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Carpetober

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Remiel lleva trabajando unos meses a tiempo completo en la catedral como clérigo, acaba de terminar su formación y está lleno de ilusión con ganas de devolver a la guardia Perla y a todo Puerto Negro el apoyo que les han dado a su padre y a él. Sentir la llamada de Perla había sido una conexión reconfortante y dulce que sucedió poco a poco, ahora se sentía siempre acompañado y con el poder de arreglar algunos de los problemas de sus vecinos, en definitiva, estaba muy feliz.

Siempre estaba atareado yendo y viniendo por la catedral, echaba una mano con los libros de la biblioteca, curaba los raspones de los niños que se le acercaban con los ojos llorosos por la calle y ayudaba a llevar a Lantana siempre que su capitana lo necesitase. Había veces que Remiel bajaba un poco su actividad y era cuando pasaba por delante de la puerta del despacho del Paladín Perla, vista desde fuera no parecía especial, solo una puerta con su picaporte y sus bisagras como todas las que había en la catedral, pero Remiel la observaba como quién mira unas puertas con labrados preimperiales, ahora mismo Remiel no considera que se merezca ese puesto, no llegará a considerar la posibilidad en serio hasta dentro de mucho, son unos zapatos muy grandes que llenar, esta ensoñación le suele durar poco y enseguida sacude la cabeza y vuelve a sus tareas que aunque a veces le dejan agotado al final de la jornada son tremendamente gratificantes.