Actions

Work Header

Felicidad

Work Text:

La casa estaba, afortunadamente, tranquila. Era algo extraño últimamente, pero no, ahora no se oían llantos, berridos ni canciones. No, por el momento todos sus habitantes coincidían en que era la hora de la siesta. La tarde de primavera pasaba tranquila, con la brisa meciendo suavemente las hojas de los árboles que adornaban el paisaje.

Con un perezoso bostezo, una de las personas que ocupaban la cama de matrimonio empezó a estirarse para levantarse. Se habían tumbado a hacer la siesta, pero iba siendo hora de despertar y ponerse con los preparativos, iba a ser una noche movidita. Pudo sentir el brazo de su marido tensándose, tirando un poco de su mano para devolverla a su espalda, como si quisiera evitar que se fuera.

“Cinco minutos…” murmuró aun sin abrir los ojos. “Por una tarde que Nem no nos despierta…”

Ella le miró, la sonrisa formándose en sus labios ante la imagen que tenía delante, nunca se iba a cansar de despertar con él. Se agachó para besarle el pelo, a la vez que susurraba. “Quédate descansando, yo voy a despertarle y luego vengo.”

Pero el semidrow se giró antes de que pudiera apartarse, clavando en ella unos ojos azules y cuya intensidad estaba apagada aún por el sueño. “Espera.” Pidió, haciendo que la mujer se quedara mirándole, expectante. “Te quiero, Lia.” Sonrió, su sonrisa llenándole la cara, una expresión de la que se creía incapaz hacía unos años.

Dahlia sonrió de vuelta, su felicidad a juego con la de su marido. “Yo también te quiero, Riddle.” Y tras un rápido beso en los labios se dirigió a la habitación del pequeño, sabiendo que si se girase vería a cierto elfo mirándola con la misma adoración que tras su primer beso.

La habitación a la que entró, que estaba al lado de la suya, se encontraba en penumbra. Los sentidos agudizados de la humana, los mismos que usaba para escuchar los pasos de sus presas, le permitían oír la respiración lenta y constante de su hijo, que dormía en su cuna. Se acercó a él, su pelo blanco destacaba incluso con poca luz.

“Nemerith, ven aquí, cariño.” Dijo cogiéndole con cuidado para despertarle en sus brazos.

El niño abrió los ojos, del mismo color que los de su padre, un azul frío y con una intensidad que descuadraba un poco en una cara infantil. “¿Mah?” Preguntó aun medio dormido, sintiéndose en brazos de alguien.

Dahlia le meció enérgicamente un poco, acabando de despertarle. “Sí. ¿Sabes qué Nem? Hoy es un día especial, ¿sabes quién viene de visita?”

Su hijo ladeó la cabeza. Tal vez había sido una pregunta demasiado complicada para un bebé de un año, así que lo volvió a intentar, esta vez repitiendo las palabras importantes. “Hoy viene alguien de visita. Visita.”

Esta vez sí, la cara del niño se iluminó por completo. “¡Pah!” Exclamó empezando a mover las manos y sonreír.

Su sonrisa era contagiosa y Dahlia no pudo evitar reír también. Hacía poco que Riddle estaba viviendo permanentemente con ellos, así que era normal que el pequeño se confundiera aún. “No, tu padre está ya aquí, lo estaba antes, ¿no te acuerdas?” Pero de nuevo se encontró con la expresión confundida de su hijo. Demasiadas palabras. “Papá está ya aquí. Otra visita.”

Tuvo que repetir igualmente una vez más, porque ante la primera parte de su respuesta Nemerith empezó a dar palmas y reír. Desde luego se alegraba de tener ahí a su padre. Pero ante la mención de otra visita se quedó pensativo. Pequeños engranajes debían estar moviéndose por su cabecita, o eso parecía indicar su ceño cómicamente fruncido. “¿Vita?” Preguntó.

“Otra visita, sí.” Afirmó su madre. “¿Quién más viene de visita?”

De repente algo en el pequeño debió hacer la suma mental porque empezó a mover los brazos arriba y abajo, sonriendo mucho. “¡Dail! ¡Dail!”

“¡Sí!” Exclamó Dahlia levantando a su hijo y haciéndole reír. “¡Viene tu tita Dalharil!”

Ambos rodaron por la habitación, el pequeño Nemerith alzando los brazos, divertido. Desde la puerta, Riddle observaba, apoyado en el marco y con una sonrisa fácil en los labios, como su esposa y su hijo reían. “Ha salido a mí.” Anunció su presencia, aunque solo para el pequeño, Dahlia le había oído venir por el pasillo.

El semielfo al escuchar a su padre empezó a gorjear, llamándole y haciendo gestos con las manos hacia él. Dahlia le acercó, preguntando divertida “¿Y eso por qué lo dices?”

Riddle titubeó un momento, aún no muy acostumbrado a la paternidad presencial y teniendo que conjurar su mano de mago para soportar bien el peso que estaba cogiendo conforme más crecía su hijo. Pero le sujetó, quedándose parado como siempre hacía al tenerle tan cerca. Seguía pareciéndole una maravilla… y un peligro. Pero verle, observar esos ojos tan parecidos a los suyos, poder ver lo bueno que era capaz de crear y tenerlo delante con forma de bebé… eso hacía que todo lo que había hecho mereciera la pena. Que, aunque no hubiera tenido los mejores referentes, eso no significaba que no pudiera hacerlo lo mejor posible por él, por su hijo.

Una mano en su espalda baja le sacó de su hilo de pensamientos, su mujer, apoyada a su lado, le miró. Y sabía que le comprendía, se lo decía sin palabras, que sabía lo vulnerable que se sentía teniéndole en brazos, que sabía lo que significaba para él. Y que estaba bien, que iban a hacer esto juntos, que le apoyaba.

“Bueno,” habló ella para volver poco a poco a la calma tras ese breve momento intenso, “¿qué era lo que decías? ¿Que ha salido a ti?”

Agradeciendo el cambio de atmósfera el drow habló, con claro tono confiado y burlón. “Está claro, el niño es un genio. Le has dicho que venía alguien de visita y él solito con la información que tenía ha deducido que era su tía. Desde luego, ha heredado mi inteligencia y mi habilidad para sacar información y deducir cosas.”

Dahlia rio, divertida por el dramatismo habitual de su marido. Eran una familia un tanto extraña, de eso no había dudas. Una ex-noble que, según todo el papeleo oficial, estaba muerta; un criminal y líder de organización secreta con más de veinte identidades falsas; y la pequeña chispa de alegría, el niño al que habían tenido y criado juntos. No serían los más convencionales, pero nadie se atrevería a poner en duda que se querían.