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El hombre dorado.

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Laranthir comprobó que su trenza estaba peinada y firme antes de llamar a la habitación de su ama. En contraposición a otras grandes familias de la región, los Murea valoraban mucho que sus esclavos y sirvientes se vieran siempre limpios y arreglados, pues era una forma natural de señalar que incluso las mas bajas clases en su casa estaban por encima de los más altos señores de la estirada nobleza imperial triffeña.

Aún con ninguna visita, la matriarca necesitaba constantemente los pelos en su sitio, las camisas planchadas y  los cuellos perfumados. Laranthir, siendo el favorito, debía cumplir aquellas normas más que ningún otro sirviente de la casa. Antes de tocar el pomo de la puerta, el hombre comprobó sus pulsaciones, viendo que seguían aceleradas. Llevaba todo el día achacado por una extraña taquicardia que ni las infusiones de hierbasalva habían sido capaces de tranquilizar. El médico familiar, perplejo, lo había asociado a un estado de ansiedad y le había pedido que se controlara delante de su señora. A nadie le gusta un sirviente ansioso.

Laranthir tenía sus propias teorías sobre lo que le estaba ocurriendo, pero estaba intentando, por todos los medios, obviar la alarma. Retiró unos mechones de pelo dorado que rebeldes se habían acumulado sobre su rostro y dio unos pequeños toques sobre la puerta.  No necesitó respuesta para saber que tenía que pasar.

La habitación personal de la matriarca era una sala privada y prácticamente prohibida para el servicio. Sin embargo, Laranthir tenía el privilegio (o la maldición) de poder entrar en ella cuando quisiera. Lady Murea había utilizado el mismo cuarto desde su adolescencia, lo cual se podía ver en el cuestionable rococó de las columnas y los saturados colores de las mantas y alfombras. Aunque momentáneamente se había trasladado a la habitación de matrimonio al casarse, había vuelto al nido tras su tercer divorcio. Algo parecía atarla a aquellos recuerdos de la infancia que no quería dejar ir.

El pelo y los ojos dorados de Laranthir en conjunto con su piel tostada contrastaban con todo aquella explosión de color de cuestionable gusto y, por suerte, su ama no le obligaba a vestirse con telas acordes. Ella, sin embargo, lucía un recargado vestido de tonos azules celeste que probablemente resultaban demasiado pomposos para alguien de su edad. Obviamente Laranthir contestaría asombrado por su belleza si ella le preguntara pero, por suerte para él que no era muy fan de las mentiras, no preguntaba.

Estaba en su tocador, frente al espejo, con una montaña de pendientes y accesorios acumulados ante ella, mientras comprobaba con meticuloso cuidado cuáles quedarían mejor con su recargado maquillaje, que parecía ir repasando cada pocos segundos impulsivamente. Ese día tenían visita.

- Laranthir. - llamó ella sin girarse. - ¿Está limpia la sala de invitados?

- Sí, ama. - contestó Laranthir con una pequeña reverencia que ella no podía ver.

Por supuesto, no había sido tan estúpido como para no preparar todo al milímetro sabiendo que esa noche venían los Sioux, la segunda familia más importante de la isla. Obviamente había mandado comprar las mejores frutas y verduras que pudiera encontrar teniendo en cuenta que acababan de pasar las lluvias. Y, evidentemente, todo el servicio, esclavo o sirviente, estaba preparado para las ordenes que Lady Murea pudiera mandar. 

- Bien. - dijo ella. - No lleves el pelo trenzado esta noche. Péinalo con cuidado, ponte el perfume de malva y maquíllate un poco, pero no demasiado. Que no parezca que eres guapo por como vas pintado. 

Laranthir sabía que era importante para su ama que él se luciera. El hombre era su posesión más preciada, una exquisita obra de arte que la ponía por encima de sus amigos y allegados. No todos los nobles tenían un rashar. 

- ¿Está afinado el piano? - continuó Lady Murea afilando un poco más la línea de su ojo con un lápiz violeta.

- Sí, ama. - dijo dejando escapar media sonrisa. - Si Niashira trae su violín estoy seguro de que podré enseñarle "La nana de la rosa" antes de la cena. Creo que Lord Sioux estará complacido con...

- Niashira está muerta, contrajo la llama.

La mujer chasqueó la lengua al darse cuenta de que había errado en la distancia de las líneas de maquillaje en ambos ojos, dejándolos descompensados. 

- Oh. - dejó escapar Laranthir. - ¿Debo vestirme de luto?

Lady Murea se giró hacia él con una sonrisa, escrutando su rostro, buscando algo, pero Laranthir sabía mantener bien su máscara, a pesar de notar los latidos de su pecho cada vez más acelerados y violentos. La mujer frunció el ceño levemente, decepcionada, pero luego dejó escapar una risotada al aire, rebuscando de nuevo entre sus pendientes.

- No, Laranthir. No nos vestimos de luto cuando murió Ídolo, no vamos a vestirnos ahora. ¿No crees? - encontró unos enormes aros dorados con incrustaciones rosadas que parecieron complacerla. - Pero creo que estaría bien que fueras extremadamente complaciente con el lord esta noche. No va a ser fácil encontrar una sustituta. - se giró. - Pero no te muestres demasiado accesible, que no crea que puede comprarte. ¿Qué te pasa?

Inconscientemente, Laranthir había llevado una mano a su pecho, como si temiera que el corazón se le fuera a caer. Los latidos eran tan fuertes como si los tuviera en los oídos, como un tambor en su cerebro. La mirada de desaprobación de su ama, como una advertencia velada, le hizo darse cuenta de su pérdida de compostura y, con media mueca, hizo su mayor esfuerzo para plantarse recto de nuevo.

- Nada, ama.

- ¿Te encuentras mal? - dijo con el ceño fruncido. - No hoy.

- No, ama, ha sido apenas un hipo. - dijo tratando de sonreír. - Esta noche estaré perfecto.

- Eso espero. - contestó ella recuperando una expresión calmada. - Tienes una hora para prepararte.

Laranthir asintió con una reverencia y se giró hacia la puerta, ansioso y aliviado por poder salir de su habitación y poder tratar su taquicardia y sus sentimientos como merecía. Como esclavo, como objeto, no tenía permitida esa clase de debilidad. La debilidad del dolor causado por la muerte de alguien cercano.

- Ah, Laranthir, ven aquí. - le llamó ella cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta.

El hombre apretó los dientes, respirando profundamente. "Eres afortunado" pensó "Tienes un techo, alimento, estas vivo.". Eran las mentiras que Laranthir se repetía para intentar controlar su corazón mientras se acercaba de vuelta a su ama. Cuando estuvo a su altura, la mujer retiró los pelos dorados del rostro de Laranthir con suavidad, rozando con sus dedos las mejillas que en otras ocasiones había golpeado sin piedad. Recorrió su rostro con la mirada mientras su mano repasaba sus facciones y acariciaba sus labios.

Laranthir era lo que imperiales triffeños llamaban un rashar, la que se creía que era la última etnia autóctona de la isla. Hombres de brillantes melenas doradas y piel tostada que habían sido los grandes defensores de las tierras triffeñas cuando la guerra acabó. Por las venas de los rashar corría la sangre de la hechicería, lo que los había convertido en temibles guerreros de gran longevidad. Pero, como todos, habían conseguido contenerlos.

Los rashar pasaron a ser considerados los sirvientes más cotizados entre los esclavos triffeños. No solo por su evidente belleza, sino por su escasez. Pocos habían sobrevivido a las guerra, haciendo de los rashar una pieza de coleccionismo exquisita. Los nobles negociaban entre los que tenían uno para traer nuevos al mundo y venderlos a precios escandalosamente caros.

En muchos casos, los nobles mezclaban a un rashar con otros esclavos, dando lugar a mestizos que, aunque podían llegar a hacerse pasar por uno puro, no tenían ese aura diferenciadora de los rashar. Laranthir, hasta donde sabía, era de los últimos puros que había en la isla. Sobre todo ahora que, según su ama, Niashira había fallecido.

- No importa lo que Lord Sioux me pida. - susurró la mujer. - No voy a venderte, no te preocupes.

- Lo sé, ama. - dijo Laranthir con una sonrisa fingida.

- Es posible que ese imbécil quiera negociar conmigo para que tú y la de los Narsha le deis uno nuevo. - dijo con una mueca. - Pero tendrá que ser muy caro, hay algo especial en lo exclusivo que eres.

La esclava de los Narsha era una mestiza por lo que, si la genética estaba de su lado, podrían conseguir algo parecido a la pureza de Laranthir. 

- Haré lo que consideréis, mi señora. - contestó.

Tampoco tenía más opción: eran esclavos, eran mascotas, eran ganado. Como su ama había tenido a bien a recordarle al tratar la muerte de Niashira como la de Ídolo, su caballo. La manera más natural de anunciarle a un esclavo que su madre ha muerto. 

- Que bueno eres, Laranthir. - sonrió ella. - Me alegro de que tú no tengas esa terrible enfermedad.

La llama, la enfermedad de los rashar. Pensar en ella dio una nota más de pánico a su alterado corazón, pero trató de apartar ese pensamiento lo más rápido posible. La mujer acarició el cuello de Laranthir y sonrió, desabrochando un par de botones de su camisa. Acostumbrado a aquella situación como estaba no cuestionó, cerrando los ojos. Sin embargo, cuando las manos de su ama tocaron su pecho, Laranthir lo sintió.

Un enorme calor en su pecho, una montaña de replicas en su cabeza, el tambor de su corazón más agresivo que nunca.  Su cerebro, confuso, trató de ordenar sus pensamientos, como siempre hacía. Apartar las dudas, acallar los miedos. Oyó un golpe, el calor desapareció.

Cuando abrió los ojos comprobó con horror la mirada rabiosa de su ama, que había apartado las manos debido al golpe involuntario del hombre en ellas. La expresión confusa y decepcionada del amo que ha sido mordido por su perro. Antes de que pudiera justificarse, el golpe de la mujer fue efectivo en su rostro, añadiendo un pitido sordo en sus oídos.

- No tengo tiempo para esto, ¡Vete! - ordenó. - Maquíllate.

- Sí, ama. 

Aunque estaba seguro de que la reverencia final fue extremadamente torpe y acelerada, no parecía que su ama fuera a tomarse nada peor después de aquel golpe. Sabía que necesitaba que él estuviera presentable esa noche. Sólo los dioses sabían cual iba a ser el castigo para él al día siguiente. Estaba agradecido de que la mujer se hubiera girado de nuevo hacia el espejo, pues apenas era capaz de mantenerse recto mientras arrastraba los pies fuera de la habitación.

El sonido de la puerta al cerrase sonó en su espalda al apoyarse en ella.

Como si hubiera estado esperando su momento, en una explosión inesperada, un nuevo brote de latidos y calor emanó de su pecho. Ahora, solo, sin tener que tratar de ocultarlo, Laranthir se dejó caer al suelo, apoyado en la puerta, llevando sus manos al pecho, tratando de contenerlo. No era especialmente doloroso, pero si abrumador. Como miles de sentimientos que no eran suyos acumulados en su alma. 

"Escapa", "Busca", "Encuentra". Verbos, órdenes, que sonaban en coro en su cabeza. Los ojos empezaron a arderle, los latidos cada vez más fuertes. Los apretó con fuerza y, cuando lo hizo, no vio oscuridad: solo dorado. Como si sus ojos fueran oro. Dejó escapar un grito ahogado. Los tambores de guerra no parecian tener piedad.

De pronto, nada. Todo paró. Ya no ardían los ojos, sus latidos se calmaron. Laranthir respiró con dificultad, tratando de recuperar el aire perdido. Los tambores desaparecían y, en su lugar, empezó a escuchar la melodía lejana de un coro de violines. Como una gran orquesta invisible tocando para él en algún lugar perdido de su cabeza.

"Escapa", "Busca", "Encuentra". La letra entretejida de una canción que no conocía. Una sensación hogareña en el pecho que no supo definir.

Entonces lo supo. La enfermedad de los rashar. Había contraído la llama.