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Carpetober

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Es la hora de cerrar, los pocos clientes que quedan se van despidiendo y se marchan, algunos con pasos más sonoros que otros, mantengo la sonrisa hasta que escucho la puerta cerrarse suavemente, cuando me quedo a solas me dedico a colocar los vasos, ya limpios, en los estantes que les corresponden, de la cocina llegan voces y risas junto con el olor de varias tartas de otoño que se están terminando de cocer para servirlas mañana de postre.

Comienzo a apagar varias velas con olor a vainilla que Farner me ha regalado para poner de centro en las mesas, el perfume se funde con el de las tartas y me quedo un momento parado en medio de la taberna disfrutándolo, después me dedico a fregar el suelo con parsimonia, siguiendo el mismo patrón que llevo siempre, incluso empiezo a tararear en bajito mientras lo hago y dejo que el chapoteo del agua me cautive, alguna pompa se escapa del cubo rozándome la mejilla.

Cuando termino de limpiar todo me despido y subo a mi habitación, por ahora vacía, me pongo el pijama más caliente que tengo y me siento a leer el último libro en braille que me ha sacado Remiel de la biblioteca de la catedral, pasados uno minutos comienza a llover y el repiqueteo de la lluvia en el cristal se confunde con el que hace la armadura de Remiel que está subiendo la escalera.

-Has llegado pronto.- digo mientras abre la puerta.
-Porque te echaba mucho de menos.
Y juntos nos sumergimos en otra rutina, la de desabrochar y quitar cada una de las enormes piezas de metal que forman la armadura, voy dejándole caricias aquí y allá y se nos escapa algún que otro beso, como siempre me detengo un poco más sobre la capa del color de la nieve permitiendo que su suavidad empape mis dedos mientras la doblo.
-¿Te está gustando el libro?- pregunta con su voz tierna.
-Mucho, sabes elegir siempre muy bien.
-Son muchos años juntos.- responde dándome un pico.

Cuando los dos nos tumbamos en la cama abrazados empezamos a contarnos nuestros días, mientras le cuento los pormenores y las pequeñas cosas que he vivido hoy Remiel me acaricia el pelo y yo recorro con mis dedos el contorno de su cara parándome en sus pequeños colmillos, su respiración me hace cosquillas. Poco a poco la conversación va dejando paso al sueño y me duermo con la oreja pegada a su pecho escuchando el latir de su corazón mientras su calor me rodea como la más cálida de las mantas y me quedo dormido.