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Devoción

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—Vamos a jugar. Tu no hagas nada. Déjame hacerlo todo a mi.

Era extraño. Ramsay era quien siempre iniciaba los juegos, no Theon.

El Bolton se quedó sentado, intentando distinguir la fuente de la cual emergía la luz difusa y opalina que apenas le permitía separar los muebles, y la presencia de Theon de la atmósfera dorada que los acunaba.

El isleño lo vio mirando hacia arriba, sabiendo que buscaba el origen de la luz. Por la dirección de la voz, el norteño supo que estaba arrodillado frente a él.

—El cielo no es alto ni bajo. Esta encima y debajo de nosotros al mismo tiempo.

Ramsay se quitó los zapatos, enseguida los calcetines, y las palmas, los dedos maltratados acariciaron sus pies desnudos. Pudo sentir el agua tibia bañando sus plantas, aliviándolo, mientras él los lavaba con una tela gruesa, dirigiendo miradas furtivas como el nombre que a veces usaba hacia los dioses inmortalizados en madera negra; Theon se apartó de sus pies finalmente, y tomó la fuerte mano valeroso.

¿De dónde había conseguido esa valentía para estrechar la mano de su torturador, amante y Dios?

Lo apretó entre sus brazos, cantando una melodía, el vals que Ramsay baila con él; fogoso con su voz susurrante, girando a un ritmo lento pero solemne que el adorador impuso, indiferente al ritmo suave de las manos que le desabotonan la camisa, Theon le acaricia el pecho, buscando a tientas su espalda, para clavar sus uñas en ella como muchas veces antes.

Ramsay también murmuró la melodía, la canción que no tiene letra aparente, esa canción que nace sin querer de su garganta. Ambos giran, acercándose al lecho, al nido, y Ramsay acalla esa murmullo con besos hambrientos, desesperados, sobre la cálida boca del isleño, juega con la danza de los besos apresurados, llevándolos a los hombros y finalmente al pecho de Theon.

Se da cuenta que en sus manos tiene los harapos ajenos. Theon se acuclilló sobre la cama, mostrando entre sus pocos dedos un trozo de pan rociado de sal, y con su otra mano lo llama. Acariciando suavemente el pedacito de harina, lo partió en dos sobre sus delgados muslos, ni siquiera parpadeando al ver las migajas rodando por sus caderas, extendió uno de los trozos, ofreciéndolo; el bastardo lo llevó a su boca a la par que el isleño, tragando a la vez con dificultad.

Y finalmente, Ramsay cae sobre el cuerpo desnudo de Theon, sobre esos brazos delgados abiertos, extendidos de un extremo al otro de la cama, tal cual las estatuillas de los antiguos Dioses pulidos en la madera lúgubre, que colgaban de los muros con un faldón de terciopelo escarlata.
Theon se abre como un altar.

 

Ramsay murmura su nombre en el caparazón de su oído, y siente los brazos llenos de lujuria del isleño contra su espalda; escucha su voz tímida, calurosa y devota:

 

—¿Me querrás siempre? —sus ojos llenos de anhelo nublan la vista de Ramsay, quien a pesar de estar en su interior, desea más.

—Siempre, Theon, te amaré para siempre—lo dice como si estuviera rezando, con un arrullo impenetrable, con una devoción apasionada.

—¿Siempre? ¿Me lo juras?

—Te lo juro.

—¿Aunque envejezca? ¿Aunque pierda mi belleza? ¿Aunque tenga el pelo blanco? —no pueden evitar la ironía, como si Theon siguiera siendo el bello príncipe que fue alguna vez, como si no tuviera el cabello resquebrajado y el cuerpo roto.

—Siempre, mi amor, siempre.

—¿Aunque muera, Ramsay? ¿Me amarás siempre, aunque muera?

—Siempre, siempre. Te lo juro. Nada puede separarme de ti.