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Carpetober

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Hoy es un día importante para Oppa, ella y muchos de sus amigos celebran que este año cumplen la mayoría de edad, y una ocasión tan importante merece una celebración a la altura.
Como marca la tradición Oppa ha dedicado la mañana a recoger diferentes tipos de flores que ahora se está trenzando en el pelo, cada flor tiene un significado diferente, algunas simbolizan la busqueda de un futuro feliz, otras para atraer a la buena ventura, pero la que prevalece es la flor de su diosa, que destaca en su pelaje con su color rosa.
-¿Te puedo poner alguna yo?- pregunta su hermano asomándose por la puerta.
-Claro, pequeñajo.- Oppa coge al niño, que todavía es bajito para su edad, y lo sienta en la cómoda que tiene delante de ella para que le trence el flequillo, la tranza queda un poco desecha pero la intentan compensar poniendo más flores.
-Ya está.- dice el joven minitauro con cara de orgullo.
-Es la mejor de todas las que tengo.- Dice Oppa pasando los dedos con cariño sobre ella, le planta un beso en la mejilla y el chiquillo, tras un abrazo rápido, salta de la cómoda y sale corriendo de la habitación dando saltos.

Poco a poco todo el pueblo se va reuniendo alrededor de una enorme hoguera que han colocado en el centro del pueblo, la música cubre el claro y la comida y bebida fluye, Oppa se deja llevar, toca, canta y baila con todo el mundo y sobre todo ríe hasta que le duele.
Cuando cae la noche el resto del pueblo se retira y dejan en el centro solo a los verdaderos protagonistas del evento, las canciones populares paran y el silencio se hace en el claro, en una coordinación perfecta Oppa empieza a ejecutar el baile que tantas veces han practicado el último mes, sus brazos se van entrelazando con los de sus compañeros y marcan el ritmo con las pezuñas golpeando el suelo, van ganando cada vez más velocidad, hacen tanto ruido que Oppa lo siente dentro del pecho como si entre todos marcasen el ritmo de sus corazones, como si todos tuvieran un único corazón.