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Decurso

Work Text:

Dariman:
Estoy limpiando después de toda la liada parda del día porque sé que si no lo limpio hoy lo tendré que limpiar mañana.

Sarima:
Sigo en una esquina. He bebido demasiado. Como siempre.

Dariman:
Me acerco, recojo las bebidas y le pongo una manta encima, con idea de despertarla cuando haya acabado de limpiar.

Sarima:
Me revuelvo un poco. Notando la calidez de la manta sobre mí. Gruño un poco.
— Dariman... ¿Eres tú?

Dariman:
Me giro a mirarla, con ojos cansados ya en las últimas horas del día, pero nunca cansados de mirarla. Me entristece verla así, pero sé que no es una situación fácil y me alegro de que, al menos, me deje cuidarla.
—Sí, ¿necesitas algo?

Sarima:
—¿Ya se han ido todos? Yo...
Odiaba sentirme tan vulnerable. Había sido un espectáculo bochornoso. Probablemente el peor día de mi carrera. No podía ni mirarme al espejo en esos momentos. Y eso ya era decir. Aunque, al menos, allí estaba él, como siempre...

Dariman:
Miro alrededor, sirviendo al doble propósito de que ella vea que lo compruebo (pese a que lo sé) y al de apartar mi mirada de la suya para calmar mi corazón unos segundos.
—Sí.
Respondo escueto, se nota que tiene algo en la mente y es mejor dejarla hablar por su cuenta, sin presiones. Nunca le ha gustado que la presionen.

Sarima:
—Ha... Ha sido horrible.
Digo medio tartamudeando no se sabe muy bien si por el alcohol, la pena o la vergüenza. No quiero mirar a Dariman a los ojos. No sé si me merezco su apoyo.
—Se me rompió la cuerda del laúd. ¿Te lo puedes creer? A mí. Ni más ni menos. En medio de una competición de bardos. Ya no soy nadie. Estoy vieja, fea y acabada... Yo…
Mi voz se entrecorta.

Dariman:
Me quedo en el sitio aunque me gustaría correr a abrazarla. Pero cuando conoces a alguien tanto como nos conocemos Sarima y yo llegas a entender cómo es esa persona cuando se siente mal, qué es lo que quiere, qué es lo que no quiere. Con Sarima es un poco complicado, porque se siente mal muchas veces y no siempre quiere lo mismo, pero rara es la vez que lo que quiere es un abrazo (o, por lo menos, uno repentino). Suspiro, acercándome a ella de nuevo, las jarras que estaba recogiendo olvidadas en la primera mesa que encuentro, ya habrá tiempo luego para recogerlas.
—Un fallo lo puede tener cualquiera.
Sé que las probabilidades de que las palabras caigan en saco roto son altas, pero lo digo sentándome a su lado, sin tocarla. En estas situaciones es mejor que sea ella quien empiece el contacto físico en la medida que quiera, si es que lo quiere.

Sarima:
Me muevo incómoda en el asiento. Sigo sin querer alzar la mirada. Siento el calor de Dariman al sentarse a mi lado. Me cuesta moverme aún.
—No me vas a querer servir otra Copa, ¿verdad?
No debería beber más. Últimamente son demasiadas las noches en que acabo así. Pero el peso de todo lo que llevo encima, más los signos de la vejez sobre mi cuerpo, me hacen sentirme al límite. Solo el vino me devuelve un poco de la que fui.
—De verdad que no sé qué pasó... Y estaba el idiota ese de Riddle... ¿Cómo me pudo ganar?
Me dejo caer sobre su hombro. Deseando un abrazo pero sin atreverme a pedírselo. Él es lo único que queda en días así pero... Es complicado...

Dariman:
El gesto, que aunque conocido sigue haciendo que sienta un cosquilleo en el estómago como el de la primera vez, me hace cerrar los ojos.
—No más alcohol por hoy.
Respondo a su primera pregunta. El tema de la bebida es... Complicado como poco. A veces es una interacción tan simple como la de hoy, pero otras noches acaba mucho peor. Puedo llegar a entender por qué lo hace, la necesidad que siente. Me duele que no quiera ayuda de nadie, ni siquiera Maya que podría apoyarla en lo relacionado a lo físico, y solo lo empeora el saber que es porque cree que lo merece. Pero el tema que me ronda la cabeza es muy oscuro y ya es bastante negra la noche. Me ha hecho una pregunta y espera una respuesta. Puede que no tenga forma de disipar el dolor constante de Sarima, pero puedo intentar calmar el actual.
—Habrá hecho trampas.
Objetivamente no lo sé, aunque un poco sospechoso sí ha sido que la joven que brillaba se tropezase con el micrófono. De todos modos, sé que la posibilidad puede que anime a Sarima.
—Y aun así —sigo, los ojos todavía cerrados, centrándome en su calor y en sus rizos contra mi mejilla—, no tienes nada que demostrar.

Sarima:
El nudo en mi garganta casi me deja sin voz. A mí. Que siempre me han dicho que me sobraban las palabras. Pero no hoy. No aquí con él.
—¿Tú crees? Capaz es, desde luego...
Un brillo ha iluminado mi mirada por un instante. Una luz que Dariman puede ver porque me he girado a mirarle sin apartar la cabeza de su hombro. Siempre sabe qué decir para que me sienta algo mejor. Y aún así...
—Había mucha gente nueva. Parecían adorar a esa jovencita que brillaba. Y puedo entenderlo... Ella tiene todo lo que yo ya he perdido.
Juventud, belleza, incluso el brillo.
—Soy ya una estrella decadente, que pierde su luz. Ya no sirvo para nada...
Y si no sirvo para nada, ESO no iba a salir bien. Y, entonces, ya no tendría nada. Absolutamente nada.

Dariman:
Me mira a los ojos y veo en ella todo lo que desearía que pudiese ver. Veo su espíritu, veo sus preocupaciones, veo sus ansias. Veo lo preciosa que es, aunque para eso no me hace falta mirarla. Veo su fuerza escaparse y eso me llena de tristeza. Veo esa luz que dice que no tiene, pero que sigue ahí, escondida entre sus miedos. La veo como un faro en la noche, como lo que es ella. Quien guía, quien lidera. Pero un faro no opera solo, tiene que haber un mago asegurándose de que no se rompa el hechizo. Para encenderlo de nuevo si se apaga. Y ese es mi papel en esta historia, lo tengo claro cada vez que la miro a los ojos.
—A veces las cosas se ponen difíciles, pero eso no significa que haya que perder la esperanza. Es como el sol al salir, solo porque esté nublado no significa que no brille.

Sarima:
Oigo sus palabras pero no las escucho. No puedo. Es como si todo eso sonase vacío. Sé que, en el fondo, igual tiene razón, como siempre. Pero no... Hoy no veo el sol entre tanta nube
—Todo esto es una locura, ¿verdad? Debería haberme conformado con ser Lady Sarima. Y aguantar las miradas condescendientes de todos esos nobles que se creen mejor que nosotros... Sonreír, saludar y olvidar. Lo que quería el Imperio de mí. Que silenciase y mutilase mis canciones… Aunque parece que eso ya lo hago sola últimamente.
Vuelvo a mirar a la mesa. No soporto mirarle a los ojos mientras digo esto. Les he fallado a todos.
—Tenías que haber visto la cara de Miri... Ni para eso valgo…

Dariman:
—No.
Le cojo la mano, un gesto arriesgado, pero la veo tan derrotada que necesito que centre su atención en algo que no sean sus pensamientos.
—Nunca dejes de hacer lo que haces. Nunca dejes de ser tú. Nunca nos hemos conformado a lo que el Imperio quiere de nosotros, nunca vamos a hacerlo.
Trazo círculos con mi pulgar sobre el dorso de su mano, tratando de mantenerla centrada. Como si con el movimiento de mi yema pudiera deshacer la maraña de pensamientos, los problemas, las inseguridades.
—Sabes que Miri te adora, antes la he oído hablando con una chica que también estaba por aquí, tendrías que oír cómo habla sobre ti.

Sarima:
Me sobresalto al notar la calidez de su mano sobre la mía. ¿Qué haces? Tú nunca vienes a mí. Siempre has puesto esta barrera. ¿Tan mal me ves? Debo de dar pena.
—¿La chica de la silla de ruedas? Parecía interesante. Se sabía todas mis canciones.
Por un momento ese tono de orgullo en la voz con el que había comenzado la jornada. Aunque dura poco. El tacto del dedo de Dariman sobre mi piel comienza a calmarme.
—Es solo que... Nada parece salirme bien, ¿no? Maya hoy ha vuelto a recordarme la que montaron las Arpías estas en su templo... No sé ya en quién confiar. Nos jugamos tanto.
Sé que puedo confiar en ti. Aunque las palabras no salen de mi garganta, se quedan atravesadas. Siempre es tan complicado. Han pasado tantas cosas. Tantos años. Tantos recuerdos dolorosos que... A estas alturas.... Lo único que sé es que no merezco su apoyo. Que no me lo merezco.

Dariman:
La siento tensarse y me saltan todas las alarmas. ¿Me he pasado? ¿No debería haberle cogido la mano? Pero me tranquiliza un poco oír de nuevo ese tono, más parecido al de la Sarima que conocí hace ya tantos años que si me parase a contarlos probablemente me sorprendería. No puedo evitar levantar levemente una comisura, aunque baja a la vez que baja una octava su voz con la siguiente frase que sale de sus labios. Las Arpías... son un tema complicado y sé que realmente hablar de ellas no va a hacer nada en esta situación porque solo está usando el ejemplo de una de las miles de cosas que la hacen sentirse cómo se siente.
—Puedes confiar en mí.
Sé que lo sabe, solo quiero que lo oiga de nuevo, que tenga ese refuerzo. Porque tiene razón, nos jugamos demasiado y no solo en lo que al Imperio se refiere. Miro nuestras manos medio entrelazadas y recuerdo el tiempo pasado. Recuerdo momentos de mi vida en los que era un gesto natural, todes éramos amigues, ¿por qué no nos íbamos a coger de la mano? Recuerdo los años en los que pensé que nunca la sostendría de nuevo. Recuerdo la espera. Recuerdo el dolor de tenerla delante, pero saber que no quería que nadie se le acercase. Recuerdo la confianza ganada de nuevo, poco a poco. Y recuerdo una canción. Sin pensar más en ello empiezo a susurrar su comienzo.

Sarima:
Oigo su voz grave entonando esas primeras notas. Notas que me trasladan a un pasado que nunca volverá. Que me traen a la mente les amigues que perdí. Pero también lo que éramos entonces. Las risas. La complicidad. La aventura. Sentirse viva. Y, sin darme cuenta, mi voz se ha unido a la suya. Y mientras nuestras voces se entrelazan, por fin le siento a mi lado. De verdad. La música siempre ha sido mi lenguaje. Aunque a veces sienta que la pierdo entre tantas obligaciones, entre los compromisos. Hundida en la pena y el vino. Entonces le miro, directamente a los ojos. Y la voz me tiembla un poco cuando, tras los últimos compases de la canción, me atrevo a hablar de nuevo. A hablarle de nuevo.
—¿Te.... Te puedo pedir un favor? Yo... No sé si puedo enfrentarme a esto sola —una mirada de soslayo al vaso que no me ha rellenado—. Tú... ¿Te quedarías esta noche a mi lado? ¿Cómo aquellas noches que pasábamos junto a la hoguera?

Dariman:
El momento pasa, lo que para alguien que lo viese de fuera sería dos personas cantando solas en medio de una taberna vacía. Pero no es solo eso. Somos nosotres, sin filtros, sin nada entremedias, sin nada para pararnos más que nosotres mismes. La presión en el ambiente parece crecer, como una tormenta en el aire, como si supiera que hay más que palabras susurradas, que hay toda una comunicación que solo puede existir tras años de conocer a alguien. Finalmente acaba la canción, y el mundo vuelve a la normalidad anterior, ese rincón que hemos hecho nuestro se funde de nuevo con la realidad. Y ella me mira, pidiéndome un favor como si creyera que puedo decirle que no. Me alivia oírla decir que no puede enfrentarse a esto sola, que lo acepte ya es un paso. Pero me sorprende su petición. Parpadeo, intentando asegurarme de que es real. Determino que, gracias a alguna deidad o algún extraño giro del destino, lo es.
—Claro.

***Cortinilla de Estrellas, de las cutes***