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Hoguera

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Dariman se ajusta los puños de las mangas con un suspiro evidente por el vaho en la fría noche de Est-Erion. La puerta cerrada delante de él, las palabras susurradas unos momentos antes aún presentes en el ambiente. La promesa de que sería capaz de llegar a la cama y meterse dentro por sí misma. Mira la ornamentada madera, como si pudiera ver a través o como si quisiera entrar y asegurarse.

Pero el aire escapa de sus labios de nuevo, muere una palabra en su boca y en la calma que reina ahora mismo en la calle. Debería irse, aunque a sus pies les cuesta moverse. Sabe que no es su sito pese a que su corazón le grite que sí lo es. Las yemas de sus dedos llegan a rozar la puerta con un pensamiento fugaz cruzando su mente, una idea, una esperanza.

Niega con la cabeza y aparta la mano. No. Ese no es su lugar, no va a arriesgarse a pedir más de lo que ya tiene, es suficiente, se puede dar por satisfecho. Da un paso atrás y contempla el edificio que se alza ante él, las decoraciones gritan el nombre de la barda. Pero también lo hacen los pilares que sujetan todo el peso, también lo hace la fachada que ve todo el mundo y oculta lo de dentro. Y se pregunta qué es él.

Él podría ser la taberna, pero siente que no es del todo correcto. Porque también lo es Miri y también lo es ella. Puede que él sea la cocina, cálida y principal responsable de llevar el negocio adelante. Pero la pequeña semiorca es el sentimiento hogareño en las habitaciones, las historias antes de ir a dormir. Y la barda es el comedor, con su música y gente hablando, con el espíritu.

No, si él tuviese que ser algo, probablemente sería la calle. Silenciosa cuando necesita serlo, bulliciosa y siempre atareada. Poco elegante como las piedras y el barro; pero Dariman no necesita más. Conectando todo y siempre a disposición de ella, en su puerta nada más se lo pidiera.

Abre las manos, que se le han cerrado en puños mientras pensaba, y se dispone a irse. Es tarde y al día siguiente tiene que volver a abrir la taberna y tener desayuno listo para los huespedes. Reflexiona mientras se gira, pensando en todo lo que cruza su mente y lo poco que expresa en alto. Pero un sonido le saca de sus cavilaciones.

Es ligero, pero la noche es silenciosa. Un llanto. Alguien lamentándose y viene de dentro de la casa de la que se aleja.

Antes de que sus piernas reaccionen para volver sobre sus pasos sus manos ya buscan la copia de la llave que tiene. El frío metal baila entre sus dedos, como si ni siquiera fuese sólido, como si quisiera escapar y torturarle. Pero eventualmente, con más miedo del que quiere admitir, abre.

"¿Sarima?" El pánico es evidente en su voz, incluso para quienes no le conozcan.

La barda se encuentra a escasos metros de la puerta, en las escaleras, sentada ni siquiera a mitad recorrido. Rizos pelirrojos le cubren la cara, que descansa entre sus manos, y su espalda se mueve con cada sollozo. Ni siquiera le mira al entrar, tampoco intenta ocultar su estado.

Dariman se apresura a cerrar la puerta, sabe que no querría que la vieran así y aunque quiere correr hacía ella sabe que es mejor hacer lo otro primero. Tras el sordo ruido de la madera sus pasos son ahogados por la alfombra conforme sube escalones de dos en dos. Se queda enfrente, sin atreverse a tocarla porque en esas situaciones nunca sabe exactamente qué quiere y es mejor dejar que sea ella quien ponga los límites, porque para él no los hay.

La barda hipa y levanta la cabeza para mirarle entre mechones sueltos de pelo. Su maquillaje está arruinado por las lágrimas y el rubor de su cara ya no se puede atribuir solo al alcohol. Sus cejas se levantan al verle, en una extraña expresión entre sorpresa y pena.

"¿Dariman?" Pregunta, como si otra persona pudiese entrar con esa libertad en su casa.

Él sigue sin moverse, con la vista fija en ella aunque con todas las alarmas encendidas, buscando enemigos en su visión periférica. Y no precisamente de los que vienen con un arma, porque un mal recuerdo puede esconder un enemigo y Dariman busca qué puede haberlo propiciado.

"Soy yo, estoy aquí." Le responde, la vista fija en ella, agachado para estar a su altura. "¿Qué ha pasado?"

"Yo..." Sarima parece genuinamente confundida por un segundo, pero entonces recurre a lo que siempre hace en esas situaciones. Miente. "Oh, me debo haber perdido de camino a la habitación." Pero nada en su sonrisa es natural, el grito de socorro escondido en la curvatura de su boca.

Dariman suspira, suponía que no iba a decírselo. "Vamos a hacer una cosa, ¿vale?" 

Sarima asiente, la vista fija en él. Clavándole esos ojos de los que siguen brotando lágrimas con cada parpadeo.

"Ven."

Acerca las manos a su cara, pidiendo permiso, y ella duda un momento, pero asiente de nuevo. Dedos callosos le retiran el pelo, recogiéndolo tras sus orejas, y a Sarima le cuesta no pegarse más, no apoyar la cara contra una de sus palmas y dejarse llevar. Pero no puede, no otra vez. Cierra los ojos para no tener que ver lo que no puede tener y siente las yemas de sus pulgares retirar maquillaje y lágrimas de sus pómulos. Reprime otro hipido.

"Voy a llevarte a tu habitación, ¿de acuerdo?"

Se siente con la suficiente fuerza para responder, pero sigue sin mirarle. "De acuerdo."

Unos fuertes brazos la ayudan a levantarse, unos que conoce bien. Y cuando quiere darse cuenta tiene la mejilla apoyada en él y ni siquiera sabe cómo le responden las piernas para subir escalones. Tiene frío, tiene la cara helada. Y, pese a venir de la calle, él está caliente, siempre lo está. Desprende la calidez del fuego, pero no el de un incendio como con el que la comparan a ella. No, Dariman es como una hoguera de campamento, es seguridad, es lo que te ilumina en la noche por peligroso que sea el bosque. Aunque Sarima sabe que todo el fuego quema, por eso no debe acercarse demasiado, por mucho que desearía meter la mano directamente en las ascuas.

Y Dariman la mira, la cabeza apoyada sobre su pecho y como apenas sube los escalones por su cuenta. Y puede que él sea la hoguera de un campamento, pero ella es las piedras a su alrededor. Porque si le pasase algo a Sarima, él no dudaría en quemar a todo y todos los responsables. Literalmente le daría igual lo que quedase después, incluso si él mismo se extinguiese como el fuego. Porque la ve y no puede no pensar así, es algo que aceptó hace años. Ya quedan lejos los días de intentar negarse a sí mismo lo que sentía, ahora lo tenía asumido y ¿qué más le quedaba que actuar consecuentemente?