Actions

Work Header

Rojo sobre blanco

Work Text:

There will come a soldier

Who carries a mighty sword

He will tear your city down, oh lei-oh lai-oh Lord

Oh lei, oh lai, oh lei, oh Lord

He will tear your city down, oh lei-oh lai-oh Lord

 

A Lericel no le importa haber pasado sentado en la catedral un tiempo que no tiene muy definido. El silencio y la expectación han valido la pena con tal de saber que su amado es el nuevo paladín. Y tampoco le importa ahora estar esperándole, tarareando una canción mientras balancea las piernas en una silla que es un poco grande para él.

Escucha el crujir de la puerta y se levanta, emocionado, juntando y separando las manos sin saber muy bien qué hacer con ellas. “¿Estás ya listo?” Pregunta, sin molestarse en ocultar la alegría en su voz.

Remiel camina hacia él, sus pasos sonando más con la nueva armadura, sus ojos fijos en el semidrow. “Sí. ¿Quieres-?” Pero no le da tiempo a acabar la pregunta.

“¡Sí!” Exclama Leri dando un paso hacia él, las manos en el aire, listas.

Palmas callosas se entrelazan con las suyas, más suaves debido a las cremas que suele utilizar, y con estudiada diligencia las llevan a los hombros de la armadura que ahora lleva puesta. El más joven empieza a tocar, jugando con los amarres un poco, tirando para ver cómo de duro es el cuero. Pasa los dedos por las argollas, sintiendo su relieve y su frío; acaricia la tela de su capa, más decorativa que funcional. Ninguno de los dos, sabedores de la importancia de lo que está haciendo, rompe el momento.

Cuando parece satisfecho sube de nuevo sus manos, entrelazándolas tras el cuello del recientemente nombrado Paladín Perla. Remiel no puede evitar sonreír, llevaba aguantándose todo el rato porque, de alguna forma, Lericel siempre sabe cuándo sonríe; y no quería distraerle.

“¿Te gusta?” Pregunta, un poco tímido, a la vez que le rodea por la cintura con sus propias manos.

El semidrow asiente, levantando la cabeza a la altura que tiene ya perfectamente medida para quedarse de cara a su novio. “Seguro que estás muy guapo. Siempre lo estás.”

Ambos se inclinan, listos para el beso, pero hay algo con lo que ninguno ha contado, probablemente por la falta de costumbre.

“¡Ay!” Lericel se aparta. “¿Qué ha sido eso?” Pregunta llevándose una mano a la cadera, donde se acaba de golpear con algo.

No es otra sino la nueva espada de Remiel la culpable. El semiorco mueve su cinturón, llevándola más al lateral. “Perdón, este uniforme viene con espada.” Se apresura a poner una mano sobre la de su pareja, usando un poco de su magia para aliviarle el dolor. “¿Mejor? ¿Te sigue doliendo?”

El otro asiente. “Mejor.” Y aprovecha para entrelazar sus dedos. “Cuidado con esa espada, si te la han dado es porque tendrás que usarla…”

La tensión es palpable en su voz, el miedo. Pero Remiel es rápido dándose cuenta de esas cosas y más rápido aún calmando a Lericel. Con un suave beso en su frente promete tener cuidado.

“No dejaré que me pase nada.”

 

There will come a poet

Whose weapon is his word

He will slay you with his tongue, oh lei-oh lai-oh Lord

Oh lei, oh lai, oh lei, oh Lord

He will slay you with His tongue, oh lei-oh lai-oh Lord

 

Lericel no sabe exactamente qué va mal, pero sabe que algo va mal. Al final es Jimena quien le comenta que su pelo está, ahora mismo, rosa. La frase viene acompañada de un “¿Estás bien, Lerciel?” al que él contesta que sí de forma muy poco convincente. Pero no la deja quedarse a preocuparse, necesita estar a solas un momento. Y necesita llegar al despacho de Remiel.

Sigue repitiendo en su mente la escena que ha sucedido en la calle y la conversación posterior con su hermano. Sigue enfadado. Con Riddle y con Remiel, con los dos.

Con Riddle por ser tan… exasperante. Por tener una boca capaz de soltar tal tipo de cosas, sin pararse a pensar en cómo afectan a los demás. Por pensar que es tonto y no se da cuenta de las cosas cuando las ve mejor que si tuviera ojos. Recuerda gritarle “¡Soy ciego, no estúpido!”. Recuerda a él diciendo “Je… sí que nos parecemos…” con pena cuando le ha hecho ponerse triste por la regañina. Recuerda el espectáculo que ha montado en la calle y gruñe pensando que tendrá que lidiar con ello de algún modo.

Y está enfadado con Remiel, por dejarse picar. Que sí, que Riddle dice las cosas para molestar, que iba a fastidiarle con lo que ha dicho. Pero Remiel debería ser más listo, debería saber que no hay que saltar cuando Riddle te provoca porque eso solo hace que siga. Además, ¿los dos tontos peleando por a quién elegiría él? Ni que fuera la protagonista mal escrita de una novela de las que Sylek a veces le contaba.

Resopla, llegando frente a la puerta. No le ha hecho falta la ayuda de ningún clérigo, ha ido las suficientes veces como para confiar en su memoria y en sus pies. No resopla por el cansancio o el esfuerzo, resopla pensando en lo que le va a tener que decir a su pareja. Las palabras que va a tener que usar, cómo va a tener que hacerle entender la situación.

Y espera no parecer demasiado frío con él, no usar palabras que le hieran. Pero está determinado a dejarle claro qué opina de lo que ha pasado.

 

There will come a ruler

Whose brow is laid in thorn

Smeared with oil like David's boy, oh lei-oh lai-oh Lord

Oh lei, oh lai, oh lei, oh Lord

Smeared with oil like David's boy, oh lei-oh lai-oh Lord

Oh lei, oh lai, oh lei, oh Lord

He will tear your city down, oh lei-oh lai... oh

 

Lericel no sabe cómo se ve el color rojo. Solo sabe, según le dijo Farner, que es el color del fuego y del otoño. ¿Será por eso por lo que le arden las manos? Sabe que la sangre es roja, sabe que están cubiertas de ella. Puede que por eso también sienta el mismo vacío que durante el otoño, cuando las noches empiezan a hacerse más largas. O puede que solo sea que el mundo se apaga sin Remiel.

Vuelve a la realidad. Los gritos. La sangre en sus manos que intentan coger su armadura.

Ah sí, esa armadura. La que hace apenas unos meses tocó por primera vez, maravillándose ante el tacto de lo que parecían escamas de metal. Solo que el tacto no es igual ahora. Resbala, está caliente y algunas piezas de metal están dobladas de forma que no parece nada natural. ¿Una armadura no protege? ¿Por qué esta no lo ha hecho lo suficientemente bien?

“¡Lericel, tienes que salir de ahí!”

No reconoce la voz. Debería ser Gabi, o puede que Jimena. Pero suena tan lejana y él está ahí. Solo escucha sus latidos y una respiración que no tiene claro si es la propia. ¿Está en otra habitación? Habrá ido a buscar ayuda. ¿Ayuda por qué? Ah, sí, por la sangre. La sangre roja sobre lo que supone es blanco.

No. El blanco es el color del pelo de su hermano, el color de la nieve y del hielo que le ponían cuando se caía de pequeño. El blanco es el color de la guardia Perla, que se ocupa de la gente. Y ahora mismo no siente que nadie esté cuidando de él. No puede haber blanco en la ecuación, aunque su mente grite que sí.

Puede que por eso el rojo se esté extendiendo. El fuego abrasador, destruyendo todo, derritiendo la nieve. Las noches de otoño y los árboles perdiendo las hojas, algo sin lo que se ven reducidos a un mero esqueleto de lo que eran. Puede que-

“Leri…”

Remiel. La voz de Remiel. El semidrow centra toda su atención en ella.

“Leri… tienes que irte…”

¿Por qué suena cansado? ¿Por qué no se echan una siesta y ya? Se lo quiere decir. Quiere decirle “Acurruquémonos y durmamos, amor.” pero no le salen las palabras. Tiene la garganta seca y no sabe si es por el polvo en el aire o por otra cosa. Pero las palabras no llegan a sus labios. Las palabras no llegan.

 

Oh lei, oh lai, oh lei, oh lai, oh

Oh lei, oh lai, oh lei, oh lai, oh

Oh lei, oh lai, oh lei, oh lai, oh lei, oh lai, oh lei, oh lai, oh