su lealtad a El Sol Oculto, a su padre, a su misión. No sabía que esa seguridad era subyugación y supervivencia más que creencia. Tenía claro el papel que jugaba en todo esto, lo que se esperaba de ella, lo que tenía que hacer… Pero había dos cosas que tenía especialmente claras ahora.

La primera era que en el sitio en el que se encontraba no se toleraban las muestras de debilidad. Alguien que no pudiera hacer su trabajo era alguien que no debería estar ahí y que, por lo tanto, era eliminado. ¿A cuántos había eliminado bajo órdenes? En casos más leves las debilidades solo eran castigadas, pero también era cierto que tenerlas era una invitación abierta a que alguien las aprovechase para apuñalarte por la espalda. Cuchilla lo intentaría, sin duda.

La segunda, por desgracia, era que estaba enferma. Sí, ya, enferma…

No se explicaba sino por qué su corazón se aceleraba inexplicablemente, por qué le sudaban las manos y sentía el aire pararse en su garganta. La primera vez que le pasó estaba en la habitación, acababa de recibir lo que ella consideraba su merecido por un error en el entrenamiento. Y fue entonces cuando su compañera, la genasi que estaba en el gremio de Gorell, le había preguntado si necesitaba ayuda. Seren siempre tan… así. Tan genuinamente buena. Ella la había mirado, a mitad desabrocharse las botas (tarea que le estaba costando más de lo habitual), y había sentido lo mismo que cuando un mal golpe en la espalda la dejaba sin aliento.

Le había gritado, su lengua más afilada que sus armas, no recordaba el qué. Y casi mejor así. Pero la otra se había acercado, aún a riesgo de que la semidrow cumpliera cualquier amenaza vacía que acababa de decir, y la había ayudado a desabrochar esas pesadas botas. El dolor en sus pies no era ni una onza de la presión que sintió en su pecho al sentir a alguien cuidando de ella. Era demasiado buena para el templo.

De ese día en adelante Dalharil estaba convencida de que estaba enferma. Estaba enferma y tenía que esconderlo, si alguien lo averiguaba… Lo acabaron averiguando. No, no era una opción. Los días pasaban y ella no veía el fin a su enfermedad, solo empeoraba y empeoraba, especialmente cerca de su compañera.

Estaba convencida de que iba a morir, o por lo que fuera que le pasase o porque alguien la iba a matar aprovechando su debilidad. A veces quería hacerlo, morir. Hubiera sido menos complicado que todo esto. Pero se negaba a acudir a los clérigos para pedirles ayuda.

En realidad, no hubieran podido hacer nada, el amor de un corazón adolescente no es algo que se pueda curar. Las emociones forjadas en la adversidad serían capaces de superar incluso hechizos creados para deshacerlas. ¿Es por eso? ¿Nuestro vínculo es así de fuerte por las circunstancias en las que se dio? Pero, por desgracia, la joven semidrow no era consciente de eso, no sabía identificar ese tipo de sentimientos.

Y ahora, adulta y perdida en otro plano, solo podía preguntarse qué sería de ella. Tras tantos años, tras pelear, tras reconciliarse por instantes tan breves que se sentían como un sueño, tras pelear de nuevo y jurar matarla. No. Yo nunca la mataría. No debería haber dicho aquello. La he estado protegiendo todos estos años. Espero que Riddle haya seguido mi trabajo. A Dalharil solo le quedaban los recuerdos y la certeza del sentimiento que, de alguna forma, se negaba a marcharse definitivamente de su pecho. No quiero que lo haga…

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La voz de la profesora llenaba el aula, como debía ser pues su alumnado estaba en silencio. Sobre su mesa se encontraban varias piñas y ramas de pino, pues hoy estaban aprendiendo a diferenciar las diferentes especies que se encontraban en la isla. Era importante para determinar las especies invasoras, así como para poder ver si una estaba fuera de su distribución habitual. No solo eso, cada una tenía propiedades distintas y se podía usar para una cosa u otra.

“El Pinus traulaster, llamado así por su predominancia en Traulia, es muy útil si alguna vez os perdéis en el bosque.” Explicaba la maestra. “No solo sus piñas contienen piñones grandes que os pueden servir de alimento, al ser tan grandes son muy útiles para encender una hoguera.”

Un joven de orejas levemente picudas atendía la lección, sus ojos azules fijos en la piña que sostenía la mujer que les estaba hablando. Pero de pronto, un papel aterrizó en su mesa, captando su atención. Él bajo la mirada, extrañado.

¿Quieres que vayamos al bosque después de clase a ver cuáles vemos? Sí/No

Se giró a su izquierda, dónde su amiga se apartó un mechón de pelo rubio para que viera su disimulada sonrisa mientras miraba al frente. Redondeó el “Sí” y devolvió la nota, pero con un poco menos de gracia con la que le había llegado.

“Ceidarán.” Le llamó la atención la profesora. “¿Pasándote notitas con Tarla? ¿Te parece aburrida la clase?”

El aludido enderezó la espalda, con toda la seriedad que podía tener un adolescente de catorce años. “No, profesora. Me parece muy interesante.”

Ella alzó una ceja, llevándose una mano a la cadera. “Dime pues cómo diferenciar un Pinus triffariensis de un Pinus sal'taahata.”

“Aún no ha explicado el Pinus sal'taahata, profesora.” Respondió. “Pero puedo decirle que el Pinus triffariensis se encuentra presente en todo el archipiélago Selentario, que sus piñas son grandes y no presentan hendidura por el piñón cómo sí presentan los Pinus traulaster. Además, se caracterizan por presentar tres acículas en cada vaina en lugar de dos.”

La mujer pareció impresionada, había pensado llamar al padre del joven, que se encontraba a un par de aulas, en caso de que no supiera responder, pero al parecer sí había estado prestando atención. “Muy bien. Apuntad la definición que ahora explico el Pinus sal'taahata. Sus piñas son muy pequeñas y presentan escudete en forma de garra. Presenta dos acículas por vaina también bastante pequeñas. Y lo más importante, es un árbol de alta montaña, si lo encontráis alguna vez a menos de mil metros de altitud algo no es normal. En Triffa solo hay algunos ejemplares por la parte alta del volcán.”

La clase siguió, la futura generación de guardias esmeralda atentos a esos conocimientos que les iban a hacer falta en un futuro. Sin saber que, en unos años, sus funciones iban a cambiar bastante y que, en el centro de ese cambio, iba a estar el joven alumno que había sido pillado pasándose una nota con su amiga.

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“Oye Dal, que el que llega elegantemente tarde a los sitios soy yo. ¿Dónde te has metido? ¿Tardas mucho en llegar? Lo que te tengo que contar, hermanita. Se me da bien enterarme de cosas, pero cuando te cuente el último cotilleo que me ha llegado… Solo te digo que tiene que ver con el Emperador, ya verás.”

Silencio.

“¿Dal?”

Un par de golpes a la lunita de cuarzo.

“Dal, venga, que no tiene gracia, responde.”

Silencio.

“¿Hermana? ¡¿Dalharil?!”

Manos que abandonan la fría gema y empiezan a trazar patrones en el aire, un hechizo.


Golpes frenéticos contra el frío material de su colgante. Un dedo ansioso.

“¡Riddle! ¡No sé dónde cojones estoy! ¡Acabo de caer no sé ni por dónde y no estoy dónde estaba! ¡¿Me escuchas?!”

Silencio.

“¡Mierda! ¡Mierda, no!”

Una patada a una piedra en el camino, lanzándola lejos y asustando a unas personas que se encontraban cerca. Captando su atención.

“¡Riddle dime que me escuchas!”

Una súplica a lo que, ahora mismo, solo servía como collar.

“Mierda…”

El miedo.


“Dalharil, no sé si me llegas a escuchar y no me puedes responder o si ni siquiera oyes lo que digo, pero te voy a encontrar. Te lo prometo, juro por mi vida que te voy a encontrar y te voy a traer de vuelta a mi lado cueste lo que cueste.”

Silencio. Una mano cogiendo con fuerza el amuleto.

“Te voy a encontrar…”


“Seguramente no me puedas oír, Riddle, pero este sitio es un puto infierno. ¿Recuerdas que nos quejábamos de lo racistas que eran en el Imperio? Pues bienvenido a Golarion, dónde no me dejan ni entrar en las ciudades.”

Silencio.

“Ugh, sigo intentando averiguar cómo he llegado aquí y cómo volver, pero nadie quiere decirme nada. Además, todo esto son puebluchos de no más de… ¿cincuenta habitantes? Tampoco creo que pudieran decirme nada útil. Sigo buscando, sé que tú también lo debes estar haciendo…”

Silencio.

“Te echo de menos…”


Una uña nerviosa jugueteando con el borde metálico de la luna.

“Vale, a ver. Sé que no estás en el Imperio ni en las Islas. Dudo que estés en la República. No te irías allí sin avisarme, ¿no? No. Y menos pasarías de contestar a mis mensajes. Si te tuvieran secuestrada ya habrían pedido recompensa y me habría enterado. Por cierto, está siendo una putada mantener tu gremio también, me vas a deber una muy gorda cuando te encuentre.”

Una risa que esconde lágrimas.

“Porque vas a volver. No estás muerta porque no puedo contactar con tu espíritu, así que vas a volver. Y aún si estuvieras muerta sé que te podría encontrar.”

Silencio.

“Te echo de menos… Quiero que vuelvas pronto…”


“Te vas a reír. O no. Probablemente no. Resulta que tengo una…”

Silencio, interrumpido solo por unos ronquidos leves.

“Mira, no sé cómo definirla. Una ¿semikobold? se me ha pegado y no deja de seguirme. Podría quitármela de encima de forma bastante fácil, no creo que me pudiera alcanzar si huyera. Pero… Pero es la primera persona que no me ataca nada más verme. Y es un cambio agradable. Oh, por La Cambiante, qué patético suena, ahora sí que deseo que esto no te esté llegando…”

Silencio.

“Es mentira. Sí espero que te esté llegando. Que sepas que estoy lo mejor que podría estar dada la situación. No quiero que te estés comiendo la cabeza con qué pueda o no haberme pasado… Lo estás haciendo, ¿verdad? Siempre has odiado no saber las cosas y supongo que aún no sabes dónde estoy porque aún no has llegado a por mí.”

Un suspiro en la noche, el vaho concentrándose en el aire.

“Sé que vendrás. Confío en ti.”


“Tengo una idea. Más bien Dahlia tiene una idea.”

Una voz apresurada, tratando de parecer lo más entera posible pese a no estarlo del todo.

“Sí, ya sé que no quieres saber nada de ella, pero escucha. No te encuentro, no estás… No… No puedes seguir viva, ¿verdad? Es eso…”

Silencio. Un hipido.

“No pasa nada. Te vamos a traer de vuelta. Hemos hecho un plan y te vamos a traer de vuelta con nosotros. Y te podré pedir perdón por haber dejado que esto pasara. Y te podré abrazar de nuevo. Y todo irá bien…”


Una guardia en una noche dónde el frío solo se mantiene a raya por las ascuas ya casi apagadas de una hoguera.

“Hey, la semikobold es bastante maja. Se llama Akhmelia y es muy caótica, me sorprende que haya aguantado viva hasta que nos hemos conocido… Es maga, por cierto, y algunas de las cosas que hace me recuerdan a ti porque se pone a hablarme de hechizos y desconecto. Ojalá hubiera escuchado un poco más cuando me decías esas cosas, a lo mejor sabría qué tengo que buscar. Puede que le cuente algo a Akhmelia, a lo mejor ella sabe qué puedo hacer o dónde puedo preguntar…”

El silencio de la noche.


“Es hoy. Estamos a punto de salir hacia el templo del bosque. Ya solo quedan horas, Dal, horas. Te tendré delante de nuevo. Te quiero y te echo mucho de menos, pero por fin va a acabar esta pesadilla.”

Silencio.

“Quiero decir, tiene que acabar, tiene que funcionar. Porque no sé qué haré con mi vida si no funciona.”


“No sé por qué sigo haciendo esto cuando sé que seguramente no recibas los mensajes. Seguramente es por costumbre, aunque una parte de mí espera que sí los estés recibiendo.”

Silencio. Una caricia contra cuarzo.

“Te echo de menos… Hoy había luna creciente en el cielo y me he acordado de ti. Sé que sigues buscándome, sé que me encontrarás.”


Sangre en la luna, de la herida de su mano.

“No puede ser… No. ¿Dónde estás, Dalharil?”

Lágrimas empapando una tez joven.

“¿Dónde cojones estás, Dal?”

Un hipido, el colgante cogido con más fuerza.

“Quince es una mentirosa. No tiene ni puta idea de nada. Ni Celia. Me encargaré de que esa niñata tenga su merecido por lo que ha dicho.”

Dolor en su pecho, falta de aire.

“No. No estás muerta… ¿Dónde estás?”

Silencio.

“¿Dónde estás?


“Riddle, creo que por fin he avanzado un poco. Estoy camino a un sitio, se llama Punta Arena, es un pueblo también, pero más grande. Puede que allí sí consiga encontrar información sobre cómo volver, si es que me dejan entrar. Algo idearemos Akhmelia y yo. Espero que estés bien, espero poder volver a verte pronto, es lo que me da fuerza en las noches.”


Aliento entrecortado, cansado, como de quien acaba de hacer un gran esfuerzo.

“Quiero que sepas que nunca me voy a rendir. Voy a encontrarte. Cueste lo que cueste.”

Determinación de la peligrosa en su voz.

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La perezosa noche de otoño, que cada día ganaba más paso camino al invierno, empezaba a llenar de oscuridad las habitaciones de la catedral Perla. Aquellas que estaban ocupadas pasaban a ser iluminadas por velas o luces mágicas, el blanco de las paredes ayudando a dispersar la luz y que llegase más lejos. Sin embargo, cierto despacho, que estaba ocupado, estaba a oscuras. Sobre la mesa descansaba la cabeza y dormitaba cierto semiorco.

“¡Remiel!” Para ser tan pequeña la verdad es que Lantana tenía una voz muy potente.

El joven casi se cayó de la silla del susto, recuperando rápidamente la compostura para hacer una reverencia ante su superior. “¡Disculpe, mi capitana!” no pudo evitar hablar más alto de lo que pretendía.

“Pero, hijo…” Respondió ella haciéndole un gesto al clérigo que la llevaba para que la dejara en la mesa. “Te debería pedir perdón yo. ¿Te he mandado demasiado trabajo? ¿Cómo es que te has dormido?”

Remiel dirigió una mirada y un saludo rápido al muchacho que había allí, Rolsa, siempre lo hacía pues también eran guardias perla y merecían un saludo, aunque en ese momento solo estuvieran llevando a su capitana. Luego volvió a centrar su atención en ella. “Me he quedado para acabar una cosa y se me ha hecho tarde, perdone.”

La pequeña hada le plantó un dedo delante de la cara, teniendo casi que ponerse de puntillas. “Que nada de pedir perdón, jovencito. Eres un guardia perla, tienes que cuidar de ti mismo. ¿Cómo vas a cuidar de los demás si te caes de sueño?” Él intentó protestar, pero su capitana le cortó. “¡Ts! Nada de peros. Te vas ahora mismo a tu casa a dormir, ¿me escuchas?”

“Sí, mi capitana.” Fue lo único que pudo decir el atónito semiorco.

Se despidió con dos reverencias, una más exagerada para Lantana y una normal para Rolsa, recogió sus cosas y empezó a marcharse. Pero la voz de su superior le detuvo un momento en la puerta.

“¡Y come algo antes de dormir! ¡Mínimo un chocolate caliente!”

Con una ligera, pero cansada, sonrisa salió por la puerta, dirigiéndose hacia la taberna que llevaba con su familia. Podría entrar por la puerta principal, pero seguramente eso significaba encontrarse con mínimo cinco personas que le pararían para contarle alguna cosa. Y, la verdad, Remiel tenía bastantes ganas de hacer caso a las ordenes de su capitana. Así que entró por la puerta trasera, haciendo su mejor esfuerzo por ignorar el símbolo que había en la misma.

Se asomó a la cocina, dispuesto a coger algo de comida y, con suerte, saludar a su padre, que solía estar por ahí. A quien no esperaba encontrar era a Lericel, cuyo lugar era la barra, pero no iba a quejarse. Sonrió para sí mismo, ideando un plan. El joven semidrow se encontraba muy ocupado revisando los contenidos de un estante, tocando con sus manitas en busca del bote con la marca adecuada. Así que Remiel aprovechó para acercarse haciendo el mínimo ruido posible.

Cuando estaba justo a su lado, habló. “Hola.” Fue un susurro, pero lo suficientemente alto como para que lo oyera.

Vio su gesto de sorpresa, sus enormes ojos blancos abrirse y cómo se giró rápidamente hacia él. “¡Remiel!” Gritó lanzando las manos en su dirección para buscarle.

Chocaron en un abrazo, el mayor envolviendo al semidrow con dulzura, que empezó a reír enterrando la cara en su pecho. Y Remiel pensó que, si tenía que descansar en algún sitio, ese lugar iba a estar al lado de Lericel, siempre. Porque no importaba lo que pasase, sabía que tenía un lugar ahí, sabía que era su fuente de seguridad y confort.

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El aroma a té llenaba la estancia y las olas golpeaban la costa creando un agradable sonido ambiental. La casa, de madera pintada de blanco y tejas marrones, tenía las ventanas abiertas para que entrase la suave brisa del atardecer. Desde el porche, una dracónida de escamas doradas contemplaba como los últimos rayos de sol bailaban en el horizonte.

Pronto se le unió una elfa cuyos cabellos blancos no evidenciaban su edad. Llevaba dos tazas humeantes, una en cada mano, y le ofreció una a su compañera, que la tomó. Disfrutaron del té en un silencio agradable, contentas con la compañía de la otra. Y cuando el día dio paso a la noche, la elfa sacó una manta para tapar a su pareja. Que ella no tuviera frío no significaba que el resto de gente no lo tuviera, eso lo había aprendido.

“Lyrial, cielo…” Su voz sonaba cansada, últimamente siempre lo sonaba, pero había dulzura en ella. “Tengo que hablar contigo de una cosa…”

La elfa se giró, centrando toda su atención en su mujer. “Claro, dime.” Su voz seguía igual que cuando se habían conocido, alegre.

“Verás, he estado pensando…” Hizo una pausa, no muy segura de cómo seguir. Tenía la vista fija en el té de su taza, a medio beber y que ya empezaba a enfriarse.

Una cantarina risa llenó el ambiente. “Me preocuparía si no hubieras estado pensando porque eso sería que te pasa algo malo y no quiero que te pase nada malo.”

Pero su risa no fue correspondida, en su lugar Il·lira negó suavemente con la cabeza. “Lyrial, por favor, esto es serio.” No había enfado ni brusquedad en sus palabras, pero sí determinación. “Tenemos que hablar de algo.”

La elfa frunció levemente el ceño, extrañada. “¿De qué?”

Pero antes de que pudiera ponerse a intentar averiguarlo, Il·lira decidió que tenía que soltarlo ya o no lo iba a hacer. “¿Has pensado qué vas a hacer cuando yo no esté?”

El silencio que reinó se hizo opresivo, manifestándose en una bola de ansiedad en el pecho de Lyrial. “No…” Negó con la cabeza. “No digas eso.” Miró al frente, su vista perdiéndose en el mar. “Aún falta mucho.”

Pero ahora fue el turno de la dracónida de negar. “No. Lyrial, mírame.” La aludida no se giró. “Lyrial. Mírame a la cara.”

“Te miro a la cara todos los días, Il·lira…” Respondió, su mirada perdida más allá del horizonte.

Ella suspiró, sabía que no iba a ser fácil sacarle ese tema, pero tenía que hacerlo. “Lyrial, por favor. Mírame y ve.”

“No…” El agua en su taza de té empezó a vibrar levemente. “No quiero…” Lágrimas empezaron a formarse en sus ojos.

Il·lira suspiró, estaba yendo peor de lo que esperaba. Pero antes de poder decir nada más, su mujer se levantó bruscamente.

“Necesito hablar con Seren. Vuelvo antes de mañana.” Y empezó a caminar hacia el agua. Se giró cuando sus pies apenas habían tocado la arena. “Uh… te quiero…” Pero volvió la mirada, no queriendo fijarse en todas las arrugas que le recordaban la inevitabilidad del paso del tiempo.

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A La Desconocida le gustaba guardarse sus pensamientos para sí misma. A fin de cuentas, era dios de aquello que no se sabe, no podía revelarlo todo o estaría haciendo mal su trabajo. En realidad, sabía mejor que nadie que había cosas que había que compartir, cosas que había que guardar hasta cierto punto, y cosas que estaban mejor dentro de una misma.

Y ahora se encontraba pensando uno de esos pensamientos, de los que prefería guardarse, de los que no iba a decirle a nadie. Puede que, porque fueran especiales, porque si los decía en alto perdiesen la magia. O puede que porque la única persona ante quien creía que merecía la pena decirlos no estaba delante.

O sí…

No, no lo estaba del todo. Así que Athe se dedicaba a acurrucarse en la nieve, en su habitual forma de gato, para nada molesta por el frío. Estaba con Miri, pero la pequeña semiorca se encontraba buscando piñas para encender la chimenea, recado de Dariman. Así que el animal que a simple vista parecía un gato negro descansaba, sus sentidos puestos en la niña, pero su mente en otro lugar.

Porque la podía sentir. Aunque no la tuviera delante podía sentir su presencia en el cielo cubierto por nubes blancas. Y se preguntaba si la estaría mirando, si le estaría prestando atención igual que hacía ella. Probablemente no, ocupada como debía estar cuidando de su dominio. Pero eso no evitaba que ella disfrutase de recordarla.

Nae’Sin Nedea, el invierno, la protectora de la familia, pero también la más peligrosa de todas ellas si le preguntasen a Athe’Ke. Y puede que fuera eso lo que tango le gustaba, cómo sería capaz de cualquier cosa para protegerlas, pero cómo el frío invernal se derretía bajo sus manos cuando le acariciaba una mejilla. Cómo el ceño fruncido daba paso a una sonrisa ligera cuando la miraba a los ojos.

Porque El Invierno podía ser cálido, el secreto mejor guardado de La Desconocida.

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La pequeña semiorca caminaba con las puntas de los pies, tratando de hacer el mínimo ruido posible. Estaba en una misión muy importante, ¡importantísima! Así que se acercaba a la puerta con sumo cuidado, no fueran a escucharla...

De normal no sería probelma, con todos los sonidos habituales de la taberna, pero era última hora de la noche. No había nadie en la planta baja, así que tenía que ir con ojo de no hacer demasiado ruido.

Apoyó sus manos en el marco de la puerta, que sabía que no iba a crujir (no se iba a arriesgar con la propia puerta). Adivinaba ya algo de luz a través del picaporte, así que cerró un ojo y pegó la cara para mirar. Le costó un poco al principio, pero consiguió enfocar la vista, viendo la escena que se desarrollaba dentro de la sala.

Sarima tenía una jarra de cerveza vacía en la mano y hablaba animadamente. Estaba intentando convencer a Dariman de servirle otra, pero este parecía estar negándose. Era una ocurrencia, por desgracia, habitual en la taberna. Miri, sin embargo, no solía verles porque Dariman procuraba evitarlo.

La niña frunció levemente el ceño, pero la determinación empezó a crecer en ella. No le gustaba oirles discutir, pero tenía un plan, una buena idea que poner en práctica. Sarima estaba muy triste, así que tenía que hacer algo muy grande para hacerla muy feliz. Y Dariman también estaba triste, pero él lo estaba porque Sarima lo estaba. Así que si conseguía animar a Sarima conseguiría animar a los dos.

Era un plan sin fisuras, iba a colarse en casa de un señor del que Sarima se quejaba siempre, iba a robarle, y luego iba a enseñárselo. Podía imaginarlo, iría y le diría "¡Ja! ¡Mira! ¡Le he robado a un rico!" Y seguro que le gustaría. ¡Iba a funcionar!

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El golpe de la puerta apenas se escucha, pero está cerrada. No hay nadie en la habitación, como debe ser, así que ella se permite dejar caer la fachada, se permite respirar. Pero su cara no se relaja. No, solo pasa del habitual gesto de enfado a uno de angustia y se echa una mano al lateral quemado.

Duele.

Siente la piel tirando y un escozor que la hace querer clavarse las uñas para que deje de picar. Pero se contiene, sabe que no va a conseguir calmar nada así. Lo único que alivia la quemazón que a veces le aparece en la cicatriz de la cara y el hombro es esa crema que le trajo Riddle de las Islas.

Así que camina hacia su escritorio y siente como si volviera a tener quince años y llevase las dichosas botas con pesos. Normalmente el dolor es soportable, pero hoy hace más frío del normal; hoy su piel está más sensible; hoy necesita ayuda, pero sabe que no va a encontrarla ahí. Así que se deja caer en la silla que hay frente al mueble y con manos no muy seguras saca el bote, que tiene una pasta blanca en su interior.

La sensación es fresca, su mejilla empieza a doler menos, pero solo hace que sienta más el hombro. Sigue poniéndose la crema, notando como deja de sentir tanto el lateral de su cara como los dedos con los que está esparciéndola. Y se mira durante un segundo, mira su brazo lleno de cicatrices, la mayoría ni recuerda de qué son. Mira el otro, prácticamente igual. Y se toma un tiempo mientras se unta la del hombro para mirarse el pecho, la tripa. Todas las marcas que recorren su cuerpo, un recuerdo de todos los abusos que ha sufrido. Y siente de nuevo su ceño fruncirse.

Caerá la noche.


La taberna está Iluminada por candelabros y velas, dando a la sala un ambiente hogareño, cálido. Es ya entrada la noche y El Dragón Cobalto empieza a vaciarse, pero en una de sus mesas sigue sentade une semidrow. Bebe de una copa de vino que sujeta con su mano de mago a la vez que su brazo real descansa apoyado en el respaldo de su silla. Sus ojos, de un azul que llama la atención contra su piel gris, escudriñan la sala entera.

Se fijan en el par de personas que hablan en una mesa cercana, en qué negocios están tratando. Vigila que no sea nada peligroso, que no tenga que intervenir. Pero parece ser solo un acuerdo comercial, nada de lo que preocuparse.

Pasa su mirada al par de personas que acaban de entrar, un joven y su madre, que va directa hacia dentro como si fuese la dueña del lugar. Su hijo, sin embargo, se sienta en la barra y empieza a hablar con el tabernero.

Riddle mira a su hermano, a Lericel. Le ve sonreír al escuchar a Sylek saludarle, le ve hablar animadamente con él, moviendo mucho las manos, gesticulando para contarle lo que ha hecho durante el día.

Y, aunque es una escena bastante bonita, Riddle siente la rabia hervir en su interior. Por la vida que ha tenido que construir para él, por todo lo que le queda por luchar. Por lo que podría haber tenido desde el principio, pero tuvo que pelear por ello.

Caerá la noche.


La nota le llega cómo le ha llegado otras muchas veces. E igual que esas otras muchas veces ella se encarga de hacerla desaparecer. Nadie sospechará nada, al menos no durante unos meses. Y cuando vuelva a llegar se volverá a ocupar de que, de alguna forma inexplicable, la misión aparezca como cumplida.

Pero no puede negar que le hace algo leer ese nombre, ese que hace años que no ha podido decirle a su propietaria. La echa de menos, empezó todo esto para poder estar con ella y siente que cada día está más lejos. Tal vez debería simplemente resignarse, aceptar que es algo que nunca va a pasar (y que, en parte, es culpa suya). Pero no puede.

Tampoco quiere, en realidad. No, porque es más fácil pensar que es culpa de las circunstancias. Porque quiere creer que cuando todo acabe tendrá una oportunidad de, mínimo, hablar con ella. Porque en un futuro, no sabe cómo de próximo, dejarán de llegarle notas y no tendrá que seguir con esa pantomima, con ese falso juego del gato y el ratón.

Caerá la noche.


La ve, durmiendo abrazada a él, y siente que por el más breve de los instantes conoce la felicidad. Siente su pecho subir y bajar, puede pararse a contar sus lunares. Si quisiera podría agachar levemente la cabeza y darle un beso en la punta de la nariz, pero no se arriesga a despertarla.

Su calor le da vida, puede sonar estúpido, pero es cierto. No estaba acostumbrade a un amor tan desinhibido, tan real, en el que estuviera poniendo todo en juego. No, siempre se había escondido tras nombres falsos, tras mentiras, una fachada que no reflejaba lo que había dentro en realidad. ¿Pero con ella? No. Cuando ella respira y siente su calor, siente que le da aire.

La ama. La ama como nunca había esperado amar a nadie porque él no es de los que arriesga su corazón. Pero ahí está, entre sus brazos y capaz de saber todo con una sola mirada. Le desarma por completo, le podría arruinar y elle solo respondería “Bien jugado.” con una sonrisa triste. Pero sabe que no lo va a hacer o, por lo menos, elige confiar y creer que no lo va a hacer. La ama y odia no poder vivir con ella, tener que ocultarla. Algún día, sin embargo, las cosas cambiarán…

Caerá la noche.


El cielo se tiñe de naranja crepuscular, que poco a poco da paso a violeta y al negro de la noche. En el horizonte apenas se aprecian los últimos rayos de luz que se esconden tras unas montañas. Las estrellas empiezan a brillar, siendo opacadas por el resplandor de la luna que arroja sombras azuladas y poco definidas. El viento sopla, creando ondulaciones en la hierba alta, la misma que acaricia un par de manos cogidas.

Dos personas contemplan en mudo acuerdo la escena. No les hace falta hablar, están pensando lo mismo. Ojos marrones se cruzan con otros azules y lo saben. Su agarre se hace más fuerte. Un par de hermanes con un plan, con un objetivo que cumplir y por el que luchar, teniendo claro quién es el enemigo.

Caerá la noche.

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Es bien sabido que un paladín debe simbolizar los ideales de la deidad a quién sigue, que debe ser una representación misma de su fe. Cualquiera que ve a aquel que enarbola un símbolo divino a la vez que un arma, que defiende el dominio de su deidad, lo sabe. Pero hay algunos casos en los que este hecho se hace especialmente notable.


Está la minotaura que, en el sentido más literal, lleva a su diosa en el corazón. La que la ama por encima de cualquier cosa y es correspondida. La mujer que aún no cree las vueltas que ha dado la vida y que no esperaba encontrar el amor en la fe.

Ella, Europa, limpia su escudo con calma, como quien realiza un ritual sagrado. Pule la superficie, asegurándose de que el borde metálico no presenta ninguna abolladura. Y no puede evitar sonreír al sentir las manos de Dee trenzando el pelo de su espalda.

Se gira y la mira, sus ojos que según el momento parecen pasar de amarillos a azules, sus pecas, los hoyuelos que se le forman al sonreír. ¿Y cómo va a no creer cuando la tiene ahí delante? ¿Cuando se agacha levemente y deposita un suave beso en sus labios? ¿Cuando Di'Nael Nneit la coge de la pechera y la hace pegarse más a ella para mantener el contacto?


Está el enano de piel verde, cuya descripción tampoco es tan extraña teniendo en cuenta el grupo del que está rodeado. Su fe es grande y usa la fuerza de su dios para proteger a sus aliados; pero, principalmente, a los débiles.

No le importa lo que la gente diga de su aspecto, no le importa que digan que es lo que no es. Porque en su corazón sabe que Torag le ha elegido, que es su digno paladín. Y eso sí que no va a dejar que nadie lo cuestione, porque vive día a día sus valores.

Su escudo se interpone ante el peligro, los ataques de enemigos golpeándolo como el martillo al yunque. Ya ha perdido a alguien, no quiere volver a hacerlo, por eso mismo aguanta, movido por el amor y por su credo. Aguanta todos los golpes que le llegan y se interpone para defender a sus amigos.


Está un muchacho, de poco más de veinte años, en una isla libre al sur del Imperio. Desde pequeño ha ayudado a los demás, siempre dando sin esperar nada a cambio pues sabía lo que era no tener nada, necesitar ayuda y el alivio de recibirla. Porque su relación con su diosa es estrecha, él la ha necesitado y ahora le devuelve el favor como su paladín.

Siente la conexión cada vez que cura a un herido, cada vez que ayuda a alguien por pequeño que sea el gesto. Su perla, la que lleva en el pecho, vibra ligeramente, o eso le parece a él. Algunas veces juraría que siente una risa en el fondo de su cabeza, pero nunca está seguro de si es real.

Su Capitana se lo dice siempre, lo orgullosas que están tanto ella como su diosa, lo bien que hace su trabajo. Y él no puede más que sonreír y sonrojarse humildemente, alegando que solo hace lo que debe. Pero una sensación agradable, cálida, nace en su pecho, recordándole que hace mucho más.

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La voz de le barde llena la taberna y no hay ni una sola persona en la sala que no le esté escuchando. Sus dedos rasgan las cuerdas del laúd que toca, arrancándole acordes que dan color a su historia. Habla de aventuras, de las tierras que ha visitado con su grupo, que le miran con media sonrisa desde una de las mesas.

Pinta con palabras el paisaje de prados verdes en el norte, dónde la hierba alta es mecida por el viento creando olas como las del mar. Cuenta como, si uno se fija bien, puede encontrar lugares en los que, sin embargo, parece haber una tensión, parecen estar estáticos en el tiempo. Las briznas que centellean bajo la luz del sol no ondulan como aquellas a su alrededor pues, aunque nadie lo pueda ver sujetan cadenas.

Y su relato sigue, lamentando la inexistencia de las suficientes palabras como para describir lo que contempló. Dice que, si tuviera que atreverse a usar su mayor virtud e intentar transmitir a la gente lo que vio, diría que el cielo se tornó de colores que sonaban como el viento del bosque. Que apareció una estructura flotando en el aire, pero recia como una encina. Y que la criatura que les dio la bienvenida tenía la belleza del abrazo de una madre.


El golpe en la mesa que da el guerrero se escucha por toda la taberna. Ha tomado, quizás, un par de cervezas de más. Pero proclama a voces cómo venció peligros inigualables en un lugar al que solo acceder ya es un reto en sí. Habla de salas que cambian, de enemigos que actúan de forma extraña, de misterios que resolver.

Su voz llega a todo el mundo, aquellos que le escuchan activamente y aquellos que no. Vocifera sus aventuras, exaltado y envalentonado por el alcohol en sangre. De sus acompañantes, solo una estuvo con él en aquella extraña edificación en la que la realidad misma se ve tergiversada. Y ella intenta contener la risa, mira a otro lado y evita recordarle cómo se asustó con algunos de los retos.

Sabe que el aguerrido luchador se echó al suelo y cogió la poca hierba que había cuando tras cruzar una puerta aparecieron en una roca flotando en el aire, rodeada de otras iguales. No había tenido tanto miedo al subir, pero al parecer las vistas desde ahí arriba eran suficientes para dejarle incapaz de moverse. Así que ella calla, disimulando una sonrisa y dejándole crecerse en sus hazañas. Ya le recordará luego su versión propia.


La monje medita, la suave brisa moviendo su pelo en consonancia con su cuerpo, como si fluyesen siendo uno solo ella y los elementos. No va en contra del viento, va con él, aprovecha su energía para moverse. Sus ojos están cerrados, pues sabe que no hay peligro cerca y que, si lo hubiera, podría oírlo llegar.

Es en momentos como ese en los que recuerda la torre. Aquel lugar al que llegó cuando estaba perdida, cuando su vida no tenía sentido y ni siquiera sentía una conexión con la gente con quien viajaba. Su mente vaga hasta el momento en el que entraron en el lugar que la cambió por completo, esa sala en la que parecía no haber nada atándoles al suelo, dónde flotaban y para moverse tenían que manejar el aire mismo.

Han pasado muchos años. Se ha encontrado a sí misma. Y aunque en su grupo actual solo haya una persona de las que pasaron esa experiencia con ella, está orgullosa de que esa persona sea ahora su esposa. Porque la Torre Invisible le cambió la vida en más sentidos de los que esperaba.

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El agua estaba helada, pero su cuerpo parecía estar demasiado cansado hasta para temblar. Lo notaba especialmente cuando realizaba incluso el más leve de los movimientos, su piel dejando de rozar y exponiendo la zona al frío. Por eso seguía encorvada, las rodillas contra el pecho y los brazos alrededor de las piernas. Sí, por supuesto que era por eso.

Podía escuchar a Akhmelia hablando, sus palabras llenando el silencio, pero ninguna parecía quedarse, pasaban a través de su cabeza como si nada las detuviese. Las agitaciones del agua cuando la semikobold gesticulaba sonaban cerca de sus oídos. Con la nariz pegada a las rodillas estaba bastante cerca de mojarse la cara.

Tenía la mirada perdida, fija en algún punto en el lateral, y claramente no estaba prestando atención a lo que pasaba en la sala. No, su mente estaba en otro sitio, en otro momento. Porque por mucha agua que usase no iba a poder limpiar toda la sangre. Sabía que debajo de sus uñas aún quedarían restos, que su pelo era demasiado espeso como para limpiarlo rápidamente y que luego olería igualmente.

“Dalharil.”

Pero su nombre pareció captar su atención. Akhmelia había dejado de moverse y parecía estar diciéndole algo directamente. Siguió hablando.

“Que yo sé que me voy a convertir en un dragón grande y que esta bañera me acabará sirviendo, vamos, para usarla de vaso, pero de momento estoy pequeña. Que te puedes estirar un poco, vamos.” Gesticuló señalando el espacio sin ocupar que había entre las dos, suficiente para que, al menos, las rodillas dejasen de tocarle el pecho a la semidrow.

La aludida abrió la boca, tratando de articular sus pensamientos, pero todos querían salir a tropel. “Ah…” acabó diciendo, notando como si tantas cosas queriendo ser dichas hubieran provocado un atasco que impedía el paso de ninguna.

Akhmelia ladeó ligeramente la cabeza, la preocupación asomando en sus ojos. “Dalharil, ¿estás bien?” Su mano derecha hizo un amago de acercarse, pero la paró a medio camino, dejando la decisión para que la tomara la otra.

La semidrow frunció levemente el ceño, pensando qué responder. Una parte muy dentro de ella quería responder que sí, que estaba bien, que no era débil. Esa parte sonaba un poco asustada y joven, la verdad. Otra parte gritaba que no, que no estaba bien y que llevaba mucho tiempo no estándolo. Esa era a la que solía ignorar. Una tercera parte opinaba que no quería asustar a Akhmelia, la pobre ya había tenido suficiente, como evidenciaba la enorme cicatriz que ahora le cruzaba el pecho y el cuello. Esa parte, esa sí sonaba como ella de normal.

Pero había una cuarta, una que ya no es que gritara pidiendo ayuda, es que sabía que tenía que decirlo. Que si se callaba iba a estallar más tarde, en un lugar mucho menos controlado. Que su mejor opción era admitir la verdad ahí y ahora, lidiar con las consecuencias y luego calmarse para aguantar el resto de día.

“No.” Dijo llanamente.

Sorprendentemente, eso pareció tranquilizar a la otra, que soltó un suspiro. “Vale, eso está bien. Entiendo que hemos tenido un susto y te afecte. Pero mírame, estoy bien.” Levantó las manos, gesticulando. “Es solo un rasguño.”

Dalharil alzó las cejas muy lentamente, sus ojos abriéndose acorde. No podía creer que la otra estuviera bromeando en un momento así. “Akhmelia-.“

Pero fue interrumpida. “De verdad, que no es nada. Mira, ahora tengo algo chulo que contarles a mis hermanos cuando los vuelva a ver.”

Lo intentó de nuevo. “Akhmelia-.“

Otra vez la semikobold empezó a hablar. “Ya verás la cara que pone el tonto de Akhumon cuando me vea. Fijo que flipa un montón porque-.”

“¡Akhmelia!” Y esta vez la paró, poniéndole una mano en cada hombro.

Se hizo el silencio, solo roto por el agua revolviéndose agitada por el movimiento repentino. Las dos se miraron, Dalharil pudiendo ver como las lágrimas empezaban a formarse en los ojos de su hermana pese a la sonrisa que intentaba mantener. Y sin pensar dos veces la abrazó.

Akhmelia tenía miedo, había querido ser aventurera toda su vida, había jurado que sería una gran maga. Tenía incluso aun que cumplir la promesa que hizo de convertirse en la mejor para no perder nunca más a nadie. Y había estado a punto de perderse a sí misma en el proceso. Nada estaba yendo conforme al plan, el mundo exterior era mucho más duro que en las historias que contaban sus padres.

Dalharil, por su parte, por un segundo se había sentido verdaderamente sola. Lejos de su hogar, de su familia, habiendo perdido a la hermana que había encontrado en ese sitio extraño y desconcertante. Y no solo eso, había perdido el control, tenía miedo de en qué podía convertirse bajo esas circunstancias. No quería que se volvieran a repetir, nunca, no quería ni siquiera pensarlo.

El llanto no tardó en llegar, ninguna estaría segura de a quién le fue antes, pero daba igual.

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La Fortaleza Dorada permanece oculta en lo alto del volcán, los entresijos del lugar un misterio para aquellos que no forman parte de su guardia o de los más altos cargos de las demás. Por entre sus pasillos la magia fluye, conectando al lugar mismo con la isla. La gente vive su vida allí, más o menos conscientes de la responsabilidad que cargan sobre sus hombros, porque siempre hay tiempo para que la mente sea ocupada por otras preocupaciones.

Su capitana no es una excepción. Tarla de Puerto Blanco se encuentra en su despacho ahora mismo, su pluma abandonada sobre la mesa y un informe que tenía que revisar, a medias. Se ha distraído momentáneamente cuando el anillo que lleva al cuello ha encontrado la forma de escabullirse de entre su ropa y ha acabado colgando entre ella y la mesa. Al ir a guardarlo de nuevo no ha podido evitar mirarlo un segundo, sonriendo al recordar a su marido.

Sus recuerdos la han llevado a una tarde soleada, cuando eran un par de adolescentes y estudiaban juntos en la Academia de Guardias en Salarias. Ese día habían estado viendo los diferentes tipos de relaciones simbióticas que se deban en la naturaleza entre individuos. La profesora había insistido en la importancia de algunas de estas, como las de los líquenes.

La unión de un hongo y un alga, Tarla recordaba la sorpresa general en el aula al averiguarlo. ¿Cómo podía un alga encontrarse en tierra firme, lejos del agua? ¿Y cómo podía un hongo crecer sobre materia inorgánica como rocas? Pero se lo habían explicado. El alga proporcionaba comida al hongo, producida mediante la fotosíntesis; y este protegía al alga del ambiente seco y cálido fuera del agua. Mientras estuvieran en un ambiente húmedo podían prosperar.

Por la tarde, ella y Ceidarán habían ido a dar una vuelta a ver si podían identificar alguno por el bosque. Caminaban cogidos de la mano, por seguridad, evidentemente, o eso decían. Tarla miraba a todos lados, en busca de líquenes, pero los ojos azules del otro solo se fijaban en ella.

“¡Mira!” Gritó señalando con la mano libre. Se acercó corriendo, sorteando piedras y ramas varias, el semielfo detrás de ella. Ambos pararon frente a un árbol medio caído. En su corteza se podía ver una especie de manchas verdes y amarillas. “Esto parece liquen.” Anunció ella. “Pese a que el árbol parece estar muerto puede crecer perfectamente encima.”

Ceidarán pasó la mano por el tronco, notándolo mojado. “La madera hace que retenga mejor la humedad.”

Ella frunció levemente el ceño, concentrada, y se le ocurrió una idea. “¡Ya sé!” Exclamó sonriendo de nuevo. Hizo un par de gestos con las manos, haciendo aparecer unas gotas de agua que empezaron a caer sobre el liquen como si fuera lluvia. “Así crecerá fuerte y sano. ¡A lo mejor un día llena el tronco entero!”

Su compañero no pudo hacer más que mirarla con media sonrisa, embelesado por su inteligencia y por lo feliz que se veía. “Si tú lo dices, no me importaría venir todos los días a regarlo. Aunque creo que nos han dicho que está mal eso de afectar a la naturaleza.”

Cumplieron su promesa, no todos los días porque tampoco era necesario, pero una vez al mes se acercaban a ver cómo estaba el liquen que crecía sobre ese tronco caído, “regándolo” cuando les parecía oportuno. Vieron como creció, el amarillo y el verde extendiéndose cada vez más. La última vez que lo visitaron juntos, antes de que ella fuese llevada por primera vez al que se convertiría en su hogar, cubría casi todo el tronco. Y Tarla no puede evitar pensar en la casualidad, o puede que presagio, que fue que los colores fueran los que eran.

Ajeno a esos pensamientos, a las realidades de los dos entonces-futuros capitanes que le cuidaron, un liquen sigue creciendo. Se ha extendido más allá del tronco que inicialmente colonizó, desbordando y pasando a rocas cercanas, expandiéndose. No lo sabe, pero en parte, él también es parte de la historia de la isla. O puede que si lo sepa, pues cada ser que la habita lo es, cada árbol, cada animal, cada criatura.

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“Y por aquí, un montón de pelo.” Dijo Akane señalando con el lápiz.

“No sé, Kane, ¿no es un poco furro?” Preguntó su hermana pequeña, más para picarla que porque realmente lo pensara.

La otra se hizo la ofendida. “¿Qué? ¡No! ¡Para nada!” Levantó el folio en el que había estado dibujando el diseño del que le hablaba, enseñándoselo mejor. “No es furro, es suave. Así todas las chicas guapas que nos abracen se quedarán como Oh CodeRed, que pelito más suave tienes, ¿puedo acariciarlo? y también Oh, BlueCrow, abrazarte es como abrazar un peluche, eres genial.” Fingió las voces mientras lo decía. “Es un plan increíble, no me digas que no, hermanita.”

El dibujo en cuestión eran cuatro rayajos en bolígrafo rojo hechos tras una hoja de ejercicios de matemáticas, pero eso parecía no ser un problema para la mayor de las Kaiba, que parecía muy convencida de su diseño.

“Hm… No sé, no sé…” Siguió pinchándola su hermana. “¿La cola no te parece demasiado?”

Pero ella negó de nuevo, dando toquecitos al dibujo. “Para nada. La cola es lo que le da personalidad. Quiero decir, cualquier otaco puede plantarse unas orejas y ya, pero aquí somos valientes y nos ponemos también la cola de zorro. Que vamos a competir en el DoL, no a una convención de mangas.”

A Akari cada vez le costaba más aguantar la risa. “¿Y no dará mucho calor?”

Kane se llevó un dedo a la frente, sonriendo ampliamente. “Piensa, Kari, piensa. Para eso es el crop top. Para que no dé calor.”

“Aaaaah.” Asintió, no queriendo contestar que, realmente, al ser un juego no iban a sentir calor ni frío a menos que quisieran hacerlo. “Cerebro gordo el tuyo, tata.”

La sonrisa de la otra se ensanchó. “Si es que yo ya lo sé. Tú eres la lista, en plan, del insti; pero yo soy la lista de la vida, en plan, uh… la academia de la calle o algo.”

“Sí eres.” Respondió su hermana sin poder evitar reír ella también.

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El invierno se ha instalado ya en el Imperio, tornando el verde de los campos en blanco conforme la nieve lo cubre todo. Hace frío, de ese que cala hasta los huesos por mucha ropa que lleves, lo normal con la humedad que se acumula bajo tierra, en la parte oculta del templo. Sin embargo, ella no lo está sintiendo ahora mismo, no.

Los brazos que la rodean le aportan calor, pero no solo eso. Es la sensación de seguridad lo que realmente la deja dormir en paz. Apoya la cabeza sobre el pecho de Seren, escuchando sus latidos, dejándose hacer y aceptando su cariño pese a que lleva toda su vida obedeciendo ordenes y no le han dicho que haga esto. Dalharil descubre no solo la libertad entre esos brazos, que la hacen sentir pequeña de un modo extrañamente reconfortante, también descubre el amor.

Porque cada vez que la mira, cada beso que comparten, cada roce, cada sonrisa… Cada una de esas cosas hacen que esté más segura de que es el amor de su vida. Porque ahora sabe que puede tener vida. Es extraño, si mira atrás en el tiempo sus recuerdos parecen una historia, no algo que le haya pasado. Como un sueño del que despertó gracias a la otra, dándose cuenta de que tenía opción, de que no tenía que ser lo que le decían, de que había algo más.

La ve, está durmiendo, y se pregunta si sabe lo que significa para ella. Se lo ha dicho, por supuesto que lo ha hecho, aunque le costó al principio. Pero no es eso a lo que se refiere, se pregunta si sabe hasta qué punto es realmente importante.

Nunca se lo va a confesar o, por lo menos, no aún; pero la genasi tiene su corazón en sus manos. ¿Eres consciente de ello, Seren? Se pregunta, apoyando la frente en su pecho. Me tienes. Soy completamente tuya, ten cuidado, por favor. Cierra los ojos, pero sabe que no va a dormirse aún, no con tantas cosas en la cabeza. Aunque me rompas el corazón dudo que pueda dejar de amarte. Así que sé buena conmigo, por favor.

Pero nadie es testigo de esas palabras, no las dice en alto. Solo la noche y el frío son conscientes del ceño ligeramente fruncido, en preocupación, con el que se duerme esa noche.


"Si nos vamos, nos vamos juntos. Si nos quedamos, nos quedamos juntos."

Eso fue una puta mentira, piensa Riddle mientras da otro trago a la botella de vino. No está molesto, que va. Tonterías. No le jode que su hermana les haya abandonado, si estaba clarísimo que iba a hacerlo. Tampoco le importa que su otra hermana esté destrozada por la marcha de esta. No. Para nada.

Solo que sí.

Tiene que contenerse para no tirar la botella contra la pared, no quiere que se le note y no quiere tener que limpiar luego. No quiere que nadie sepa cómo le afecta realmente la marcha de Seren, no quiere que nadie sepa el pinchazo de traición que sintió en el pecho. Y, sobre todo, no quiere hacer caso a la molesta voz en el fondo de su cabeza que grita que por qué no se fue él también.

Que se callen todos. Está harto. Nunca va a confesar lo que siente por esta situación, ni siquiera ante Dalharil, ni siquiera para sí mismo.

Da otro trago, la botella está vacía.

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No tiene sentido.

Tras tanto tiempo ocultándose, tras el destino volviendo a meterse en su camino, tras despachar a aquellos que han ido a buscarla… Angélica ha vivido mucho, desde intentos de asesinato hasta enamorarse dos veces, pero nada la ha preparado para… ese peculiar grupo de aventureras.

Porque desde que se encontraron a la Emperatriz han vuelto a estar en el punto de mira (¿se llegaron a ir siquiera?). Han sido, ella especialmente, objetivo de varios asesinos. Por eso lo último que esperaba cuando encontraron a esas cuatro era que fueran… bueno…

Álex sigue riendo, una mano tapándose la boca para intentar no hacer tanto ruido y la otra sujetándose el pecho. Angélica espera que no se haya apretado demasiado las vendas o le estará doliendo. Pero la cosa es que Álex se está riendo con ellas porque, pese a estar en una situación delicada se han puesto a hablar de cagar.

Le echa un vistazo a Apsion, una mirada de las que hablan sin necesidad de palabras. Le pregunta qué opina. Él hace un ligero encogimiento de hombros y si no fuera porque le conoce, diría que está molesto. Pero sabe que realmente no es así.

La broma sigue un buen rato, el suficiente como para que tengan que parar porque Álex no puede seguir andando. Y Angélica se pregunta si en serio esto es lo que le quiere tirar ahora el destino. No un grupo de guerreros en busca de su cabeza y que quieren rescatar a la emperatriz. No un ejercito que la busque como líder.

Una elfa demasiado sincera, una tabaxi estúpidamente parecida a Cumbre, una tiefling que no habla casi y una genasi que actúa como si fuese la hermana separada al nacer de Álex.

No pasa nada. Está bien. Angélica ha lidiado con todo lo demás, seguro que puede con estas cuatro y las intenciones que puedan ocultar. Pero eso no quita que la situación le parezca absurda como poco.

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El sol bañaba su piel, pero no le importaba porque estaban jugando en un pequeño lago así que no tenía calor. Lyrial reía haciendo toboganes por los que tirarse ella y sus amigas, haciendo fuentes, haciendo cascadas de la nada.

Al cabo de un rato decidió descansar, sentándose en la orilla, al lado de Seren. “Jo, me lo estoy pasando muy bien.” Le dijo a la genasi, que sonrió de vuelta. “Os echaba mucho de menos, me alegro de que hayáis podido venir.” Quería apoyar la cabeza en su regazo, pero sabía que no era buena idea, algo en su interior se lo decía.

Pero antes de que esos pensamientos pudieran tomar forma, sintió la mano de la otra acariciarle el pelo, dejándolo más mojado de lo que ya estaba a su paso.

“Gracias, me hacía falta.” Susurró. “Desde que os fuisteis ha sido todo muy difícil…” Por un momento, una expresión sombría cruzó su rostro, pero fue pronto reemplazada por una de felicidad. “¡Pero habéis vuelto! ¡Ahora todo irá bien! ¿Verdad?”

La genasi asintió y Lyrial pudo ver como refractaba la luz del sol, pero en un parpadeo lo ignoró.

“¡Venga! ¡Volvamos al agua!” Dijo levantándose.

Las otras empezaron a moverse de nuevo, habían estado quietas durante el intercambio entre Seren y Lyrial, muy quietas, sus formas casi deshaciéndose.

Pero la elfa no había dado ni dos pasos cuando pudo sentirlo. Había alguien más allí. Alguien que no debería estar. Alguienes, de hecho. El agua a su alrededor empezó a vibrar, creando ondas que nacían de sus pies. No era amenazador, de momento, pero podía llegar a serlo.

“¿Quién está ahí?” Preguntó, mirando en la dirección en la que había sentido la perturbación.

Un grupo apareció, poco a poco. Portaban armas, pero enfundadas aún. No les reconoció, sin embargo, su ropa sí la identificó como aquella que llevan los miembros de su templo. Se acercaron con cautela, sus pies sin llegar a tocar el agua.

Lyrial se puso tensa, sabía a qué venían, sabía que la buscaban. No era la primera vez, no iba a ser la última tampoco.

“Mi diosa…” El que iba delante hincó una rodilla en el suelo, haciendo una reverencia. “Hemos venido a buscarla. Necesitamos que vuelva.” Pero pese a sus palabras amables el resto de grupo estaba empezando a llevarse las manos a las armas.

Ella frunció el ceño. Sus amigas o, mejor dicho, las copias de agua de ellas, se pusieron a su lado, en posición lista para la pelea. El agua empezó a subir, creando brazos en el aire que amenazaban con atacar en cualquier momento. Su respuesta fue simple, corta.

“No.”

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Una mano extrañamente material pasó un dedo por sobre una hoja que estaba a punto de caer, sintiendo como el más leve soplo la podría hacer desprenderse del árbol. Se planteó por un momento hacerlo elle misme, pero no quería quitarle trabajo a quién había venido a buscar. Así que con una sonrisa ligera en sus labios se apoyó en el tronco, sabía que era cuestión de tiempo que apareciese.

Pero los segundos empezaron a convertirse en minutos y los minutos en horas. O puede que realmente no, el tiempo era algo que no controlaba del todo cuando estaba en esa forma. La cuestión es que empezó a aburrirse, así que decidió entretenerse.

“En’Kiiiiiiil.” Llamó cogiéndose con una mano de un árbol y dando una vuelta a su alrededor cambiando el peso de su cuerpo para impulsarse. “¿Estás? Tenemos que hablaaaaar.”

Bajar durante esos meses era una sensación extraña para el verano. Por un lado, le gustaba ver a su familia trabajando, sobre todo a él, le recordaba que era importante lo que hacían. Pero, por otro lado, era ver cómo se marchitaban los frutos de su trabajo. No era lo mismo con Nae, cuando bajaba durante el dominio de ella estaba todo tan diferente que no podía reconocer nada de lo que había estado haciendo elle unos meses antes. Sin embargo, ahora podía ver en senescencia las hojas que su hermana había hecho nacer y elle había seguido cuidando durante su tiempo.

Dio otra vuelta, esta vez en dirección contraria, sus pies moviéndose al ritmo de una canción pegadiza, pero de la que no recordaba la letra. “En’Kiiiiiiil. No me hagas buscarte que creo que estas plantas se confundirán si de repente les llega el calor de nuevo.”

Esperó una respuesta, escuchando solo un silencio de los que se oyen únicamente en un bosque deshabitado. Apartándose los rizos dorados que le caían sobre la frente bufó. No le dejaba otra opción, así que iba a tener que usar sus poderes, aunque eso hiciera que subiera la temperatura momentáneamente en el ambiente, un poco de verano colándose en el otoño.

Pero justo en el momento en el que empezó a mover las manos, liste para llamar a los poderes terrenales que le unían a ese bosque, pudo oírlo. El sonido de pezuñas contra el suelo, acercándose a gran velocidad. Fey’Ael no pudo evitar sonreír, había picado al otro. Bajó las manos, girándose en dirección al ruido.

En cuestión de segundos apareció una imponente figura de entre los árboles. Su piel parecía hecha de madera quebradiza que se recomponía a cada movimiento, una espesa capa de hojas con la tonalidad del fuego cubría lo que sería su cabeza y su espalda. Tenía unas patas alargadas y con articulaciones cambiantes, que se adaptaban cada momento para correr o trepar. No se podía averiguar una expresión en su cara, pero Fey sabía que eso era normal en En’Kil, aunque diese más impresión con sus ojos ambarinos y primales que con los ojos avellana a los que estaba más acostumbrade.

“Hola, guapo.” Saludó el verano.

La respuesta llegó directamente a su cabeza, y aunque sonó como pasos sobre hojas recién caídas pudo entenderlo. “¿Qué quieres? ¿Por qué bajas a amenazarme con romper el equilibrio?”

Fey’Ael le dedicó su mejor sonrisa. “Oh, vamos. Era una broma, solo quería que vinieras rápido.”

Los ojos del otro estaban fijos sobre la corteza que formaba su piel, sin embargo, el gesto de ponerlos en blanco fue más que evidente. “¿Por qué? ¿Qué pasa?”

“Jo, hermanito.” Contestó con falsa molestia le rubie. “Vale que es parte de tu dominio, pero no hace falta que respondas a todo con preguntas.” Se encogió de hombros. “Nae ha dicho que Di la ha avisado de que viene esta noche y alguien tenía que decírtelo a ti, así que me he ofrecido voluntarie.” Sonrió de nuevo, mostrando todos sus dientes, lo cual no era del todo reconfortante porque había aspectos que puede que le hubieran fallado al hacerse pasar por humane esta vez… No, definitivamente les humanes no tienen dientes acabados en punta. “¿No te alegras de verme?”

El sonido de hojarasca moviéndose se intensificó. “No.”

Pero no hacía falta ser Athe’Ke para interpretar la savia que empezaba a brillar en la corteza justo debajo de los ojos del otoño.

“Wow, que mal se te da mentir.” Rio Fey. “Yo también me alegro de verte.” Le miró de arriba abajo, parándose a fijarse en los detalles. “Esa forma te queda bien.”

El otro se quedó callado, pero los árboles a su alrededor empezaron a agitarse, como si se hubiese levantado viento, cosa que no había pasado. La savia en las mejillas de En’Kil empezó a desbordar sin que él lo supiera.

Con una última sonrisa y sabiendo que era mejor no pasarse de la raya, sobre todo estando en un cuerpo de mortal, el verano sonrió por última vez. “Bueno, avisado estás ya.” Pero puede que fuera porque le gustase el peligro o puede que fuese porque era une cabroncete, Fey añadió con un guiño “No llegues tarde,” justo antes de desaparecer.

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El jardín de la casa de los Meprazzo es, sin duda, el más bonito de toda la calle, faltaría más siendo el mejor atendido. Todos los días varios jardineros se ocupan de él, regando las plantas, podando los setos, mimando las flores desde que aparece el capullo hasta que florece. No hay ni una hoja fuera de lugar, ni un pétalo marchito sobre el césped.

No solo mantiene su frescura en primavera y verano, pues el servicio se ha ocupado de conseguir una gran variedad de plantas para que en cualquier época estén en floración. Tienen hasta algunas que han traído de otras islas, con un permiso especial firmado por la Guardia Esmeralda y que les responsabiliza en caso de que a causa de una negligencia acaben extendiéndose.

En resumen, sea cual sea el mes se puede ver un vergel en el patio de la casa de los Meprazzo. Sin embargo, pese al arcoíris de flores que se ve desde todas y cada una de las ventanas que dan al exterior, hay un tono que no está presente.

El rosa.

Lady Meprazzo no dijo nada al respecto o, mejor dicho, no dijo nada en general; pero el servicio pensó que era lo mejor teniendo en cuenta su estado. Así que desde hace cinco años nada que pudiera recordarle a su hija ha entrado por la puerta de esa casa. Cinco largos años en los que si no podían estar Rinka y Sylek jugando en el jardín tampoco iban a poder las rosas ni los hibiscos.

Por desgracia, ella no podía saber que su hija ya no era una planta decorativa, no era un clavel ni un astilbe. Que no había aguantado vivir bajo la presión que reinaba en la casa. No, la joven Meprazzo había huido, tornándose una planta de montaña como el brezo o el cardo. Haciendo crecer espinas a su alrededor para protegerse, aunque ella insistiese en que era para atacar a los demás. Una rosa con otro nombre, pero con la misma defensa.

Pero siempre hay gente dispuesta a pincharse. Tanto para cuidar a la flor como para intentar arrancarla. La joven de piel rosada y cabellos rubios que ahora descansa en una de las habitaciones de la Catedral Perla haría bien en tenerlo en cuenta. Tanto por el joven Sylek que la quiere ayudar aún a riesgo de acabar preso él mismo, que muestra su corazón sin tapujos y está dispuesto a perderlo todo por ella. Como por la Capitana Lantana y su otro amigo de la infancia, el ahora Paladín Perla, Remiel, quienes han puesto en juego su propia posición, su integridad y la de su guardia, al esconderla. Así como por el hombre armado con un machete que se acerca a su habitación camuflado por un hechizo de invisibilidad, al que sus vigilantes no van a ver y que va a forzar la cerradura.

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Un suspiro escapa de sus labios en el momento en el que deja de escuchar la voz de Riddle. Está tensa, suele estarlo siempre que hablan, pero le parece que lo está más de lo normal. Mira la media luna de cuarzo que descansa sobre su mano ahora mismo, esa en la que no puede evitar pensar de vez en cuando.

¿Por qué la tiene aún? No quiere unirse a los negocios turbios de su hermano, debería tirarla. Pero una parte pequeña de ella se niega, una parte que le dice que no está mal querer algo más fácil, querer una vida más segura. ¿Tan terrible sería si le dijera que sí?

Por desgracia, sabe la respuesta a esa pregunta. Aceptar esa oferta es renunciar a lo que cree, es deshacer todo el camino que ya ha hecho. ¿Pero realmente lo ha hecho? Ahora mismo está en una misión en la que la han contratado para que mate a alguien... No puede evitar soltar un quejido a la vez que se guarda el colgante de nuevo. Todo lo que ha hecho y parece ser nada.

Mentira. Si es algo, sí ha avanzado. No va a matar a nadie, eso lo tiene más que claro. Va a demostrar que no es la misma persona que hace diez años, que es capaz de hacer otra cosa con su vida por mucho que su pasado no deje de intentar volver. Coge aire con determinación y empieza a andar de vuelta hacia el grupo.

Pero de repente puede volver a oír la burla en la voz de Riddle, la forma en la que la ha pinchado por haber seguido investigando. No le tenía delante, pero podía perfectamente imaginar su sonrisa, esa misma que pone cada vez que la llama tonta. Esa que, de ser cualquier otra persona, le hubiera hecho ganarse más de un bofetón. Y Seren se queda quieta de nuevo, un segundo, para volver a andar tras sacudir la cabeza.

No quiere darle vueltas, no ahora. Tiene demasiado en lo que pensar ya con todo lo de la futura emperatriz, con Taliran amnésica… No es el momento de pararse a analizar por qué exactamente ha insistido tanto en averiguar dónde estaba… ella.

Porque está claro que lo ha hecho por Riddle. ¿Por qué si no iba a hacerlo? Es algo que le ha afectado mucho y para Seren es como su hermano, no quiere verle mal. No hay ningún otro motivo oculto ni sentimientos que puedan estar afectando a su toma de decisiones más allá del vínculo fraternal que la une al semidrow. Por eso era importante, como le había dicho.

Ya, está claro que es importante.

Ha habido sinceridad en su voz, no burla. Como aquella noche que habló con él desde la azotea de un hotel en la capital y le dijo que se alegraba de que volviese a pronunciar cierto nombre. Es tan raro oír a Riddle decir algo sin ese tono suyo habitual que hace que cuestiones todo, que cuando lo hace es muy evidente. Así que no tiene dudas de lo que ha escuchado. Frena de nuevo.

La verdad es que así le es cada vez más difícil convencerse de que lo hace solo por él. Le rondan dudas de por qué cierta semidrow ha estado protegiéndola, evitando que enviaran asesinos a por ella. Cierra los ojos y los recuerdos acuden a ella en torrente, haciéndola preguntarse si sus dedos se sentirían igual entrelazándose a los suyos ahora que hace diez años. Porque su corazón late por las posibilidades que se han abierto, por poder volver a verla. Porque sabe que nunca ha tenido realmente cierre y la posibilidad de algo más allá la aterroriza y la hace tener esperanza a partes iguales.

Haber dicho su nombre en alto, aunque solo una vez, ha hecho que empiecen a picarle los labios, como si quisieran decirlo de nuevo, como si tras años durmiendo ahora tuviera un avispero en la garganta deseando salir. Pero no lo deja y eso solo hace que la piquen, dándole una sensación desagradable. Forma la palabra en la boca, aunque sirva de alivio temporal, y su mano inconscientemente busca el colgante. No está lista para admitirlo, no aún por lo menos, pero la echa de menos.

“Dal…”

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No va a gritar. No va a darles ese placer.

Otro golpe. El cuero chocando contra su espalda y abriendo la piel a su paso. La sangre que ya mancha el látigo salpicando todo, uniéndose a los pequeños charcos ya formados por los regueros rojos que se le deslizan piel abajo.

Otro golpe. Sacudiéndole entero y obligándole a coger aire bruscamente. Está temblando involuntariamente, el brazo apenas le responde. El dolor es paralizante, pero no va a gritar.

Otro golpe. Dientes apretados y sabor metálico en su boca. Pelo delante de su cara, suelto, que han apartado para dejarle al descubierto y poder darle lo que consideran su merecido.

Otro golpe. Puntos negros apareciendo en su campo de visión. No sabe si quiere perder el conocimiento o no. No les quiere dar la satisfacción, pero duele demasiado.

Otro golpe. Y otro más. Y ya no recuerda cuántos llevan.

Otro golpe. Riddle nunca en la vida ha deseado tener dos brazos tanto como en ese momento, colgando de solo el derecho. El dolor es insoportable y está bastante seguro de que no solo su piel está siendo magullada.

Otro golpe. Pero lo que más miedo le da es lo que sea que hay en el grillete que le encadena al techo. Porque cuando se lo han puesto ha sido como dejar de oír, como dejar de ver. Lo ha sabido al momento porque la magia es algo tan natural como respirar para él y han cortado su conexión con ella.

Otro golpe. Y el ambiente opresivo a su alrededor. Cabrones. Han ido a por él sabiendo cómo. Quiere gritarles que no les hacía falta limitar sus habilidades, que no las habría usado igualmente porque no quiere descubrirse aún. Pero aprieta los dientes más, añorando esa sensación arcana en la punta de sus dedos.

Otro golpe. Esto no es un simple castigo. No se tomarían tantas molestias, no intentarían evitar de forma tan activa que respondiera. Están preparados, han sido conscientes de a por quién han ido, demasiado conscientes. Como quien se prepara para un animal al que sabe que no puede cazar.

Otro golpe. No va a gritar, aunque el aliento empiece a fallarle.

Otro golpe. Y le dan la vuelta. Su espalda choca contra la piedra, clavándose las irregularidades de la misma en las heridas, que escuecen con el roce. Su piel grita y elle intenta reprimirse, pero puede sentir la sangre en su boca, fruto de morderse el labio.

Otro golpe. Esta vez con la empuñadura del látigo, contra su cara. Au, eso va a dejar marca. No puede evitar pensar, escapándosele una pequeña risa histérica ante lo estúpido del pensamiento. Como si los latigazos no fueran a dejarla. Aguanta las lágrimas lo mejor que puede, no quiere darles el placer.

Otro golpe. Pero, por primera vez, no sobre su piel. Algo ha caído al suelo. Dirige la mirada y puede ver lo que, a primera vista, parece una serpiente, pero resulta ser el látigo. Mira de nuevo a la persona que tiene enfrente, sabiendo que si lo ha soltado es porque tiene otra cosa en la mano, y se encuentra cara a cara con el metálico filo de una daga.

Otro golpe. Este a la moral conforme escucha las palabras “Y esto para que nunca lo olvides.” Siente el frío contra su mejilla, pero antes de que pueda reaccionar el dolor se sobrepone. No consigue evitar gritar.

Otro golpe. El cuchillo ha caído al suelo junto al látigo, pues ya ha hecho su trabajo. Y se escuchan pasos alejarse, dejando a le semidrow colgade. Este tiembla, sintiendo el salitre de sus lágrimas en el corte abierto, jurando venganza. Porque no hay nada más peligroso que un animal acorralado.

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“Dalharuk.”

Puede sentir su sangre helándose conforme escucha ya no solo su nombre, también el tono con el que es pronunciado. Esconde inmediatamente el laúd con el que estaba trasteando y hace desaparecer su mano de mago. Se queda de pie cara a la puerta, pero con la mirada hacia abajo, y no tardan en aparecer dos personas.

Puede ver unas botas grandes y desgastadas, que reconoce perfectamente como las de Gorell, el líder de su gremio. Se ha quedado parado en la puerta con pose firme y puede ver sus manos apoyadas en su cadera. Pero a su lado hay otro par de botas, más oscuras y estilizadas. Unos pies que dan golpecitos impacientes en el suelo, como si no tuviera tiempo que perder ahí. Y el joven traga saliva, sabía que tarde o temprano tenía que pasar, que había cometido un error y le iban a castigar.

El goliath vuelve a hablar. “Dalharuk, tu padre quería decirt-.“ Pero es interrumpido por el drow.

“Llámame por mi nombre. No soy padre de esto.”

Y aunque no puede ver su cara, tanto por el ángulo en el que está mirando como por miedo a que empeore su castigo, el joven siente el frío en sus palabras, el odio.

Gorell suspira, cruzándose de brazos. “Veldorn quería decirte algo.”

Él solo asiente, mostrando que está prestando atención, pero su mirada sigue fija en el suelo, dónde siempre le han dicho que tiene que estar. Para su horror puede ver como empieza a caminar en su dirección, acortando la distancia entre ambos. Le cuesta, pero hace su mejor esfuerzo para permanecer quieto y no salir corriendo. Cuando para, puede ver las botas de él justo delante de sus propios pies, la diferencia de tamaño es considerable.

Aunque no lo ve siente su mirada clavada en él al escucharle hablar.

“Así que te gusta mirar, ¿no?” Esa voz que le suena como un cuchillo siendo arrastrado por un cristal le habla, a él, directamente. Y no recuerda cuándo fue la última vez, cuánto tiempo ha pasado, pero sí sabe que lo último que le dijo fue una amenaza.

Ni se te ocurra mirar al resto, a ninguno, pero en especial ni se te ocurra mirarla a ella. Si la miras a ella acabaré contigo como debí haber hecho el día que llegaste aquí.

Sabe a qué se refiere su padre, sabe que va a matarle por ello. ¿Dónde está Seren? ¿Si lo pide le dejarían despedirse de ella? ¿Puede al menos dejarle una nota? Siente lágrimas amenazando con salir y las palabras muriendo en su garganta. Está completamente bloqueado.

“¿Ni siquiera me vas a responder? ¡¿Qué falta de respeto es esta?!”

Escucha la voz, pero su mente no acaba de procesar lo que dice. Cuando quiere darse cuenta una mano le ha cogido de la mandíbula y le está obligando a mirar hacia arriba. Siente dedos afilados clavarse en su piel, uñas que seguramente vayan a dejar marca durante un rato. Y puede verlo.

Unos ojos del mismo color azul que los suyos se le clavan, haciéndole sentir como un animalillo que ha caído en un lago helado. Como si hubiera hielo resquebrajándose bajo sus pies y cediendo ante su peso, su cuerpo entrando al agua gélida que agarrota sus músculos y no le deja hacer nada.

El movimiento es rápido, una mano oscura se levanta, lista para golpearle. Pero el bofetón no llega. Antes de que pueda hacerlo otra mano, esta de un gris más claro, le para.

“Veldorn, querido, ¿no habíamos quedado que a Dalharuk me encargaba de disciplinarlo yo?” En la cara de Gorell está la sonrisa más falsa que el pequeño semidrow ha visto en toda su vida.

El otro se sacude, o al menos lo intenta, pero el goliath no parece muy dispuesto a soltarle. Cruzan sus miradas en un choque de amenazas calladas. Deja en paz al niño, parece decir Gorell. Hago lo que quiero con mis cosas, responde Veldorn. Pero, finalmente, el drow se aparta de mala gana, recibiendo a cambio la libertad de su muñeca.

Se sacude el polvo de forma exagerada, limpiándose las solapas del chaleco. “Bueno,” empieza a decir, “si tanto te gusta mirar tengo buenas noticias.”

El pequeño es muy listo, siempre lo ha sido, si no probablemente no hubiera sobrevivido. Pero no le hace falta serlo para saber que lo que le vaya a decir no son buenas noticias. No responde, sabe que es lo mejor.

“Vas a venir a un sitio muy especial y vas a poder verla a ella.” Y se ríe.

Tras decir esas palabras Veldorn solo se da la vuelta y sale de la sala, aún riendo por lo bajo. Gorell no puede evitar reprimir un sonido reprobatorio que el joven semidrow llega a escuchar. No sabe aún por qué, pero sabe que si le van a dejar verla es algo malo. Tiene los ojos cerrados, intentando evitar que salgan unas lágrimas que lleva aguantándose un buen rato, por eso le sorprende el peso de una mano en su espalda. Ha aprendido ya que es peor apartarse, pero no puede evitar tensar los hombros.

Sin embargo, la voz que le habla es dulce y no parece haber maldad en ella. O, si la hay, está tan bien escondida como el templo.

“Bichito, no te preocupes, ¿vale?” Gorell se ha agachado para ponerse a su altura y le está mirando. “Me he encargado de que no te pueda hacer nada, tú vas a estar bien, ¿de acuerdo?” El niño asiente, haciendo que el goliath le sonría con aprobación. “Ahora tenemos que ir a un sitio, va a ser desagradable, pero a ti no te van a hacer nada. Solo tienes que estar muy callado y todo irá bien.”

Vuelve a asentir. Pero por algún motivo no acaban de tranquilizarle sus palabras. No le cree. No puede no haber ningún castigo después de lo que ha hecho. Pero Gorell nunca le ha mentido así, tan descaradamente. Además, ha evitado que le pegasen ahí mismo.

Pensando en todo eso siente como la mano empieza a tirar de él hacia adelante, haciéndole empezar a andar. Caminan por varios pasillos, él mantiene siempre la vista en el suelo por miedo a cruzarse con alguna de las personas a quienes tiene prohibido mirar. Y cuando se da cuenta de hacia dónde van puede ver que Gorell le ha mentido.

Reconoce esos pasillos, reconoce las manchas en el suelo, el desgaste y las marcas de arrastre. Puede que alguien que vaya con la cabeza más alta no lo sepa, pero el suelo de delante de la sala donde castigan a la gente tiene un color diferente. Los restos de sangre deben haber permeado en la piedra, cambiando su tonalidad ligeramente.

Se atreve a levantar la vista solo para mirar a Gorell, extrañado y con el miedo reflejándose en sus ojos. Pero él acaricia su espalda con la mano que le guía, de forma extrañamente reconfortante, y niega con la cabeza.

No lo entiende, ¿si no van a castigarle a él por qué le llevan allí?

Todo cobra sentido cuando abren la puerta y puede escuchar el primer grito. No porque sea el primero que escapa de sus labios, como evidencian las marcas de tortura en su cuerpo. Porque es el primero que oye él.

Con las manos atadas a un poste de madera y el pelo pegado a su frente por el sudor, allí se encuentra ella, Dalharil, la primera. Veldorn supervisa a una persona que él no reconoce y que está golpeando a la joven.

El niño siente la bilis subir por su garganta y el impulso de salir corriendo, pero la mano que antes le guiaba ahora está sujetándole con fuerza férrea. No le dejan irse y no puede apartar los ojos, horrorizado ante lo que está viendo.

“¿No te gusta mirar?” Pregunta de nuevo Veldorn, reparando en su presencia. Su sonrisa es perturbadora. “Pues vas a poder ver bien lo que le va a pasar por haber hablado contigo.”

Y el joven semidrow se da cuenta del castigo que le ha tocado; de que Gorell sí le ha mentido porque dijo que no le iban a hacer nada, pero eso sí es algo.

No sabe cuánto tiempo pasan allí, no sabe cuánto dolor escucha. Pero es en ese momento, en esa sala de torturas, cuando nace una chispa en él. La llama que se enciende en la oscuridad de un templo clandestino, la esperanza y a la vez la amenaza de destrucción. La alimentan los gritos de la que por sangre es su hermana, pero no ha conocido nunca. Lo tiene claro ya, como si toda su vida hubiera vivido con el velo del miedo tapándole los ojos y ahora acabasen de quitárselo.

Los años pasaran, el niño empezará a llamarse La Araña, dándole un poco la razón a Gorell que le llamaba “bichito”. Empezará a llamarse Riddle también, nadie sabrá lo que oculta o lo que sabe, sembrará el misterio allá donde vaya. Nacerá La Luna Blanca, tanto la organización como el apodo. Y la llama de la venganza seguirá creciendo en su interior, tornándose una fogata. Una que amenazará con acabar tanto con El Sol Oculto como con él mismo en el proceso.

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La lluvia cae incansable, encharcando el camino y haciendo difícil su tránsito. La visibilidad, ya de por sí reducida por el atardecer, se ve mermada por la cortina de agua que no deja ver más allá de unos metros. El Capitán Esmeralda cabalga, aún así, lo más rápido que puede sin comprometer la seguridad de su montura. Sabe que la lluvia es buena, que es necesaria para mantener sana la isla y sus ecosistemas, pero no puede evitar maldecir por lo bajo la coincidencia de que justo ese día haya una tormenta.

Puede oír a Lafaiz desde su espalda. “Ceidarán, te recomiendo encarecidamente que paremos hasta que deje de llover.”

No le responde, sus sentidos están puestos en seguir el camino. Si se desvía perderá tiempo, y no puede permitirse eso ahora mismo.

Su arco vuelve a hablar. “Ceidarán, de verdad, que no puedes llegar junto a ella si nos alcanza un rayo y corriendo es más fácil que nos den.”

“No hay tormenta eléctrica.” Contesta simplemente.

Puede oír un suspiro por parte de su arco, que sabe que es con su propia voz y que lo hace por pura teatralidad. Se calla el comentario sobre que sigue siendo peligroso, sabe que no le va a convencer, así que intenta otro frente. “No ha dicho que estuviera en peligro o enferma, no entiendo por qué quieres llegar tan deprisa.”

De nuevo, no obtiene respuesta.

“Ceidarán, la próxima vez que la vea le tendré que decir a tu madre que estás siendo un irresponsable.”

Pero solo se escucha el galopar del caballo. Lafaiz se resigna, sabe que nada va a calmar a su dueño y no le apetece dar otro de sus monólogos titulados “Ceidarán, deberías cuidarte más, dormir y comer lo que una persona normal de tu edad”. Ya se imaginaba que no iba a hacerle entrar en razón, pero lo había intentado al menos. Era complicado cuando, hacía unas horas, había recibido una llamada de Tarla con el hechizo especial de las guardias. La Paladina Ambar le había pedido que fuera a la Fortaleza Dorada cuanto antes, pero se había negado a explicarle por qué, solo diciendo que tenía que decirle algo.

Esta vez el Capitán Esmeralda no rechaza el teletransporte que le han preparado. Así que cuando llega a Villa Alta deja el caballo y se dirige al lugar indicado. En menos de diez minutos está bajo un cielo naranja por el que no cae agua. Él, sin embargo, está mojado, pero no le importa porque su principal prioridad ahora mismo es verla a ella y asegurarse de que está bien.

Apenas saluda al tabaxi que sale a recibirle, cruzándose con él y murmurando un “Hola” seco.

“¡Capitán Esmeralda!” Le llama Madera de Caoba, girándose para seguirle. “Le estábamos esperando, pero no tan pronto. Le puedo indicar dónde está mi Pala-.“

Pero nada más le alcanza él habla. “¿Dónde siempre?”

El tabaxi asiente. “Sí, Capitán Esmeralda, mi Paladina está-.”

De nuevo, no le deja terminar. Empieza a correr, su capa pese a estar mojada ondeando tras él. Sabe dónde buscarla, no le hace falta que le guíen. Cuando por fin llega a las puertas del balcón encuentra a su mujer hablando con el Capitán Laranthir, sus manos entrelazadas con las de él. Tarla de Puerto Blanco, actual Paladina Ambar y su mujer, se gira para mirarle con una sonrisa cálida que Ceidarán siente que es capaz de quitar el frío que el agua de lluvia le ha calado hasta los huesos.

Laranthir ríe levemente viendo el intercambio, la cara de sorpresa de Ceidarán resultándole especialmente graciosa, y es una risa elegante, amable. Se lleva una mano a la boca, intentando ocultar el gesto, aunque no pasa desapercibido. Se gira para mirarle también, soltando a la joven que tiene delante. “Le dejo con mi Paladina, Capitán Esmeralda. Tengo entendido que tienen que hablar.” Empieza a andar, pasando por su lado y aprovecha para ponerle una mano en el hombro a modo de apoyo. “Vamos, Capitán, arréglese un poco para ver a su mujer.” Y la mano que tiene sobre él brilla momentáneamente en dorado, haciendo que toda el agua de su ropa y pelo se evapore.

El viejo elfo disfruta estos momentos en los que puede dejar de lado por un rato el protocolo y simplemente mirarlos y ver a un feliz matrimonio, dos jóvenes que se quieren sin tener que pensar en la responsabilidad que cargan sobre sus hombros. Desearía que pudiera ser así más veces, pero sabe que la isla aún les necesita y que los dos son igual de cabezotas, no renunciarían para poder vivir una vida sencilla y disfrutar de su amor. No, han jurado proteger Triffa y eso van a hacer, pero en algunas situaciones a Laranthir le gusta solo pensar en la parte de que son una pareja de enamorados.

Ceidarán asiente, dándole las gracias brevemente por dejarle presentable, y se acerca a su mujer. Tarla lo recibe entre sus brazos y él besa su frente. La ha echado de menos y la idea de que le pasara algo malo le había aterrorizado durante todo el viaje. Aún lo hace, aún no le ha dicho qué sucede.

Así que se separa un poco de ella, cogiéndola de las manos de forma similar a cómo lo estaba haciendo Laranthir antes. La preocupación es evidente en su gesto, en su mirada.

Tarla sonríe, mirándole desde abajo por entre sus pestañas. “Sé que te he llamado muy de repente y que te habrás asustado, aunque te he dicho que no era nada malo. Espero que el viaje haya ido bien.”

Él aprovecha que le está cogiendo de las manos para subir las de ella y depositar un beso en sus nudillos. “El viaje no importa ahora que ya estoy aquí.”

Han pasado años desde que decidieron empezar una relación, están incluso casados, pero eso no evita que ella se sonroje. Se quedan en cómodo silencio unos segundos, simplemente mirándose. Hay preocupación en el azul del semielfo, pero la luz dorada que parecen emitir siempre los de Tarla llama a la calma.

“Bueno,” acaba diciendo ella, “te he llamado porque ha pasado algo y creo que te interesará saberlo…” Trata de mantener el tono neutro, pero la felicidad se le escapa.

Ceidarán ladea la cabeza, tratando de descifrar qué quiere decir con eso. “¿Tienes alguna pista, alguna prueba de lo que ya sabemos?” La mira con una intensidad de la que solo es capaz él, la de quien tiene un propósito claro y no va a parar hasta conseguirlo.

Y a Tarla le parece extrañamente gracioso que crea que le va a hablar de eso. Porque para nada va por ahí la cosa. “No, bobo.” No puede evitar una media sonrisa. “Te he llamado aquí como tu mujer, no como la Paladina Ambar.”

Se queda pensando, sus cejas frunciéndose levemente en un gesto de concentración. No entiende qué puede tener que decirle tan urgente y que no sea un asunto de las guardias. Su cabeza sopesa las posibilidades, pero ninguna parece necesitar ser atendida con la premura que le ha solicitado. Y si Lafaiz fuese un arco entrometido, que no lo es, le diría que ella había dicho que fuera cuanto antes, no que abandonara todo lo que estaba haciendo y corriera hacia allí.

Sin embargo, todo queda claro cuando las manos de la Paladina bajan junto a las del Capitán, poniéndolas sobre su vientre, que no va a durar plano mucho más. Ella sonríe, dejando que él se dé cuenta de la implicación solo, y cuando lo hace se siente la mujer más afortunada del mundo por poder ver la cara de absoluta adoración con la que la mira su marido.

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Era sábado noche y las luces brillantes de la discoteca eran la única iluminación del local. Sonaba Thriller, de Michael Jackson, pero la gente no bailaba acorde a la canción. A fin de cuentas, Halloween solo era una excusa para hacer una fiesta de disfraces en el Pub Multiverso, conocido por sus noches temáticas.

Una joven de cabellos blancos daba tragos a su bebida, un Puerto de Indias con Sprite, apoyada en la pared mientras observaba la sala. Estaba guardando el bolso de su amiga mientras ella bailaba. Pero, por lo visto, no estaba dando las suficientes señales de “déjame en puto paz”, porque se le acercó un chico.

“Oye, no acabo de caer, ¿de qué vas disfrazada?” Preguntó él poniendo una mano en la pared a su lado.

Dalharil le miró de arriba abajo, no era quién para preguntar porque si no fuera por las dos marcas mal pintadas en su cuello ella no habría sabido que iba de vampiro. Y si bien era cierto que todo su disfraz se lo había prestado Akhmelia, al menos ella llevaba unas orejas negras que no dejaban lugar a dudas. El otro llevaba su pelo oscuro corto y una barba de cuatro días, una camisa blanca y unos pantalones negros; no es que pareciera mucho un vampiro.

Le respondió seca, fijándose en el vaso con cerveza que llevaba y que, probablemente, le había dado el valor para ir a hablar con ella. “De gato.”

“Pero,” y empezó a acercar una mano a su cara, “¿y esas cicatrices?”

No llegó muy lejos, parado por la mirada que le echó ella haciendo que bajara la mano. “No son parte del disfraz.” Puede que si Akhmelia estuviera ahí le reprochase que estaba siendo muy hostil con alguien a quien ni conocía, pero no estaba.

“¿Entonces qué-?” No llegó a acabar la pregunta.

No llegó a acabar la pregunta porque Dalharil vio por el rabillo del ojo una mata de pelo azul que conocía perfectamente. Así que le faltó discoteca para esconderse de su exnovia. Era una situación complicada y prefería evitarse la incomodidad tanto a ella como a la otra. Se pegó a un pilar, sacando el móvil para avisar a Akhmelia.

“Uy, hola.”

La voz sonó muy cerca, haciéndola saltar un momento. Había sonado en uno de los laterales del pilar. Miró y pudo ver a un chico de pelo negro y liso, que también llevaba orejas de gato y tenía incluso pintado un bigote. En sus manos sujetaba una copa con un líquido oscuro, pero no parecía haber bebido mucho, y por la forma en la que la sujetaba Dalharil no creía que estuviera muy acostumbrado a beber.

“¡Perdón por asustarte!” Se disculpó, sonando genuinamente avergonzado por ello. “Es que me estaba escondiendo aquí y has aparecido. Uh… hola, soy Lumos.”

Ella alzó una ceja, no muy segura de qué pensar, pero respondió. “Dalharil.” Tras unos segundos añadió “Si tu no me molestas yo no te molesto. ¿Trato?”

“Jaja, ¿como es Halloween lo dices por eso? Porque es truco o tra-.” Vio su cara y decidió ir directo al grano. “Vale, sí. Trato.”

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Sopla un suave viento que hace a la hierba alta moverse como si del mar se tratase. El sol brilla en lo alto del cielo azul de primavera, con esos rayos que se llevan el frío del invierno y ponen en marcha de nuevo los ciclos de la naturaleza. Es una tarde agradable, de esas en las que aún es necesario llevar capa, pero en las que el calorcillo se siente sobre la piel.

Una niña, de apenas cuatro años, camina cogida a su padre, maravillándose mientras toca con la mano libre las briznas que tiene al alcance. Fuera de la cúpula el mundo tiene tantos colores que no puede evitar que sus ojillos dorados bailen de un lugar a otro. Se fija en el marrón de la tierra, tan distinto al negro de la cumbre del volcán; en los infinitos colores de las flores, que ahí fuera no son solo naranjas. Pero lo que más le llama la atención, sin duda, es el cielo.

Porque está acostumbrada al permanente ámbar bajo el que pasa la mayoría del tiempo, pero fuera cambia de color constantemente. No es como si en la cúpula no lo hiciera, pero mucho menos. Le encantan las nubes, el contraste marcado contra el azul, y le gustan aún más al atardecer cuando se tiñen de rojos y rosas. Sin embargo, lo que más le gusta es cuando el cielo está despejado y toma el color de los ojos de su padre, esos que la miran ahora mismo y en los que se refleja el cariño más grande del mundo.

Ceidarán observa a su hija caminar entre la hierba que le llega a la cintura, dando pasos nada torpes para una niña de su edad. Y siente el orgullo y el amor en su pecho a partes iguales, la sensación que tiene siempre que la ve y piensa durante más de un segundo en lo grande que es que esté ahí. Decide que ese lugar es tan bueno como cualquier otro, así que para.

La niña mira alrededor, tratando de entender por qué han dejado de caminar, pero no le parece ver nada diferente. Se encuentran en mitad de un campo, dónde crecen algunos árboles aquí y allá y las flores salvajes se han adueñado del espacio libre. Podrían haber parado unos metros antes o unos metros después y no habría diferencia.

“Ven, Lunara.” Dice él, mirándola. “Vamos a sentarnos.”

El suelo está sorprendentemente mullido, como si les hubiera estado esperando, y el Capitán Esmeralda sonríe, sabiendo que ha elegido bien. Su hija se sienta delante de él, con las piernas en posición de loto imitándole, y tiene que contenerse para no abrazarla. Toma aire, notando una ligera sonrisa en el fondo de su mente que no reconoce como propia y que le hace sonreír. Definitivamente ha elegido un buen sitio.

Empieza a hablar, con una mezcla de su habitual tono solemne y uno que se reserva solo para su familia, más cercano. “Ya sabes lo que hace mamá, pero es importante que también conozcas a alguien que es muy importante para mí.”

Lunara le mira con atención, sus iris dorados fijos en él. “¿Va a venir esa persona?”

Ceidarán ensancha su sonrisa, esta es cálida, como con la que se recibe a un viejo amigo. “No es una persona, cielo, y está ya con nosotros.” Sopla una ligera brisa que les revuelve los cabellos con suavidad. “Te voy a presentar a Esmeralda.”

“¡Ya conozco a Ámbar! ¡¿Voy a conocer a otra?! ¡Que bien!” La niña gesticula muy rápido, dando algún que otro manotazo a la hierba a su alrededor.

El Capitán la coge de las manos, calmándola. “Sí. Pero tienes que estar quieta y en silencio, ¿vale?”

Ella asiente y, cuando su padre le suelta las manos hace el gesto de cerrar la boca con ellas.

“Vale, quiero que cierres los ojos y cojas aire profundamente.” Dice él haciendo lo propio.

El viento parece volver, con la misma calma que antes, a revolverles la ropa y el pelo, a jugar con ellos. El aire que respiran es fresco y llena sus pulmones de una sensación energizante y que huele a bosque. Tiene el carácter de las tormentas y a la vez trae el aroma a madera de pino recién cortada. Parece llenarles de vitalidad como para correr durante horas.

Ceidarán sigue hablando. “Quiero que la escuches y te pares a pensar qué oyes.”

De nuevo la niña se concentra, tratando de distinguir algo más allá de los cantos de pájaros y las ramas agitadas. Pronto siente como si la llamasen, como si algo en su interior supiera distinguir palabras cuyo significado desconoce entre los silbidos de diferentes aves. No solo eso, escucha crujidos, madera quebrandose; oye aleteos y un aullido que no sabe de dónde viene. La naturaleza triffeña la llama y ella abre los ojos sorprendida.

“¡La escucho, papá!” Exclama. “¡No sé qué dice, pero la escucho!”

Y él sonríe, no tenía dudas de que iba a ser bien recibida, pero se le hincha el pecho de orgullo al verlo con sus propios ojos.

“Lo sé.” Responde abriendo los brazos para que le abrace.

Ella no pierde la oportunidad, saltando sobre él. Y en el fondo de sus cabezas ambos pueden sentir una sonrisa que reconocen como ajena a ellos mismos.

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El otoño empezaba a notarse en Triffa. Pese a su posición en el sur ya era principios de noviembre, así que las noches se hacían más agradables al lado del fuego y con una bebida caliente. Ahora mismo una tormenta azotaba Puerto Negro, propiciando así el ambiente ideal para acostarse con una manta y dormir escuchando el repiqueteo de la lluvia.

Sin embargo, la única fuente de calor en la habitación de Sendor era la vela que tenía encendida mientras revisaba unos papeles. El sonido de gotas contra su cristal podría haber tapado el que hacían los pasos que se acercaban a su puerta, pero para su oído entrenado fue fácil distinguirlos.

Escondió el fardo de pergaminos en un cajón y sacó su confiable daga de plata, frunciendo el ceño. Su localización la conocían pocas personas, pero solo se le ocurrían dos posibilidades para una visita a esas horas y la única que no le importaría recibir no haría tanto ruido al entrar. Así que se levantó, yendo hacia la puerta y oyendo como cada vez la otra persona estaba más cerca.

Contuvo el aliento poniendo su mano negra sobre el pomo. Era su mejor opción, la otra persona pensaba que iba a ser quien le sorprendiera, pero Sendor pensaba cambiar las tornas.

Abrió de golpe, la daga lista en su diestra, pero no esperaba lo que vio ante sí.

Riddle, empapado y completamente tapado por una capa negra, con la cara medio escondida entre la capucha y el pelo, que llevaba extrañamente suelto. Había algo extraño en elle, en cómo parecía apenas capaz de tenerse en pie, en cómo no había disimulado el sonido de sus pasos. Sendor, que se había quedado con el cuchillo a medio levantar, pudo ver cómo le miraba y supo al instante que algo iba mal.

No le dio tiempo a preguntar, casi apenas ni a reaccionar, porque el elfo que tenía ante sí se desplomó sobre él, su capucha cayendo en el proceso. Las manos del tiefling buscaron sujetarle, una en su baja espalda y la otra en su nuca

Y lo pudo escuchar.

Un quejido escapó de los labios del semidrow, uno que no hubiera oído de no tenerlo pegado a sí, uno que le puso los pelos de punta y le heló la sangre. Lo escuchó muy cerca de su oído. Dónde en otras ocasiones había sido susurrado su nombre ahora solo había dolor.

No pudo evitar apretar, sus manos queriendo volverse puños. Frunció el ceño, sintiendo la piel ardiéndole y un dolor en el fondo de su cabeza que identificaba perfectamente como un enfado de los que no le iban a dejar descansar. Cogió aire, tratando de calmarse, pero eso solo hizo que captase el olor a sangre.

Iba a matar a alguien, definitivamente iba a matar a alguien. Pero entonces escuchó una voz.

“S-Sendor…” No sonaba como elle de normal, lo cual captó aún más la atención del tiefling. “No… No sabía a quién acudir…” Tosió y, tratando de recuperar su tono habitual, siguió hablando. “Te he dejado la entrada… hecha un asco…”

Los ojos negros de Sendor se clavaron en el elfo, la preocupación apartando a la ira. No era el momento de romper huesos y clavar puñales, era el momento de ocuparse de que Riddle estuviese bien. Le levantó, notando cómo se tensaba. Sabía que le estaría haciendo daño, pero tenía que llevarle a la cama que, por suerte, estaba a escasos metros.

Le dejó sobre el costado izquierdo, acomodando un cojín bajo su cabeza. Y entonces lo vio, un corte lo suficientemente profundo como para dejar marca atravesaba la mejilla que tenía sin tatuar.

Volvió a coger aire, sintiendo sus propias uñas en las palmas de las manos. La ira empezaba a ganar el control de nuevo y le estaba costando contenerse. “¿Quién?” Preguntó simplemente.

Pero la única respuesta que obtuvo fue una risa amarga seguida de una tos que no tenía buena pinta. Así no podía trabajar, necesitaba respuestas. Algo iba muy mal, no tenía sentido que siguiera herido.

“¿Por qué no te has curado?” Preguntó, tal vez con más brusquedad de la necesaria, pero todas sus alarmas estaban saltando y el semidrow no parecía muy dispueste a responderle.

Riddle clavó sus ojos azules y cansados en él, pero advirtió la mirada, no queriendo hablar de ello mientras hacía contacto visual. “No puedo…”

“Los cojones no puedes, te he visto hacerlo antes.” Estaba frustrado y muy enfadado. No con Riddle, pero no sabía contra quién debía dirigir todas esas emociones negativas.

Le mague intentó negar, pero apenas movió la cabeza se dio cuenta de la terrible idea que era, así que se quedó quieto. “Es parte… del castigo…”

Las cejas de Sendor prácticamente tocaron su pelo. ¿Cómo que un castigo? Era cierto que Riddle había hecho algún comentario sobre la gestión de la Llave Negra y cómo disciplinaba a sus subordinados, quejándose de ciertas prácticas que había visto en otros sitios. Pero también le había prometido que nunca las habían usado ni las iban a usar con elle.

“¿Te lo han hecho allí?” Y no le hizo falta especificar porque lo sabía.

Y Riddle sabía que lo sabía, así que solo asintió.

El tiefling cogió aire de nuevo. ¿Cuántas veces lo había hecho esa noche? No las suficientes porque sentía que no estaba funcionando, no se estaba calmando nada. Quería salir corriendo por la puerta, cruzar el mar a nado si hacía falta y buscar a quien fuese que le había hecho eso. Era un pensamiento estúpido e imposible de realizar, pero eso no hacía que dejara de tenerlo.

“Sendor…” Le volvió a llamar la atención la voz de Riddle, que negó con la cabeza, probablemente averiguando sus pensamientos.

¿Cómo coño eres tan listo? Pensó Sendor. Estás hecho una mierda y aun así me puedes leer. ¿Cómo lo haces?

Suspiró, cerrando los ojos. Le iba a tocar a él encargarse de curarle de la forma tradicional, tanto porque elle misme no podía ahora mismo como porque Sendor sospechaba que no sabría. Usaba la magia para prácticamente todo, seguro que era incapaz de vendar adecuadamente una herida… “Está bien… Enséñame qué tienes.”

La respuesta fue apenas un hilo de voz, el tiefling no muy seguro de si era por el estado en el que estaba o por la vergüenza.

“La espalda…”

Eso era… muy poco específico. Sendor se pinzó el puente de la nariz con el dedo índice y pulgar. No se le daban bien estas cosas y Riddle no era el mejor paciente, pero se recordó a sí mismo que tenía que hacer eso y que no podía salir corriendo dagas en mano para matar al responsable. “¿Tienes heridas que te vayan a doler si te tumbo boca abajo?”

El semidrow negó una vez con la cabeza, así que, con cuidado, las fuertes manos del tiefling se pusieron a trabajar. Se aseguró de dejar su cabeza descansando sobre el lado no herido de su cara y retiró su pelo a un lado. Francamente, estaba teniendo más cuidado del que había tenido nunca consigo mismo ni con ninguno de sus subordinados. Probablemente porque nunca había tenido que tratar a nadie tan frágil como Riddle. El elfo pesaría unos 60 kilos y tenía la consistencia de una ramita, tenía miedo de romperle.

Empezó a apartar la capa, mojada por la lluvia y la sangre. La segunda no se veía en la tela, pero sí en las sábanas. Mierda, hay mucha. Pensó Sendor viendo el rojo en su cama. Pero no fue nada en comparación a lo que tuvo delante una vez acabó de quitar la prenda. Riddle no se había molestado en vestirse de cintura para arriba antes de ir a verle, así que podía ver perfectamente su espalda llena de marcas de lo que claramente eran latigazos.

Las heridas sangraban, estaba claro que no habían sido tratadas, y tampoco estaban precisamente limpias. No puedes cruzar a nado un mar. No puedes cruzar a nado un mar, Sendor. Quedarte a curarle es lo mejor que puedes hacer. ¡Joder necesito matar a quién coño lo haya hecho! Sendor se mordió el labio, apretando tan fuerte la capa entre sus manos que se estaba haciendo daño.

“Voy a por agua. Como se te ocurra moverte, te mataré.” En parte era verdad, necesitaba agua limpia para empezar a curarle, pero también necesitaba dejar de ver esas heridas y serenarse un momento. Desde la puerta apenas llegó a oírle murmurar con una risa que fue seguida de otra tos.

“Je… te importo”

¿Por qué tenía una medio sonrisa estúpida? Debía ser el shock, seguro.

Sendor volvió al rato, equipado con agua, un bote con una sustancia extraña, vendas y un cuenco del que salía un hilo de humo. Dejó la bandeja sobre la mesilla de noche y se dirigió a encender el fuego de la chimenea que había en su habitación, consiguiendo hacerlo con bastante rapidez. No tenía mucha leña, pero bastaría para calentar la estancia y secar al semidrow. Una vez estaba seguro de que no iba a apagarse fue hacia la cama, sentándose a su lado y cogiendo algo de la bandeja. Acercó el cuenco a la cara del otro, posicionando el montoncillo de polvo del que salía humo bajo su nariz.

“Respira esto.” Le ordenó.

Tampoco es como si Riddle tuviera mucha opción, le hubiera costado girar la cabeza para apartarse. Pronto el inconfundible olor a hierbasalva penetró en sus fosas nasales, iba a empezar a sentirse muy ligere próximamente y sabía que eso haría que dejara de dolerle. Pero antes de que pudiera tomar aire una segunda vez, Sendor lo apartó.

“No quiero que te duermas, puede ser peligroso.” Eso y que tenía que pedirle detalles y no podría hacerlo si la droga hacía todo su efecto.

El semidrow se quejó de nuevo, esta vez más por teatralidad que porque le hubiese hecho cualquier cosa que le fuera a provocar daño real. “Para traficar con drogas… eres un aguafiestas.”

Pero Sendor le ignoró, estaba mojando un trapo en agua. “Esto va a doler.”

Por mucho que le avisase, Riddle no pudo evitar enterrar la cara en la almohada para no gritar cuando empezó a tratarle las heridas. El tiefling tenía que asegurarse de retirar toda la suciedad antes de curar y vendar, y tenían bastante. Podía ver desde barro y gravilla hasta pelusas sueltas de la tela.

No se tendría que haber puesto la capa. Pensó viendo todo lo que estaba retirando. ¿De dónde vienes que te tratan así, Riddle? Para él no tenía sentido. Sabía que había que disciplinar a los subordinados que incumplieran ordenes, y sabía de sobra que lo que se llevaba entre manos Riddle iba en contra de su organización. ¿Pero eso? ¿Activamente hacer daño físico más allá de algún empujón o puñetazo? ¿Quién trataba así a sus subordinados? Salvajes. Pensó él. Estos del puto Imperio se creen mejores que nosotros, pero son unos jodidos salvajes.

Limpió las heridas a consciencia, pero algunas seguían sangrando, por lo que el agua no dejaba de volverse más y más roja. Cuando determinó que no podía hacer más con los instrumentos de los que disponía, decidió pasar al líquido azulado que había en el bote de cristal, ese que le había dado Lyrris y del que, como observó, empezaba a quedar poco. Había suficiente para esta vez, pero tendría que pedirle que preparase más. Por lo que le había dicho la joven tiefling, era una mezcla de extractos de plantas y alcohol que propiciaba la curación y mantenía a raya infecciones.

“La hierbasalva debería estar haciendo efecto ya.” Avisó, mojando otro trapo directamente de la botella. “Pero esto duele más que el agua.”

“¿Más?” Preguntó entre dientes apretados. Si bien era cierto que el brazo le dolía menos, la espalda le estaba haciendo desear robarle el bote con incienso para acercárselo de nuevo.

La respuesta que obtuvo fue una quemazón indescriptible que le hizo gruñir, preguntándose cómo había aguantado eso tantos años Dalharil. Su mente se fue a su hermana por unos momentos, el dolor de su corazón haciéndole ignorar momentáneamente el dolor de su espalda. Entendía un poco mejor por qué Seren se había ido, no entendía cómo Dalharil había estado tanto tiempo sufriendo eso sin hacer nada. Pero la siguiente ola de dolor le trajo de vuelta a la realidad.

Sendor aplicaba el líquido con ligeros toques, intentando no presionar, pero asegurándose de cubrir todas las heridas. Por suerte, acabó más rápido, pues no tenía que pararse tanto como al limpiarle. Podía ver cómo espasmos recorrían la espalda destrozada del semidrow, el dolor tomando el control de su cuerpo, y se tuvo que recordar a sí mismo que cruzar el mar a nado no era una opción.

“Necesito que te incorpores para vendarte, ¿crees que vas a poder?”

Con un suspiro, le elfe simplemente levantó el pulgar, empezando a notar, ahora sí, cómo sus músculos cedían a la droga. Era extraño, nunca había tomado tan poca dosis y parecía estar a la espera de una calma que nunca acababa de llegar. Le parecía irónico y, tal vez, un poco justo. Era como su vida, por mucho que intentase hacer cosas no alcanzaba nunca el punto que quería, se quedaba a las puertas. Como ahora. Joder, como me gustaría quedarme inconsciente y ya. Pensó.

Sendor le ayudó a incorporarse y, tras un par de maniobras, le sentó de espaldas a sí. Se puso a trabajar con las vendas, con cuidado de no apretar de más. Era una tarea mecánica y no pudo evitar fijarse en cómo el otro parecía buscar el tacto de su brazo cada vez que pasaba cerca de su mano.

Tenía su cuello delante, un pequeño triángulo de piel formado por la partición de pelo, que le caía por delante de los hombros. Sin pensarlo dos veces, Sendor depositó un suave beso en el área descubierta, uno que negaría a la mañana siguiente. “Ya casi está.” Susurró. De tan cerca pudo ver los pelos de su nuca erizarse.

“Sendoooor…” Se quejó Riddle dejando caer su cabeza hacia atrás, apoyándola en el otro. Su voz estaba pastosa, puede que por el cansancio o puede que por la hierbasalva. “No me hagas esto que no estoy para echar un polvo y me pones cachondo.”

El aludido rodó los ojos, pero no le apartó. “Anda, déjame levantarme que te tengo que curar aún la de la cara…” Dijo sin más.

“¿Y si no quiero?” Preguntó, empezaba a sentir no solo el cuerpo ligero, sino la mente también.

“Créeme,” respondió el otro, “no quieres que se te infecte una herida en la cara. Lo digo por experiencia.”

Riddle giró la cabeza para mirarle, pudiendo observar las cicatrices que adornaban su piel en ambas mejillas, la que era más corta y la que le llegaba a la nariz. “Está bien…” Quería levantar la mano para darle un pequeño empujón, pero la fuerza le falló, haciendo que simplemente la pusiera plana sobre su pecho. No desaprovechó el momento de fijarse en sus marcados músculos. “Estás fuerte.”

Sendor alzó una ceja, sin duda la droga estaba causando estragos en la mente del elfo, pues de normal no diría las cosas de forma tan directa. O las diría con otro tono.

“Estás fuerte, pero no como los tontos cabeza hueca del Gremio de los Gorilas. Estás fuerte, pero fuerte bien.” Iba paseando su mano, tocando pectorales y bajando poco a poco a los abdominales solo para volver a subir luego y apretar su bíceps. “No fuerte como si entrenaras solo para ser una masa de músculos. Tienes algo debajo de todo esto.” Dijo poniendo la mano plana sobre su pecho.

El tiefling no estaba muy sorprendido, la hierbasalva estaba haciendo su efecto. “¿Corazón?” Preguntó esperando una respuesta obvia. “Riddle, te tengo que acabar de cu-.“

Pero no le dejó acabar, respondiendo a la pregunta. “Cerebro.” Le señaló, bajando poco a poco la mirada por su torso. “Cerebro y una tremenda po-.“

“Riddle.” Le llamó la atención. “Gracias por girarte, veo que la hierbasalva está haciendo que te duela todo menos. ¿Te estás quieto y te acabo de curar? No es una pregunta realmente.”

Una sonrisa fácil jugó en los labios de le semidrow. “¿Me vas a atar si no?”

“Ya te gustaría.” Respondió Sendor aprovechando el momento para coger de nuevo el paño con agua.

Se hizo un silencio, y se extrañó de no oír una respuesta indecente por parte del otro. Pero cuando le miró pudo ver un gesto serio en su rostro, triste incluso. Tenía la mirada perdida.

“No… la verdad es que no me gustaría… No ahora.”

Y, una vez más, Sendor se tuvo que recordar a sí mismo que cruzar el mar a nado no era una opción. Riddle estaba prácticamente curado ya, podría perfectamente irse a buscar a quién hubiera sido… Pero sabía que no.

“Ven.” Dijo colocando su mano izquierda, la negra, debajo de su barbilla. “Te tengo que curar esto.”

Era extrañamente suave, la forma en la que le estaba tratando, la delicadeza con la que sus dedos se movieron, acariciándole prácticamente. Calmándole antes de acercar la otra mano, la que tenía el trapo húmedo. Esperaba que cerrara los ojos antes de hacer contacto con su piel, cualquiera lo hubiera hecho, pero no. Dos orbes en los que apenas se adivinaba el azul, todo pupila tanto por la oscuridad como por la droga, estaban fijos en él. No le aparto la mirada ni cuando empezó a curar.

Por suerte, esa herida tenía mejor pinta que las demás, menos suciedad, y pudo acabar antes. Pero eso significaba que le tocaba el turno al líquido azul que escocía. Sendor pudo oír perfectamente la respiración repentina de le otre, seguida de un suspiro que le hizo cosquillas en la mano negra.

Apartó los ojos del corte, mirándole a elle. Su expresión era indescifrable, pero la vulnerabilidad estaba clara. Nunca antes le había visto así y sentía que las heridas no eran lo único abierto en la sala. Con todo el cuidado del que disponía se atrevió a hacer un gesto que no hubiera osado ni soñar hacía unos meses, le acarició la otra mejilla. El negro de sus dedos contra el blanco de su tatuaje. Y cerró la distancia entre ambos, depositando un suave beso en su frente.

La mano de Riddle encontró el cuello de su camiseta, tirando de él hacia abajo y haciendo sus labios chocar. Pero el contacto fue breve y la mano gris ahora parecía cogerse a su ropa más para evitar desplomarse que otra cosa.

“Joder…” Dijo el elfo. “Lo necesitaba…”

Y Sendor no estaba seguro de si ese lo en realidad era un te. Pero no iba a dejar que esos pensamientos inundaran su mente, no ahora. Se los reservaba para cuando estaba a solas y las pesadillas no le dejaban dormir. Tenía otras prioridades en este momento, como averiguar a quién tenía que matar personalmente.

Pasó una mano a acariciar su mejilla mientras con la otra le empezó a apartar el pelo de la cara. “¿Qué ha pasado?” Intentó sonar lo más calmado posible, pero no le salió muy bien. Se le notaba el enfado en la voz.

Una risa, seguida de tos, escapó de los labios de le otre. “¿Me creerás si digo que una sesión de sexo duro que se me ha ido de las manos?”

“Riddle.” Estaba intentando contenerse, sabía que estaba drogado y que, probablemente, no quería hablar de ello. Pero él necesitaba saber a quién partirle las piernas.

Elle echó la cabeza hacia atrás, hubiera perdido el equilibrio de no estar apoyade en el tiefling, y soltó un quejido. “Tienes que parar de hacer eso.” Suspiró.

“No. Sabes que nunca te presiono cuando no quieres contar algo, pero esto-.” Fue interrumpido.

“Eso me da igual.” Le miró a los ojos, su ceño ligeramente fruncido y sus mejillas coloradas. “Deja… Deja de decir mi nombre así.” Ante la expresión confusa del otro, elaboró. “Deja de decirlo como si… no sé. Como si fuera tan importante. Y a la vez como si tuvieras pena. Y con ese enfado que me hace querer que me empotres…” Se calló por un momento, frustrado. “Joder, dame la puta hierbasalva y déjame acabar de drogarme que esto de estar a medias es una mierda. No encuentro las palabras y sueno estúpido, déjame serlo del todo.”

El silencio que se asentó en la habitación era ligeramente incómodo. Sendor no sabía qué hacer con esa información, pero tenía claro que no iba a darle más droga en el estado en el que estaba, había perdido mucha sangre y podía ser peligroso. Finalmente, suspiró, cerrando los ojos. ¿Qué hora era? Muy tarde, eso sin duda. Ya era tarde antes de la visita sorpresa.

“Deberías dormir.” Sentenció. “Te voy a tumbar en esta cama y mañana veremos cómo estás y si tengo que cambiarte las ve-.“

“Los cojones.” Apretó todo lo que pudo su mano, que descansaba sobre el pecho del otro, convirtiéndola en un puño y cogiendo la tela con su escasa fuerza. “Tú duermes conmigo.”

Sendor sopesó sus posibilidades, lo que le gritaba el cerebro y lo que pedía su corazón, y tras deliberar durante el más breve de los segundos, habló. “Está bien.”

Le tumbó encima de sí, con la espalda hacia arriba para evitar roces, con la cara apoyada sobre su pecho en el lateral no herido. La mano del elfo descansaba sobre su pectoral izquierdo y las suyas propias estaban una en su mandíbula y la otra sobre su cabeza, acariciándole el pelo. Era tarde y el único ruido que llenaba la estancia aparte de sus respiraciones era el de la lluvia contra el cristal de la ventana. El fuego se había acabado apagando, pero la sala estaba a una temperatura agradable.

“Gracias…” La voz de Riddle fue apenas un susurro, ni siquiera le miró mientras lo decía.

El otro solo asintió, pensando en la cantidad de preguntas que tendría que hacerle al día siguiente, en si le costaría mucho obtener respuesta. Pudiendo solo imaginar cómo de terrible sería el lugar del que venía dónde ya no solo hacían eso a sus trabajadores, sino que ni siquiera se había fiado de que le curaran. ¿Le curarían siquiera? Su sangre hirvió al pensar en el dolor, en el miedo que debía haber sentido Riddle para hacer el esfuerzo mágico de ir hasta Triffa, de arrastrarse hasta su puerta en mitad de una tormenta.

Apoyó la cabeza en su mata de pelo blanco, retirándole un par de mechones para verle mejor. Se había dormido ya, normal. Tenía una cara tan tranquila cuando descansaba… Le seguía sorprendiendo. Y fue en ese momento en el que algo hizo clic en su cabeza. Sendor juró que no iba a permitir que Riddle tuviese miedo otra vez. Costase lo que costase.

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El equinoccio de otoño se acerca. Así lo evidencia el viento frío que empieza a colarse en las casas por la noche, las lluvias que vienen del norte, los aires de cambio que se sienten en el ambiente. Los días cada vez son más cortos y pronto la noche empezará a ganar la anual pelea que llevan. ¿Qué eventos se desarrollarán en tan señalada noche? Un día para el cambio, para las transformaciones, una fecha señalada.

No hace falta ser un centauro en El Bosque, celebrando el culto a En’Kil Cardea, para saber lo que implica esa noche. Está en el ambiente; la magia arcana, ligada al plano material, consciente de los cambios que acontecen en el mismo.

Pese a que es natural que tan señalada festividad traiga consigo una serie de consecuencias, este año parece estar habiendo mucho revuelo entorno a ellos. Las deidades están inquietas, algo se cuece y no solo en el Imperio. Algo inevitable.

Un hombre cabalga hacia el sur en Triffa, ignorando todo instinto que pudiera decirle que tiene que parar a descansar. Dos hermanos se reencuentran en Traulia, abrazándose como si fuera la primera vez en años, en parte lo es. En la República siguen preparando, esperando el momento justo para ejecutar sus planes. Un emperador camina los que no sabe que serán sus últimos pasos. Una minotaura sonríe a su mujer mientras rezan al hermano de esta. Una barda espera en su taberna, haciendo como si no estuviera nerviosa, pero cuyos ojos no pueden evitar girarse hacia la puerta cada vez que la escucha abrirse.

El otoño llega e igual que las hojas se tornan rojas, la realidad se tiñe de sangre también.

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“Socorro.”

Sus amigas se giraron hacia ella, viendo como le había cambiado la cara completamente. Vale que iba de novia de Frankenstein y llevaba la cara pintada de blanco, pero estaba más pálida aún.

“Seren, ¿qué pasa?” Preguntó Lyrial.

La de pelo azul, que estaba cómicamente intentando aparecer más pequeña (difícil con lo musculosa que era), miraba a todos lados, buscando dónde esconderse. “Acabo de ver a mi ex. La primera digo.”

“Ah, vale, menos mal que has especificado, que ya pensaba que decías Della.” Contestó Hoja.

Seren negó con la cabeza, un poco con cara de estar pensando en cómo era eso lo que sacaba de esa frase. “¿La Cayetana esa en un pub sin zona VIP? ¡Además! ¡Hoja! ¡Que esta es peor que Della!”

“¿Pero no dijiste que se había mudado a nosedónde?” Preguntó Taliran recolocándose los cuernos de su disfraz de Maléfica.

Mirándola y hablando en voz un poco más alta de lo normal, Seren respondió. “Eso me había dicho Riddle, yo qué cojones sé si ha vuelto o qué. Eso ya no me lo ha dicho.” Pareció ocurrírsele una idea. “Un momento.” Sacó el móvil, empezando a teclear muy rápido.

“Oye, pero… ¿dónde está? No la veo” La voz suave de Lyrial hizo que la de pelo azul levantara la cabeza. La verdad es que daba impresión verla con su disfraz de ángel, halo que hacía luz incluido, pero Seren no tuvo tiempo de embelesarse.

“¿Como que dónde está?” Efectivamente, miró a su alrededor y no la vio. “Oh mierda… OH MIERDA. Que si no la veo es que puede estar detrás de mí.”

Hoja le puso las manos en los hombros. “Seren, cálmate. Estamos en una discoteca, ¿de verdad crees que va a venir a buscar gresca?” Y sonaría más tranquilizador si no se lo estuviera diciendo alguien que llevaba un sombrero de bruja cómicamente grande.

Una risa nerviosa escapó de la otra. “Tú no estabas delante cuando discutimos la última vez.”

Lyrial ladeó la cabeza. “Pero cuando bebes mucho siempre te pones a decir que te quitemos el móvil para evitar que le mandes un mensaje. ¿Eso no es que quieres hablar con ella?”

“Lyrial, cielo, Seren borracha y Seren sobria son dos personas muy distintas y a Seren sobria no le suelen gustar las decisiones de Seren borracha.” Le respondió.

Antes de que nadie pudiera contestar, Seren sintió un brazo rodear sus hombros, haciéndola tensarse. Pudo ver por la visión periférica una mano que sujetaba un vaso con líquido burbujeante en su interior, un roncola por el olor que le llegaba. Se giró hacia el lateral, pudiendo ver una explosión de color rojo y azul, eso y una cara que conocía de sobra.

“En eso estoy de acuerdo. Seren borracha puede ser lo puto peor.” Dijo Riddle apoyándose en ella. Llevaba su pelo partido en dos coletas con las puntas pintadas de rojo y azul, un crop top en el que se leía “Daddy’s Lil Monster” y que al mínimo movimiento enseñaba su pecho, unos pantalones extremadamente cortos y medias de rejilla.

“¡Coño, Riddle!” Seren se llevó una mano al pecho, recuperándose del momentáneo susto. “Cuando te he preguntado que por qué tu hermana estaba aquí me esperaba que me respondieras al mensaje, ni siquiera sabía que estabas también.”

“Nah, es normal, nunca se te ha dado bien fijarte en esas cosas. Yo me he dado cuenta de que tú estabas de hace rato.” Sonrió con suficiencia, esa sonrisa que Seren conocía de sobra y que amaba y odiaba a partes casi iguales.

Respondió alzando una ceja. “Por cierto, ¿y ese disfraz? Si a ti no te hace falta disfrazarte para dar miedo.”

Por su parte, elle fingió molestia, de forma muy exagerada y dejando claro que era falsa. “Que ataque tan gratuito a mi persona. Además, ¿de verdad creías que iba a dejar pasar una oportunidad de lucirme? No es solo el dar miedo, Seren, es también la presencia.” Se calló unos segundos, para luego añadir más. “Además, mira que buen culo me hacen estos pantalones.”

Seren suspiró, tratando de calmarse y no salir corriendo, que es lo que quería hacer. “Claro que te hacen buen culo, Riddle, si es que tienes buena percha.”

“¿Verdad?”

“Verdad. ¿Ahora te importa explicarme por qué está tu hermana aquí? Y a ser posible sacarme sin que me vea, no quiero hablar con ella.”

Él sonrió, otra vez con esa cara de saber más de lo que dice. “Uy, cielo, esta va a ser una noche muy larga.”

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Cuando alguien se hace una herida en el cuerpo con el tiempo esta cierra y cicatriza, pero ¿qué pasa con aquellas heridas que no son físicas? ¿Qué pasa con el daño que no se puede ver? ¿Acaso no se cura, no se cierra? ¿Cómo se tratan las heridas en el alma, en la mente?

Sendor da vueltas a la moneda que cuelga de su cuello, su mente en otro momento, en otro lugar.


“Vamos, Sen.” La voz de Zahnar tiene el toque justo de picardía, la de quien está molestando y lo sabe, pero le da igual. “Te tienes que buscar un buen novio. Mírate, aquí todo solo y melancólico.”

Él rueda los ojos, aunque es difícil distinguirlo siendo estos completamente negros. “No estoy melancólico, y no pasa nada por estar solo.”

“Claro que no pasa nada.” Responde su hermano dándole un golpecito en el hombro. “Hay mucha gente que no quiere pareja. Pero mírate, está claro que mínimo necesitas un buen polvo, hermanito.”

Se gira hacia él, el rubor marcando levemente sus mejillas. “¡Zahnar!”

La risa de él es contagiosa, y acaba haciendo que incluso el normalmente estoico Sendor ría un poco. Es tarde por la noche, están los dos acabando de cuadrar cosas de La Llave, planeando. Pero llevan demasiado sin parar un poco y el cerebro de Zahnar ha decidido darse a sí mismo un descanso sacando el tema estrella, también conocido como “Sendor, ¿cuándo vas a traer un novio guapo a casa?”.

“Solo lo dices porque tú tienes novia y la gente que tiene pareja tiene como esta extraña obsesión con que todo el mundo tenga pareja también.” Se encoge de hombros Sendor.

Y sabe que ha hecho algo bueno y malo. Bueno porque Zahnar se va a poner a hablarle de ella y va a dejar de lado el otro temita. Malo porque cuando su hermano se pone a hablar de su pareja no hay quien le calle y pone esa sonrisa estúpida que no le pega nada al líder de una organización criminal.

“Mi Jimena…” Suspira, el inicio de lo que va a ser un monólogo hablando de lo mucho que la ama.

Sendor no pica a su hermano ni la mitad de veces que este le pica a él, pero el cansancio empieza a poderle y tiene ganas de hacerlo. “A ver, tuya no es, es su propia persona.” Y para cualquiera eso sonaría seco, molesto incluso, pero se conocen y Zahnar reconoce el tono de burla por debajo de la capa borde.

Poniéndose una mano en el pecho habla con seguridad. “Ella es mía igual que yo soy de ella. No en el sentido de pertenecer como si fuéramos objetos, pero sabemos que vamos a estar siempre uno al lado del otro. No hay nadie más para mí, sé que ella es la definitiva y que yo soy todo suyo.” No puede evitar sonreír, con esa cara de tonto enamorado que pone siempre que la menciona. “Podría hacer lo que quisiera conmigo y yo me dejaría. Confío completamente en ella, lo cual es gracioso porque siendo quien soy no debería.” Señala el símbolo de La Llave Negra que hay en uno de los papeles sobre la mesa, con un suspiro. “Pero no lo puedo evitar, Sen. Estar con ella es más adictivo que cualquier droga que vendamos, créeme, cuando conozcas a alguien que te haga sentir así tú también lo sabrás.”

“Creo…” responde el tiefling, “que es tarde y necesitas dormir.” Y no puede evitar que una sonrisa juegue en sus labios, al menos su hermano parece feliz.

Zahnar se encoge de hombros. “Échale la culpa de lo que digo al sueño si quieres, pero no hace que deje de ser verdad. Algún día…” Se calla, no muy seguro de si decírselo a su hermano. No se lo ha dicho a nadie, ni siquiera a ella, y no cree que sea buena idea decirlo ahora, en medio de la noche.

“¿Algún día…?”

No lo dice, se guarda para un futuro el pedirle a Sendor que tome su puesto como líder de La Llave Negra, que él quiere dejarlo e irse con ella, darle una buena vida, una sin peligros. Pero le queda una última cosa por hacer antes de todo eso, un último cabo por atar antes de dejarlo. “Nada, te cuento otro día.” Coge de nuevo los papeles que estaban revisando. “Venga, acabemos de preparar el encuentro con la alcaldesa y vayamos a dormir.”


Un dedo negro acaricia el contorno dorado de la moneda, el recuerdo disolviéndose en el pasado, y ojos sin iris ni pupila se clavan en el cuerpo durmiente de un drow que descansa en su cama.

Su Riddle.

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Un rojo similar al de sus cabellos cubría el cielo. Se haría de noche pronto, pero con suerte estaría hecho antes. Sujeta con fuerza el arma que empuña, sus nudillos tornándose blancos. Y sabe que es uno de esos momentos.

Es la pausa en el viento antes de que sople un vendaval, es las horas muertas en la noche, es la quietud antes del estallido de un trueno. Es la calma que precede algo, esa sensación en el pecho de que no va a volver atrás, de que no puede quedarse el tiempo congelado en el instante en que lo haga. Porque el mundo sigue girando, las consecuencias ocurren, tiene que afrontarlas.

Pero no aún. Puede permitirse gozar de esos minutos que le quedan, de la tranquilidad que le da saber que su plan ya está en marcha. Toma aire, sintiendo como llena sus pulmones, y este está frío.

Y recuerda el pasado, ese momento en el que tampoco pudo quedarse. Entre sus brazos, querida, segura, feliz. La vida tuvo otros planes para ellos y cuando recurrió a poderes más grandes que uno mismo dichos poderes se burlaron de ella. Frunce el ceño.

No le quedan lágrimas que llorar, así que no va a hacerlo, pero sí le dedica unos pensamientos, apartando de su mente todos los que le dicen que no estaría de acuerdo con lo que ha decidido hacer. No es momento de arrepentirse. Es momento de mirar al destino a la cara y recriminarle todo lo que le ha quitado, es momento de tomar las cosas sin preguntar. Porque si no las consigue ella nadie se las va a dar.

Sarima coge la espada matadioses, hoy es el día que ejecuta su venganza.