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HISTORIAS DE PUERTO NEGRO: LERICEL

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Hace 12 años.

La noche se cerraba en puerto negro. Las últimas vela de “El Dragón Cobalto” se empezaban a apagar tras otro día solitario y vacío de clientela. Un joven chico, de unos diez años, jugueteaba con la cera, que caía lentamente por lateral del cirio mientras, al otro lado de la barra, un hombre limpiaba las jarras más por costumbre que por necesidad.

 

- Remiel, recoge los restos de las velas, hijo. - pidió el mayor con una voz suave y amable. - Cuando acabes puedes subir al cuarto a leer un rato antes de dormir. 

 

Levantó la mirada de la mesa, haciendo que sus pequeños colmillitos inferiores se iluminaran con el tenue ambiente. Asintió con efusividad y comenzó a recoger los restos del local. Farner miró a su hijo corretear por el local con una media sonrisa. El pelo pelirrojo del muchacho era una llama de color sobre su piel verdosa, herencia ya de varias generaciones de su sangre orca. 

 

Hacía ya seis años que estaban solos y, aunque las cosas no habían hecho más que ir de mal en peor, poder ver crecer a Remiel se había convertido en su fuerza. Su mujer se había ido una noche sin dar más explicaciones. Después de arruinar a su familia con favores turbios y deudas impagables, desapareció sin más. Farner desconocía si les había abandonado o sus acreedores se habían cobrado la deuda por su parte pero, la verdad, prefería ni siquiera planteárselo. Remiel era lo único que importaba ahora. 

 

- Papá... - la voz del pequeño le sacó de sus pensamientos. Nada nuevo, solía perderse en los recuerdos con facilidad. - Hay alguien en la puerta. 

 

Farner  levantó la mirada hacia la entrada de la taberna. ¿En la puerta? Él ya la había cerrado…¿O no? Apenas quedaban un par de velas tenues en la taberna, así que era incapaz de reconocer la figura pero, efectivamente, había alguien apoyado en ella. 

 

- Estamos cerrados. - informó con firmeza. - Hoy no aceptamos más pernoctas. 

 

No es que no tuvieran más habitaciones, al contrario, pero no estaba de humor para jugar con gente que entraba siniestramente en su negocio sin avisar y, además, no tenía preparada ninguna cama. La taberna se llenó de una risa cantarina, sin embargo, el ambiente no se tiñó de alegría, sino de una evidente burla.

 

- ¿Más? ¿Para aceptar más no debe haber primero una para comenzar? - dijo una voz socarrona.

 

Parecía joven. Farner conocía a suficientes marineros y buscavidas como para reconocer perfectamente la voz de un muerto de hambre de mediana edad. Pero esa voz era imberbe, casi adolescente. Remiel se desplazó entre las sombras hasta su padre y agarró su mano, buscando su protección pero trasmitiéndole su ánimo al mismo tiempo. No podrían soportar otro atraco y no podía luchar con Remiel allí.

 

- He dicho que estamos cerrados, en cualquier caso. Así que te voy a pedir que te marches. 

- Oh, relájate. - la sombra empezó a moverse grácilmente entre las sillas. Farner intentó leerla cada vez que se acercaba un poco a las tenues fuentes de luz, pero esta pasaba entre ellas con medido cuidado. - Solo he venido a charlar un rato.

 

Nunca era solo charlar un rato. 

 

- Sube a tu cuarto. Ahora. - dijo Farner apretando el brazo de Remiel.

- De hecho, eso es una maravillosa idea. - la sombra chasqueo los dedos juguetonamente, haciendo que todas las velas se encendieran de golpe. 

 

Los ojos de Farner tardaron unos segundos en acostumbrarse a la nueva luz. No solo había encendido las velas, sino que habían aparecido pequeñas luces que danzaban por todo el local. Sobre una de las mesas había lo que a él le pareció un joven drow, con las piernas cruzadas sobre la mesa, como un niño juguetón. Una larga melena de pelo blanquecino caía sobre sus ojos azules y en cascada por un lado de su cabeza, sobre una sencilla blusa celeste. Solo tenía un brazo, que reposaba relajadamente entre sus piernas. 

 

- ¿Como te llamas, chaval? - preguntó el drow.

 

Remiel miró a su padre, entre confuso y buscando su consejo.

 

- A ti no te incumbe. - respondió su padre por él. 

- ¡Oh! De acuerdo.  Lericel, - dijo volviendo la cabeza hacia atrás -  ¿por qué no te vas con Atinoteincumbe arriba mientras su padre y yo hablamos de cosas de mayores?

 

De detrás del drow apareció un pequeño niño. Bastante más pequeño que Remiel, Farner no le calculó más de ocho años. No supo valorar muy bien qué era. Tenía la piel oscura…¿Pero muy clara para ser un drow? Tenía la cara salpicada de pequitas blancas, negras y amarillentas y una enorme mata de pelo rubio ceniza que, si bien no era tan larga como la de su acompañante, si parecía ser muy tupida. Tenía pelitos que asomaban de unos pies descalzos pero, sin dudar a dudas, lo que más llamaba la atención era que tenía unos enormes ojos blancos opacados. Estaba, supuso, ciego. 

 

Le dio una punzada de ternura al verlo, pero la situación no daba para mantenerla durante mucho tiempo. El pequeño…¿semi-drow? escondió la cabeza entre las piernas del mayor, quien le acarició cariñosamente con su única mano.

 

- No pasa nada, Leri, de verdad. ¿A que aquí estamos seguros y no nos va a pasar nada? - dijo clavando la mirada en ellos.

 

Inesperadamente, Remiel soltó la mano de su padre y se acercó a los drows. Farner estiró el brazo para agarrarle antes de que se fuera, pero una parte de él parecía tranquilo con esa situación. El drow parecía tenerle genuino cariño al pequeño. No lo dejaría solo y aislado si pensara hacer algo que le pusiera en peligro…¿verdad?

Remiel se acercó a ambos y dio unos pequeños toquecitos en el hombro del niño drow. Lericel se giró, curioso.

 

- Hola Lericel. Yo me llamo Remiel. - se presentó. - ¿Quieres venir conmigo? Tengo un libro de cuentos que seguro que te encanta. ¡Es mi favorito!

 

Lericel no reaccionó el principio, se quedó en silencio con su ciega mirada perdida en el horizonte. Temblando, levantó sus manos hacia la cara de Remiel y comenzó a analizar sus facciones con meticulosa calma. Pasaba los dedos por su rostro sin saltarse ni un centímetro, mientras su expresión cambiaba entre la incógnita y la afirmación. Sus yemas se pararon, curiosas, en sus colmillos.

 

- ¿Qué es? - preguntó. Su voz era casi un hilo imperceptible pero, por suerte, todos habían enmudecido ante la escena.

- Eso son mis colmillos. - Los dedos de Lericel bailotearon cuando Remiel abrió la boca para pronunciar esas palabras.

- ¿Por qué tienes colmillos?

- Por que el papá de mi mamá era un orco.- explicó con calma.- mi piel también es verde por eso. 

- No sé como es verde. - dijo con inocente sinceridad. - Pero me gustan tus colmillos. 

 

Una enorme sonrisa se dibujó en los labios de Lericel mientras siguió jugueteando con la punta de sus caninos. Cuando por fin se dio por satisfecho, bajó la mano  buscando agarrar la de Remiel, que se dejó hacer.

 

- ¿Vamos entonces? - preguntó el semi-orco con una sonrisa.

 

Lericel asintió con efusividad y le agarró la ropa con la otra mano, buscando su seguridad. Remiel le guió con cariñosa paciencia. 

 

- Si pasa cualquier cosa, ya sabes como avisarme. - recordó el drow adulto con una muda advertencia. 

 

El niño asintió mientras seguía torpemente los pasos de su nuevo amigo. Una vez ambos desaparecieron por la escalera, el silencio se apoderó de la sala. Farner mantuvo la mirada firme, mientras respiraba lentamente, esperando el movimiento del otro. El drow sonreía, como disfrutando el momento. Finalmente, se levantó de la mesa con un juguetón saltito y se acercó a la barra.

 

- Bueno, ¿No tenéis vinito en Triffa? - dijo mientras tomaba asiento en uno de los taburetes altos frente a esta - ¡Oh! Me trajeron una vez una botella de vino blanco, cosecha de Villa Alta, muy muy dulzón ¿tienes algo así por aquí?

Farner levantó una ceja, dubitativo, pero rebuscó entre sus estantes, siempre manteniendo una mirada atrás hacia su misterioso e inesperado invitado del día. Cogió la botella que más le cuadraba con la descripción que le había dado y preparó un par de copas, recipiente poco usado por los burdos marineros, clientela habitual del local. Cuando se giró de nuevo, una reluciente moneda de oro brillaba bajo uno de los dedos del drow, que lo acercaba hacía él sobre la barra.

 

- ¿Que haces? - le preguntó.

- Un pago muy generoso.

- No quiero tu dinero.

- Con razón eres pobre, entonces. - dijo el drow con una enorme carcajada. - Coge el maldito oro, estoy intentando ser amable.

 

Farner le mantuvo la mirada unos segundos, leyendo sus intenciones, pero finalmente se resignó con un suspiro y se guardó la moneda. A quién quería engañar, le hacía mucha falta. El drow movió la copa pedantemente para mirarla a contraluz y le dio un pequeño sorbito.

 

- Ah...si, es esto a lo que me refería, delicioso. - añadió con una sonrisilla. Luego giró la mirada hacia Farner y clavó sus ojos de hielo en él.- ¿Sabes como está Maysha?

 

Maysha, por supuesto que era por eso. Siempre que había problemas era por eso.

 

- No lo sé. Hace seis años que no sé nada. Si tienes problemas con ella tal vez deberías ir a buscarla.

- Oh, no, no. - dijo llevándose la mano al pelo con cierta burla - Yo sé perfectamente donde está y que hace. Solo quería saber cuanto sabíais vosotros de eso. - Farner le observó en silencio. Esa no era la respuesta que esperaba. - Sé que sigue huyendo de sus acreedores. Sé que acumula cada vez más y más deudas. Y sé que es muy poco cuidadosa a la hora de esconder de donde viene o qué ha dejado atrás. 

- Nosotros no podemos pagar todos sus errores. - su tono de voz pasó de lo agresivo a la súplica. - Literalmente. 

- Lo sé, lo sé. - el drow apoyó su mano en el hombro del tabernero, que lo notó extremadamente ligero y grácil. - Pero para eso está La Araña aquí, para solucionarte las cosas.

- La Araña - repitió Farner- Así que así es como te haces llamar. 

- Bueno, tengo otro nombre, por supuesto, pero no me gusta demasiado y estoy buscando algo nuevo. Además - de nuevo esa sonrisa burlona. - Sería muy estúpido por mi parte dar mi nombre real a todo el mundo, ¿Cierto? Alguien puede saber de donde vengo. Alguien puede hacer “pagar a la gente que quiero por mis errores”. Si tuviera alguno. - rió.

 

Farner bebió un gran trago de su copa de vino y respiró profundamente. 

 

- Te agradecería muchísimo si fueras directo en qué quieres y qué haces aquí. Los nervios no son buenos para mi corazón.

- Ohhh, que aburrido. - dijo La Araña fingiendo un puchero. - De acuerdo, tienes razón. Es tarde y tengo que coger el último barco de la noche de vuelta. - apuró la copa de vino y apoyó la cabeza perezosamente en su mano. - Yo puedo hacer que todos tus problemas desaparezcan. Las deudas, los acreedores. Nada de lo que haga Maysha será un problema nunca más. Además, te ofrezco algo de dinero para que resucites un poco este tugurio. - no pudo evitar arrugar la nariz con la última palabra. - Está claro que este sitio necesita una reforma, parece de antes de la independencia…

- Y…

- ¿Y que quiero a cambio? ¡Me alegra que me hagas esa pregunta! La cosa está así. Yo te mando dinero cada vez que lo necesites, sin preguntar para qué dentro de los límites de la lógica. Tú resucitas esta pocilga y le das un futuro digno a la monada de tu hijo y, a cambio, le das el mismo futuro a mi hermano. 

 

El tabernero dio un respingo de sorpresa y miró confuso a su alrededor antes de conseguir hilar lo que estaba sucediendo.

 

- ¿El pequeño niño ciego?

- No, este otro niño sordo que llevo debajo de la blusa. - suspiró con una sonrisa. - Creo que he sido bastante claro.

- Pero…¿Y sus padres?

- Mi padre no va a ser un problema en esto en ningún sentido. Su madre...no tengo ni idea de quien es y no creo que reclame nada nunca. - acercó la copa hacia Farner, quien le sirvió otro trago de manera automática. - Lericel no puede sobrevivir donde yo vengo. Lo único que puedo hacer es asegurarle algo mejor lejos de todo eso y dejar que viva una buena vida. - Farner notó un deje sincero y triste en su voz, aunque intentó borrarlo rápidamente con otra sonrisa burlona. - Aunque sea en esta mierda de local.

 

Farner no pudo hacer más que sentir lástima por el chiquillo que tenía delante. Por que sí, estaba claro que no era más que un niño al fin y al cabo, por mucho que la sangre élfica pudiera confundirle. No tenía delante más que un adolescente preocupado por su hermano, y podía empatizar con esa situación. 

 

- Y, ¿Te marcharás sin más? Está claro que ese chiquillo te quiere.

- Oh, seguiré viniendo de vez en cuando, no te vas a librar de mí tan fácilmente. Y, por supuesto, esto aún no ha terminado. - una vaporosa brillante mano morada comenzó a removerse tras la barra, haciendo que un montón de papeles se acumularan sobre la mesa con meticuloso orden. - Necesito asegurar la seguridad y el porvenir de Lericel, así que estos papeles básicamente le ceden a él la titularidad de esta taberna hasta que cumpla la mayoría de edad. En ese momento, Leri decidirá si se la queda, la vuelve a poner a tu nombre o la quema con ácido. Sinceramente, me da igual. A cambio, por supuesto, se te entregará ahora mismo su precio de venta. Un precio muy competitivo, si me lo preguntas.

Farner recorrió nervioso todos los papeles, leyendo y releyendo las condiciones como si el tiempo si pudiera acabar en cualquier momento. Eran demasiada cosas que asimilar.

 

- Básicamente te estoy… ¿Vendiendo la taberna?

- Oh, a mi no, a un niño de siete años - rió. - ¿No es mucho mejor? 

- Pero...esta taberna es toda mi vida.

- No te pongas melancólico, Farner. Los papeles estipulan que seguirás regentando el negocio hasta que Léricel cumpla la mayoría de edad. Seguirás tomando las decisiones y llevando tu negocio como quieras. Mal, por lo que veo. Pero tendrás el dinero de la venta para hacer lo que gustes con él, nadie volverá a molestarte nunca, no tendrás deudas y, si todo va bien, volverás a tenerla cuando Leri se haga mayor. Si el peque se convierte en un cabrón sin corazón que no te la devuelve ya depende de como lo críes tú. 

- Pero… No lo entiendo…

- Yo soy el único heredero de los bienes de Lericel ahora mismo. Así que si le pasa algo al pequeño, la taberna pasará a ser mía y la quemaré con vosotros dentro. 

 

Se hizo un silencio sepulcral en la habitación, pero se rompió de pronto por la sonora risa de La Araña. Como si acabara de decir la broma más graciosa del universo pero sin confirmar en ningún momento si era una broma o no. 

 

- No sé si…

- Tampoco es que tengas muchas más opciones - dijo el drow despreocupado. - Si no me he informado mal, Maysha la ha liado bastante. Bastante chunga, esa mafia, he tratado con ellos antes. Si no firmáis esto estaréis en la calle en menos de dos días. Lo que ya no te puedo confirmar es si vivos o muertos. Te ofrezco una buena vida a cambio de hacer de canguro, no todos tienen esa oportunidad. 

 

Farner revisó de nuevo los papeles, más para tener unos segundos para serenarse que porque pudiera leer algo que le salvase. ¿Que más podía hacer? Miró a su alrededor buscando una pluma para firmar, la cual encontró flotando en el aire, sujetada por la mano fantasmal del drow.

 

La agarró, temblando, y estampó su burda firma, poco a poco, en todos los papeles. Cuando hubo terminado, estos se doblaron de manera automática y volaron a esconderse entre las bolsas de La Araña. Este dejó dramáticamente un enorme macuto lleno de dinero sobre la mesa y exclamó alzando su brazo:

 

- ¡FELICIDADES! ¡Es un niño!